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Años de gestión popular han dejado una ciudad más fragmentada, más injusta y con una deuda social que tardará décadas en saldarse


Cuando un alcalde abandona el cargo —por las razones que sean— la pregunta inevitable que toda ciudadanía democrática debe formularse es simple y brutal a la vez: ¿está la ciudad mejor o peor que cuando llegó? En el caso de José Ballesta, el alcalde del Partido Popular que ha gobernado Murcia durante los últimos años, la respuesta que arrojan los datos, los testimonios y la realidad cotidiana de miles de murcianos es inequívoca: peor. Mucho peor. Y eso, en política, no es un accidente ni una mala racha. Es un modelo. Una elección. Una responsabilidad que no puede diluirse en elogios fúnebres ni en obituarios institucionales cargados de hipocresía y protocolo.

Una ciudad partida en dos

Murcia siempre ha cargado con la mochila de ser una ciudad de contrastes. Pero bajo la gestión de Ballesta, esa mochila se convirtió en una losa. Los barrios del sur y las pedanías más alejadas del casco urbano han visto cómo sus demandas de infraestructuras básicas, transporte digno y servicios sociales quedaban postergadas año tras año en favor de proyectos de ciudad que servían, fundamentalmente, para la foto y para el discurso. La llamada «ciudad del futuro» que prometía el alcalde popular no llegó nunca a los mismos de siempre: a quienes más necesitaban que la administración funcionara como escudo y no como espejo en el que los poderosos se contemplan a sí mismos.

La desigualdad en Murcia no es una estadística abstracta. Es la diferencia entre el niño que crece en La Flota o en El Palmar y el que lo hace en La Alberca o en zonas de nueva construcción protegidas por urbanizaciones que han privatizado, de facto, el espacio público. Es la brecha entre quien puede permitirse un coche para moverse en una ciudad donde el transporte colectivo sigue siendo una vergüenza histórica, y quien depende de autobuses que no llegan, que llegan tarde o que directamente no existen. Esa brecha, lejos de reducirse, se ha ensanchado. Y Ballesta no solo no la corrigió: en muchos aspectos la alimentó con sus prioridades presupuestarias y su modelo de ciudad.

La deuda social acumulada

Hablar del legado de Ballesta exige hablar de lo que no se hizo. De las plazas de servicios sociales que no se crearon. De los centros de día que no se abrieron. De los programas de atención a la infancia en riesgo que quedaron desfinanciados. De la atención a las personas mayores que dependían de un sistema que crujía por las costuras mientras el equipo de gobierno presumía de cifras macroeconómicas y de grandes eventos que llenaban titulares pero vaciaban arcas.

Murcia tiene una de las tasas de pobreza infantil más elevadas de España. Este dato, repetido hasta el hartazgo por organizaciones sociales, por Cáritas, por Cruz Roja, por los propios trabajadores sociales del municipio, nunca pareció incomodar demasiado a un alcalde que encontraba siempre otro titular con el que tapar la sangría. La ciudad del sol, del turismo de interior, de la gastronomía y de los grandes eventos deportivos es también la ciudad donde miles de familias llegan a fin de mes con el agua al cuello, donde los bancos de alimentos registran récords de demanda y donde la lista de espera para una ayuda de emergencia puede durar meses que, para muchas familias, son eternos.

El urbanismo al servicio de unos pocos

Si hay un ámbito donde la gestión de Ballesta ha dejado una huella especialmente profunda y especialmente cuestionable es el urbanístico. Murcia ha vivido durante estos años un proceso de transformación de la ciudad que ha respondido, en demasiadas ocasiones, a intereses que no eran precisamente los del vecindario. Proyectos faraónicos. Convenios urbanísticos opacos. Una relación con el sector de la construcción y la promoción inmobiliaria que pocas veces ha pasado el test de la transparencia y el interés general.

Mientras tanto, el parque público de vivienda es testimonial. El alquiler social, prácticamente inexistente. Los jóvenes que quieren quedarse en Murcia a construir su vida se encuentran ante un mercado inmobiliario que los expulsa hacia las afueras o directamente hacia otras ciudades. La emancipación juvenil en la región de Murcia es una de las más bajas del país. Y la ciudad, lejos de ser parte de la solución, ha sido durante demasiado tiempo parte del problema.

El medio ambiente sacrificado

Otra de las asignaturas pendientes —y suspensas— del gobierno de Ballesta ha sido la política medioambiental. En una ciudad que sufre de manera especialmente intensa los efectos del cambio climático, con episodios de calor extremo cada vez más frecuentes, con el Mar Menor agonizando a pocos kilómetros y con una presión sobre los recursos hídricos que no deja de crecer, el Ayuntamiento de Murcia no ha estado a la altura de los desafíos del siglo XXI.

Las zonas verdes han crecido en los discursos mucho más que en el terreno. La movilidad sostenible ha sido, en el mejor de los casos, una asignatura pendiente y, en el peor, un ejercicio de greenwashing con carriles bici que no conectan nada con nada y con promesas de electromovilidad que nunca se materializaron de forma seria. La ciudad ha seguido siendo profundamente dependiente del vehículo privado, con todo lo que eso implica en términos de contaminación, de calidad de vida y de exclusión para quienes no pueden permitirse un automóvil.

La cultura de la opacidad

Por último, y no es un asunto menor, la gestión de Ballesta ha estado marcada por una cultura institucional que no ha favorecido precisamente la participación ciudadana ni la transparencia. Las decisiones importantes se han tomado lejos de los vecinos. Los plenos municipales han sido, con demasiada frecuencia, un trámite formal más que un espacio real de debate y rendición de cuentas. Las iniciativas ciudadanas han encontrado más obstáculos que apoyos. Y quienes han osado señalar las contradicciones del gobierno local se han topado con el muro de la indiferencia o, en algunos casos, con algo peor.

El balance es político, no personal

Conviene aclararlo para evitar malentendidos interesados: la crítica a Ballesta no es personal. Es política. Es institucional. Es la crítica que merece cualquier gestor público que, habiendo tenido los recursos, el poder y el tiempo necesarios, no utilizó todo ello para reducir la desigualdad, para mejorar la vida de los más vulnerables, para construir una ciudad más justa. Eso es exactamente lo que se le pide a quien gobierna. Y eso es exactamente lo que el balance de estos años demuestra que no ocurrió.

Murcia merece un futuro mejor. Para eso, primero hay que tener la valentía de mirar el pasado con honestidad.

Generado por claude sonnet 4-6


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.