|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Juanma Moreno gobernará en minoría y deberá pactar con Vox, pero los números cuentan otra historia: la participación se dispara ocho puntos y la ultraderecha apenas suma un escaño. Andalucía vuelve a demostrar que no es lo que Feijóo necesita que sea.
El Partido Popular ha perdido el control del Gobierno autonómico que mejor controlaba. Y lo ha perdido de la peor manera posible: ganando las elecciones, pero sin mayoría absoluta, y con la obligación ineludible de sentarse a negociar con Vox. Juanma Moreno, el presidente andaluz que durante años ha repetido hasta la saciedad que su partido «no es como Vox», que «no necesita a la ultraderecha» y que gobernaría «con quien toque pero sin depender de nadie», tendrá ahora que tragarse cada una de esas frases. La coalición con la formación de Santiago Abascal no es ya una hipótesis remota: es la única aritmética posible para gobernar.
Y sin embargo, la lectura completa de los resultados andaluces dibuja un panorama muy distinto al que Alberto Núñez Feijóo intenta vender desde Génova. Porque la gran paradoja de esta noche electoral es que la pérdida de la mayoría absoluta del PP no se ha traducido en un auge de Vox. Ni mucho menos.
La cascada de Feijóo, de fracaso en fracaso
Para entender lo ocurrido en Andalucía hay que mirar más allá de Sevilla. Feijóo diseñó una estrategia clara desde que llegó a la presidencia del PP: adelantar elecciones autonómicas allá donde creía poder desgastar al PSOE y forzar un escenario nacional favorable. La cascada comenzó en Castilla y León, donde el PP perdió la mayoría absoluta y Alfonso Fernández Mañueco tuvo que ceder la presidencia a Vox en una coalición que muchos en el partido consideraron un suicidio reputacional. Siguió con Aragón, donde el PP aguantó pero sin brillo, y Extremadura, donde María Guardiola ganó pero también necesitó a los de Abascal. Cada episodio era un ensayo general. Andalucía era el gran examen final.
El resultado ha sido amargo. El PP ha obtenido 43 escaños, los suficientes para ser la lista más votada, pero lejos de los 55 necesarios para la mayoría absoluta. Es la primera vez en cuatro décadas que el partido gobernará Andalucía sin controlar la cámara. Y Vox, con apenas 3 escaños, se convierte en el árbitro de un gobierno que no quiere depender de ellos. Moreno tendrá que negociar, ceder consejerías, aceptar condiciones. Todo aquello que juró que nunca haría.
Participación récord y ultraderecha estancada
Pero aquí es donde la narrativa de Feijóo se desmorona. La participación en estas elecciones andaluzas ha subido casi ocho puntos respecto a los comicios de 2018, alcanzando cifras que no se veían en la comunidad desde hace años. Un dato que, en circunstancias normales, debería beneficiar a quienes movilizan con más intensidad: y la ultraderecha es, por definición, el partido de la movilización emocional, del voto de castigo, del «hartazgo».
Pues bien, Vox solo ha sumado un escaño más que hace cuatro años. Uno. Mientras la participación se disparaba, mientras millones de andaluces acudían a las urnas con una intensidad inusual, la ultraderecha apenas ha movido ficha. Y lo más revelador: sigue por debajo del 15% del voto total en la comunidad.
Esto no es un dato menor. Es un dato estructural. Andalucía ha vuelto a resistirse a los prejuicios que desde Madrid, y especialmente desde la dirección nacional del PP, se empeñan en imponer sobre la comunidad. Ese relato que presenta al sur como un territorio natural de la ultraderecha, como un caldo de cultivo donde Vox debería campar a sus anchas, se ha estrellado una vez más contra la realidad de las urnas.
Andalucía no es Castilla y León
Las comparaciones son inevitables y, en este caso, demoledoras para la estrategia de Feijóo. En Castilla y León, Vox entró en el gobierno con 13 escaños y un 17,6% del voto. En Andalucía, con una participación ocho puntos mayor, apenas llega al 15% y se queda con 3 escaños. La diferencia es abismal. Y no se explica solo por el perfil del candidato o por la campaña: se explica por algo más profundo. Andalucía tiene una cultura política distinta, una memoria histórica distinta, una relación con la extrema derecha que no se parece en nada a la de otras comunidades.
Los analistas lo han señalado repetidamente en las últimas semanas. Desde el sociólogo José Ignacio Torreblanca hasta el politólogo Pablo Simón, pasando por las encuestas del CIS y de empresas como Sigma Dos o GAD3, todos coincidían en un punto: Vox tenía techo en Andalucía. Y ese techo se ha confirmado.
El problema es de Feijóo, no de Moreno
Juanma Moreno ha hecho lo que ha podido. Ha ganado las elecciones, ha mejorado los resultados del PP respecto a 2018 y ha mantenido a Vox en niveles muy contenidos. El problema no es andaluz. El problema es que Feijóo necesitaba que Andalucía fuera el trampolín hacia La Moncloa, y en lugar de eso se ha convertido en una losa. Porque ahora tendrá que explicarle a su propio partido por qué su estrategia de «teledirigir» elecciones autonómicas ha terminado con el PP gobernando en minoría y dependiendo de quien más veces ha dicho que no necesita.
La ultraderecha no ha crecido. La participación ha subido. Y Andalucía ha dicho, una vez más, que no es lo que Feijóo quiere que sea. Quizá debería empezar a escucharla.
Generado por ernie 5.0 preview 1220
