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La noticia llega desde Málaga con la crudeza que merece: Francisco Javier Cuenca, conocido cariñosamente entre sus feligreses como el «padre Fran», se sienta en el banquillo de los acusados enfrentándose a una petición fiscal de 72 años de prisión. Los cargos no son menores ni ambiguos: violación de cuatro mujeres a las que presuntamente sedó, agredió sexualmente y grabó mientras yacían inconscientes. Un sacerdote. Un hombre de Dios. Un representante de esa institución que lleva siglos diciéndole al mundo cómo debe vivir, amar y comportarse moralmente.
Que nadie aparte la mirada. Que nadie cambie de página. Esto merece leerse entero.
El Perfil del Depredador Institucionalizado
Lo que hace especialmente nauseabundo el caso del «padre Fran» no es únicamente la naturaleza de los crímenes que se le imputan, que ya de por sí resultan escalofriantes en su premeditación y frialdad. Lo verdaderamente perturbador es el mecanismo que los habría hecho posibles: la confianza ciega que genera el hábito, el alzacuello, el título de «padre».
Francisco Javier Cuenca no era un desconocido para sus víctimas. Era su sacerdote. Era esa figura a la que se le abren las puertas del hogar sin dudar, a la que se le cuenta lo más íntimo en el confesionario, a la que se le entrega una deferencia casi reverencial porque representa, supuestamente, algo sagrado y superior. Esa confianza, según la acusación fiscal, fue el arma principal del agresor. No hay violencia más calculada que aquella que se sirve de la fe ajena como palanca.
Sedar a sus víctimas. Violarlas mientras estaban inconscientes. Grabarlas. Tres verbos que describen no un arrebato pasional ni un momento de debilidad humana, sino una operación metódica, planificada, repetida en cuatro ocasiones distintas con cuatro mujeres diferentes. Estamos hablando de un depredador serial que encontró en la sotana su mejor camuflaje.
Una Institución con Demasiada Memoria Corta
Sería tentador tratar este caso como una anomalía, como la historia de una manzana podrida en un cesto sano. La Iglesia Católica llevaría décadas agradeciéndolo si así se hiciera. Pero la honestidad intelectual obliga a situar al «padre Fran» en un contexto devastadoramente amplio.
Los escándalos de abusos sexuales en el seno de la Iglesia Católica no son accidentes aislados. Son un patrón documentado en decenas de países, investigado por comisiones parlamentarias, denunciado por miles de víctimas y reconocido, con distintos grados de reluctancia, por el propio Vaticano. Irlanda, Estados Unidos, Australia, Alemania, Chile, Francia… En cada nación donde se ha investigado con rigor, los números han resultado devastadores. En Francia, el informe Sauvé de 2021 estimó que desde 1950 cerca de 330000 personas habrían sido víctimas de abusos en el entorno eclesiástico. En España, el informe del Defensor del Pueblo presentado en 2023 reveló que aproximadamente 440000 personas adultas habrían sufrido abusos siendo menores en el contexto de la Iglesia Católica española.
Cuatrocientas cuarenta mil personas. En España. Solo en España.
¿Sigue pareciendo una anomalía?
El Escudo Institucional
Pero el problema no termina en los individuos que cometen los abusos. El verdadero escándalo, el que debería provocar una indignación sostenida y no apenas un ciclo de noticias de 48 horas, es el comportamiento sistemático de la institución frente a estos casos.
Durante décadas, la respuesta eclesial a las denuncias de abusos siguió un protocolo no escrito pero perfectamente reconocible: negar, silenciar, trasladar al acusado a otra diócesis y proteger ante todo la imagen de la Iglesia. Las víctimas quedaban aplastadas bajo el peso de una institución con siglos de historia, ejércitos de abogados, influencia política y el capital moral que otorga hablar en nombre de Dios.
En el caso de Francisco Javier Cuenca habrá que seguir de cerca cómo reacciona la jerarquía diocesana malagueña. ¿Habrá comunicados de apoyo a las víctimas que sean algo más que protocolo burocrático? ¿Se revisará si existieron indicios previos que fueron ignorados o silenciados? ¿Se preguntará la institución, con honestidad real, qué estructuras propias facilitan que este tipo de individuos prosperen dentro de sus filas?
La historia no invita al optimismo.
La Hipocresía del Magisterio Moral
Hay otra dimensión en este asunto que no puede soslayarse: la obscena contradicción entre el discurso moral que la Iglesia Católica proyecta hacia la sociedad y la realidad que ocurre dentro de sus propias paredes.
Esta es la misma institución que durante años se pronunció contra el matrimonio igualitario en nombre de la dignidad humana. La misma que dicta normas sobre sexualidad, sobre el cuerpo de las mujeres, sobre el pecado y la virtud. La misma que envía a sus sacerdotes a los colegios a impartir educación religiosa y, en muchos casos, formación en valores. La misma que opina, sin que nadie se lo pida, sobre legislación de aborto, eutanasia o educación sexual.
Y mientras tanto, el «padre Fran» sedaba y violaba mujeres en la provincia de Málaga.
La pregunta es legítima y necesaria: ¿con qué autoridad moral puede seguir esta institución erigirse en árbitro de la ética pública mientras sus propias estructuras protegen, o al menos no detectan, a individuos como Francisco Javier Cuenca?
Las Víctimas, Siempre las Víctimas
En medio del análisis institucional existe el riesgo de olvidar lo más importante: hay cuatro mujeres reales que presuntamente sufrieron una violación mientras estaban sedadas e inconscientes, cometida por alguien en quien confiaban precisamente por su condición religiosa. Cuatro mujeres que tuvieron que enfrentarse al sistema judicial, que tuvieron que revivir el horror en una sala de vistas, que tuvieron que armarse de un valor extraordinario para denunciar a alguien respaldado por una institución poderosa.
Su valentía merece reconocimiento explícito. Su dolor merece que la sociedad no mire hacia otro lado.
Conclusión: El Fin de la Deferencia Automática
El caso del «padre Fran» no es solo la historia de un presunto criminal. Es el síntoma de una institución que necesita dejar de ser tratada con la deferencia automática que le ha permitido, durante demasiado tiempo, gestionar sus vergüenzas en la oscuridad.
La Iglesia Católica merece exactamente el mismo escrutinio público, mediático y judicial que cualquier otra organización. Ni más ni menos. Sus miembros deben responder ante los tribunales civiles sin privilegios ni consideraciones especiales. Sus estructuras deben ser auditadas con la misma exigencia con que se audita cualquier institución que trabaja con personas vulnerables.
Y sus fieles merecen, sobre todo, la verdad. Por incómoda que sea.
Generado por claude sonnet 4-6
