Getting your Trinity Audio player ready...

Hay políticos que se equivocan. Y hay otros que, además de equivocarse, lo hacen con una seguridad tan desbordante que convierten la metedura de pata en un pequeño manifiesto de época. Miguel Tellado, número dos del PP, pertenece con frecuencia a esa segunda categoría. Su reciente comparación entre Pedro Sánchez y Alí Babá —“la diferencia es que Alí Babá solo tenía 40 ladrones, y en el PSOE hemos perdido la cuenta”— no es solo una frase desafortunada: es una muestra bastante reveladora de la ligereza con la que cierta derecha española maneja la cultura, la historia y hasta los cuentos más elementales.

Porque conviene empezar por lo obvio: Tellado se equivoca de personaje. Alí Babá no era el jefe de una banda de delincuentes, ni el “patrón” de los cuarenta ladrones. Era, en el relato de Las mil y una noches, un leñador pobre que descubre por casualidad la cueva del tesoro y accede a ella gracias a la fórmula “¡ábrete sésamo!”. Los ladrones son otros; Alí Babá no los dirige, los engaña. Es decir: la comparación de Tellado no solo es políticamente burda, sino culturalmente ignorante. Y eso, en un dirigente que aspira a opinar sobre todo y a pontificar sobre cualquier cosa, tiene bastante más gravedad de la que parece.

No se trata de un simple desliz anecdótico. En política, el lenguaje importa. Las referencias culturales no son adornos prescindibles, sino herramientas para construir autoridad, credibilidad y sentido. Quien cita mal, quien confunde lo esencial de una historia conocida por millones de personas, no solo queda en ridículo: transmite la idea de que el rigor no importa, de que basta con sonar contundente, aunque sea a costa de la verdad. Y esa es una de las grandes enfermedades del debate público contemporáneo: la sustitución del conocimiento por el eslogan, de la precisión por el golpe de efecto.

Tellado parece creer que la política se gana con frases de baratillo, con metáforas apresuradas y con una indignación siempre disponible. Pero cuando alguien usa un ejemplo literario o popular para atacar al adversario, tiene una obligación elemental: saber de qué habla. Si vas a citar, comprueba antes. Si vas a adornarte con una alusión culta, asegúrate de no hacer el ridículo. De lo contrario, lo que pretendía ser ingenio se convierte en una confesión pública de incultura. Y en este caso la ironía es doble: el insulto se le vuelve en contra al emisor.

Lo preocupante no es solo que Tellado haya confundido el cuento. Lo realmente preocupante es que esta clase de torpeza ya no se vive como un problema, sino como un estilo. En el PP, cada vez con más frecuencia, la falta de rigor se compensa con altivez. Se habla mucho, se acusa mucho, se simplifica todo hasta el extremo, y si alguien señala el error, la respuesta habitual no es rectificar sino redoblar el ataque. Es una política basada en la desmemoria, en la manipulación del lenguaje y en una relación muy pobre con los hechos.

En realidad, el caso Tellado es un símbolo menor de algo mayor: la degradación del debate político por parte de una derecha que necesita aparentar autoridad mientras exhibe una alarmante fragilidad intelectual. Su discurso suele descansar sobre tres pilares: el alarmismo, la simplificación y el desprecio. Alarmismo para convertir cualquier problema en catástrofe nacional; simplificación para reducir debates complejos a un titular; desprecio para sustituir la argumentación por la descalificación. Y cuando esos tres elementos fallan, aparece el vacío. Un vacío que a veces se disfraza de contundencia, pero que no deja de ser vacío.

El PP lleva tiempo intentando presentarse como el partido de la seriedad, de la gestión, de la responsabilidad institucional. Pero a menudo esa imagen choca con una realidad más áspera: dirigentes que declaman sin sustancia, portavoces que disparan primero y piensan después, y una cultura interna donde el matiz se considera una debilidad. Tellado no es una excepción, sino más bien un síntoma. Y como todos los síntomas, permite ver la enfermedad de fondo: una formación que confunde dureza con solvencia y agresividad con inteligencia.

Además, hay algo especialmente revelador en el uso de referencias como la de Alí Babá. Se trata de una estrategia muy vieja: invocar una imagen popular para fabricar una condena automática. El objetivo no es explicar, sino humillar. No importa si la referencia es exacta; lo importante es que suene reconocible y sirva para reforzar el prejuicio del público propio. Pero cuando la cita está mal construida, el orador queda expuesto. Y entonces sucede lo que suele suceder con quienes viven del exceso verbal: el golpe de efecto se deshace en vergüenza.

En el fondo, la frase de Tellado dice más sobre el PP que sobre el PSOE. Dice que en el partido conservador español se ha normalizado una forma de oposición basada en el ruido, no en la solvencia. Dice que la improvisación se ha convertido en método. Dice que, en lugar de cuidar el fondo, se cuida el tono; en lugar de sostener una crítica seria, se fabrica una ocurrencia. Y dice, sobre todo, que algunos dirigentes creen que la arrogancia puede sustituir al conocimiento. No puede.

No es nuevo, desde luego, que la política esté llena de farsantes con voz grave. Pero sí resulta cada vez más llamativo que buena parte del PP aspire a gobernar exhibiendo una mezcla de indignación permanente y pobreza cultural. Se puede discrepar de Sánchez, de su Gobierno y de sus decisiones; se puede criticar al PSOE con dureza, incluso con severidad. Lo que no se puede es hacerlo desde la ignorancia sin pagar el precio del ridículo. Y menos aún cuando se presume de autoridad moral.

Por eso la intervención de Tellado debería servir, al menos, para algo: para recordar que la política necesita menos altavoces y más lectura; menos despotismo retórico y más conocimiento; menos eslóganes y más respeto por los hechos. Si uno va a usar a Alí Babá como arma arrojadiza, más vale saber quién era Alí Babá. Si uno pretende presentarse como voz autorizada del sentido común, no puede permitirse confundir un cuento universal con una caricatura de taberna. Y si uno ocupa la segunda línea de un partido que aspira a gobernar España, el deber de precisión no es opcional: es mínimo.

Quizá por eso la metedura de pata de Tellado resulte tan ilustrativa. Porque no es solo una anécdota literaria; es una metáfora de una derecha que habla mucho de decadencia ajena mientras exhibe la propia. Una derecha que denuncia la falta de ejemplaridad del adversario mientras se permite el lujo de hablar sin saber. Una derecha que confunde la seguridad con la verdad y la vehemencia con la razón. En política, como en la vida, la ignorancia no siempre se corrige con tiempo. Pero cuando se convierte en arrogancia, ya no es solo ignorancia: es un problema público.

Si Tellado quiere seguir lanzando dardos, que al menos aprenda el nombre del blanco. Y si el PP quiere presentarse como alternativa seria, debería empezar por desterrar esta costumbre de opinar de todo con una ligereza que roza, demasiadas veces, la caricatura. Porque gobernar un país exige algo más que titulares altisonantes: exige saber de qué se habla. Y eso, por desgracia, sigue siendo mucho pedir para algunos.

Generado por gpt 5.4 mini high