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La periodista y escritora Nieves Concostrina ha puesto el dedo en la llaga al señalar que la corrupción en España no es un fenómeno reciente, sino un problema con raíces profundas que se remontan al siglo XIX. En una intervención en Cadena SER, Concostrina afirmaba con contundencia: «No han parado hasta ahora». Esta declaración invita a reflexionar sobre cómo la corrupción se ha convertido en una práctica enraizada en la historia del país, perpetuándose a lo largo de los siglos.

Concostrina, conocida por su trabajo riguroso y su enfoque crítico en la historia de España, ha dedicado parte de su carrera a desentrañar los entresijos del poder y el dinero en la sociedad española. Su observación sobre la corrupción no es casual: es el resultado de un análisis histórico que revela cómo ciertas prácticas se han normalizado hasta el punto de convertirse en una parte casi invisible del sistema.


Los orígenes en el siglo XIX: el nacimiento de un sistema corrupto

El siglo XIX en España fue una época de profundas transformaciones políticas, económicas y sociales. Tras la Guerra de la Independencia y las guerras carlistas, el país buscaba modernizarse, pero la inestabilidad política y la debilidad institucional facilitaron el surgimiento de prácticas corruptas. Fue en este contexto donde, según Concostrina, se sentaron las bases de la corrupción sistemática que ha persistido hasta hoy.

Uno de los momentos clave fue la desamortización de Mendizábal en 1836, cuando el gobierno liberal expropió y vendió bienes eclesiásticos con el supuesto objetivo de sanear las finanzas del Estado. Sin embargo, el proceso estuvo marcado por el favoritismo y el enriquecimiento de una minoría. Los bienes se vendieron a precios irrisorios a personas con conexiones políticas, sentando un precedente de cómo el poder podía utilizarse para el beneficio personal. Este fue uno de los primeros ejemplos de cómo la administración pública podía ser manipulada para el enriquecimiento privado.

Otro fenómeno característico de la época fue el caciquismo, un sistema de poder local basado en el clientelismo y el fraude electoral. Los caciques, figuras poderosas en pueblos y regiones, controlaban el voto de sus conciudadanos a cambio de favores, como empleos públicos o ayudas económicas. Este sistema, que perduró hasta bien entrado el siglo XX, fue otro de los pilares sobre los que se asienta la corrupción en España. El caciquismo no solo distorsionaba la democracia, sino que también creaba una cultura de la impunidad, donde el poder se utilizaba para beneficiar a unos pocos en detrimento del interés general.

Además, la industrialización y el desarrollo de infraestructuras, como los ferrocarriles, también fueron focos de corrupción. Empresas privadas obtenían contratos públicos a cambio de sobornos a políticos y funcionarios. Un ejemplo paradigmático fue el caso de la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte, que obtenía concesiones ferroviarias gracias a pagos bajo la mesa. Estas prácticas no solo enriquecieron a unos pocos, sino que también dejaron una huella en la cultura política española, donde el favoritismo y el clientelismo se convirtieron en monedas de cambio habituales.



El sistema de comisiones: la respuesta a «¿cómo se gana dinero aquí?»

La frase de Concostrina —«¿cómo se gana dinero aquí? Con las comisiones»— resume una práctica que ha perdurado en el tiempo. Las comisiones, o sobornos, se convirtieron en una forma de enriquecimiento rápido para aquellos con acceso al poder. Esta mentalidad, que se consolidó en el siglo XIX, sigue vigente hoy.

En aquella época, las comisiones no se limitaban a grandes proyectos de infraestructura. También estaban presentes en el día a día de la administración. Por ejemplo, para obtener un puesto en la función pública, una licencia comercial o incluso un permiso de obras, era común tener que pagar una «comisión» a quien tuviera el poder de concederlo. Esta cultura del soborno se extendió a todos los niveles, desde el gobierno central hasta los ayuntamientos más pequeños.

Lo más preocupante es que estas prácticas no eran excepcionales, sino sistemáticas. Se crearon redes de influencia en las que políticos, empresarios y funcionarios colaboraban para enriquecerse a costa del interés público. La normalización de estas prácticas hizo que la corrupción se convirtiera en una parte más del paisaje político y económico de España. No se trataba de casos aislados, sino de un sistema donde el enriquecimiento ilícito era casi una expectativa para quienes ocupaban cargos de responsabilidad.

Esta cultura de las comisiones también se extendió al ámbito judicial. En el siglo XIX, era común que los jueces y fiscales recibieran pagos para dictar sentencias favorables a ciertos intereses. Aunque esto puede parecer lejano en el tiempo, lo cierto es que la percepción de que la justicia puede ser manipulada ha persistido en la mentalidad colectiva española, como demuestran los escándalos judiciales de épocas más recientes.



Evolución hasta la actualidad: de la Restauración a los escándalos del siglo XXI

El siglo XX no fue diferente. Durante la Restauración borbónica (1874-1931), el sistema canovista de turno de partidos ya estaba impregnado de corrupción. Los partidos liberal y conservador se alternaban en el poder mediante elecciones amañadas, y el clientelismo era la norma. Los cargos públicos se utilizaban para recompensar a los leales, y los contratos del Estado se adjudicaban a cambio de favores políticos o económicos.

Durante la Segunda República (1931-1939), aunque se intentaron reformas para limpiar la administración, la inestabilidad política y la polarización social facilitaron que las prácticas corruptas continuaran. La guerra civil y la posterior dictadura franquista ahogaron cualquier intento de transparencia. Durante el franquismo, la corrupción adoptó formas más sutiles. Aunque el régimen presentaba una imagen de austeridad y orden, en la práctica, el enriquecimiento de los allegados al poder era común. Empresas públicas como el Instituto Nacional de Industria (INI) fueron utilizadas para beneficiar a determinados grupos económicos a cambio de lealtad política.

Con la llegada de la democracia en los años 70, se abrieron nuevas oportunidades para la corrupción, pero también herramientas para combatirla. Sin embargo, los primeros gobiernos democráticos no estuvieron exentos de escándalos. En los años 80 y 90, casos como el de Filesa o el escándalo de los fondos reservados mostraron que las comisiones seguían siendo una forma de hacer negocios. Filesa, una empresa pública, fue utilizada para financiar ilegalmente al Partido Socialista Obrero Español (PSOE) a través de comisiones en contratos públicos. Este caso fue uno de los primeros en revelar la magnitud de la corrupción en la España democrática.

La era de la burbuja inmobiliaria (2000-2008) estuvo marcada por casos de corrupción urbanística que alcanzaron cotas nunca vistas. El caso Malaya, que involucró a políticos y empresarios en Marbella, o el caso Gürtel, que destapó una red de sobornos en el Partido Popular (PP), son ejemplos de cómo la corrupción se adaptó a los nuevos tiempos. Estos casos demostraron que, a pesar de los avances en transparencia y democracia, las prácticas corruptas seguían vigentes, y que los partidos políticos no eran ajenos a ellas.

En la actualidad, aunque España ha dado pasos importantes en la lucha contra la corrupción —con la creación de la Fiscalía Anticorrupción, la aprobación de leyes de transparencia y el trabajo de medios de comunicación y organizaciones civiles—, los casos siguen apareciendo. El caso Lezo, que afectó a la presidenta de la Comunidad de Madrid Cristina Cifuentes; el caso Púnica, una red de corrupción que salpicó a altos cargos del PP; o el caso Villarejo, que reveló el espionaje y la extorsión a grandes empresas, son ejemplos recientes de cómo la corrupción sigue siendo un problema sin resolver.



Reflexión final: ¿Por qué persiste la corrupción en España?

Concostrina tiene razón al señalar que la corrupción en España no es un fenómeno nuevo, sino un legado histórico. Reconocer esto es importante porque permite entender que no se trata de casos aislados, sino de un sistema que se ha perpetuado a lo largo del tiempo.

La pregunta «¿cómo se gana dinero aquí?» sigue teniendo la misma respuesta: «con las comisiones». Y aunque hoy hay más herramientas para combatir la corrupción, el hecho de que sigan apareciendo casos demuestra que el problema está profundamente arraigado. La persistencia de la corrupción en España no puede entenderse sin analizar su dimensión cultural. Durante siglos, el acceso al poder ha estado asociado a la posibilidad de enriquecimiento personal. Esta mentalidad ha dejado una huella profunda en la sociedad española, donde en muchos casos se ve la corrupción no como un delito grave, sino como una forma de «saber moverse» en el sistema.

Sin embargo, en las últimas décadas ha habido avances significativos. La creación de la Fiscalía Anticorrupción, la aprobación de leyes de transparencia y el trabajo de medios de comunicación y organizaciones civiles han puesto en evidencia muchos casos de corrupción y han presionado para que se tomen medidas. Aun así, el camino es largo. Como señalaba Concostrina, la corrupción no ha parado desde el siglo XIX, y desmantelar estructuras tan arraigadas requiere tiempo, voluntad política y un cambio cultural profundo.

El primer paso para erradicar la corrupción es reconocer su existencia y su persistencia. Pero también es necesario actuar con determinación. Esto incluye no solo castigar a los culpables, sino también cambiar las estructuras que la permiten. Solo así podremos esperar que, en algún momento, la respuesta a la pregunta «¿cómo se gana dinero aquí?» deje de ser «con las comisiones».

Y mientras eso no ocurra, las palabras de Nieves Concostrina seguirán resonando con dolorosa actualidad: «No han parado hasta ahora».

Generado por mistral medium 3.5


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.