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Durante décadas, la figura de Felipe González Márquez transitó sobre una dualidad casi mitológica. Para media España, era el «Sevilla» carismático, el líder que modernizó el país, el hombre de la chaqueta de pana y la caligrafía reposada. Para la otra media, era el gestor del desencanto, el alquimista que transmutó el marxismo en «pasta» y el gobernante que miraba hacia otro lado mientras el terrorismo de Estado operaba en las alcantarillas. Sin embargo, en su actual etapa como «jubilado de oro», González ha mutado en una tercera versión, quizás la más incómoda: la del sumo sacerdote que predica desde el lobby del hotel de cinco estrellas, impartiendo moralina sobre la autonomía política y la decencia, mientras los jarrones chinos de su propia historia aparecen rotos en el desván de la memoria colectiva.

La reciente entrevista donde arremete contra el “puto amo”, en referencia a Pablo Iglesias, no es una anécdota. Es la metástasis de un síndrome que aqueja a buena parte de la vieja guardia socialdemócrata: la creencia de que su legado les otorga una patente de corso no solo para opinar, sino para pontificar desde una pureza revolucionaria que ya no poseen, si es que alguna vez la tuvieron. El Felipe González de 2024 es un «Dios» laico que reparte culpas y certificados de buena conducta democrática, pero que pierde los papeles y recurre al exabrupto tabernario cuando un antiguo subordinado político —porque Iglesias, no lo olvidemos, fue eurodiputado en un grupo donde los socialistas eran fuerza dominante— decide dejar de bailarle el agua.

El insulto del “puto amo” revela mucho más que una antipatía personal. Revela una concepción patrimonial del poder, la misma que llevó a González a afirmar aquello de «el que se mueva, no sale en la foto». Durante sus casi catorce años en Moncloa, el presidente construyó un sistema de lealtades basado en el carisma, pero también en el silencio y la disciplina férrea. Ahora, décadas después, no soporta que los «chicos» de las nuevas generaciones le discutan el relato. Resulta profundamente irritante escucharle aleccionar sobre la falta de libertades internas en Podemos cuando el PSOE de los ochenta y noventa trituraba a quienes discrepaban —véase el ostracismo a Francisco Bustelo, Luis Gómez Llorente o el ala guerrista una vez finiquitada— o cuando se edificó una coraza mediática y financiera alrededor de su persona que persiste hasta hoy.

Pero más allá de las formas, lo que desmitifica definitivamente al «estadista» es el trasfondo material: los negocios y los amigos. Predicar desde el lobby implica no haberse despojado nunca del traje de la influencia. González no es un jubilado que escribe memorias a la sombra de un olivo sevillano; es un miembro activo del consejo de administración de las élites ibéricas. Su paso por Gas Natural, su asesoría a grandes fondos de inversión y su papel como facilitador de negocios en América Latina y el sector energético dibujan una trayectoria post-Moncloa que desmiente cualquier atisbo de socialismo residual.

El epítome de esta contradicción se materializa en su relación con el poder económico chino y, más concretamente, en la simbología de los «jarrones rotos». Podemos acusó a González, utilizando un término deliberadamente ofensivo pero efectivo, de ser un «empleado» de la Camargo Correa o de las eléctricas. La respuesta de González: indignación de terciopelo, en lugar de transparencia radical. La memoria rota a la que alude el titular no es solo la de un país que olvida los crímenes de Estado, sino la de un líder que ha separado quirúrgicamente su etapa de servidor público de su etapa de lobista. Cuando se pasea por los platós de televisión, lo hace como el Doctor Jekyll de la socialdemocracia, ocultando al Mr. Hyde que factura por abrir las puertas correctas en Pekín o Brasilia.

Y aquí llegamos a la cuestión central de esta crítica: la ruptura de la vajilla. Los jarrones chinos rotos representan la fragilidad de la coraza ética cuando se lanzan piedras en un palacio de cristal. Felipe González se permite hablar del «puto amo» y de la superioridad moral del proyecto histórico del PSOE, pero se mantiene opaco sobre los límites de la influencia. ¿Cuántos jarrones, es decir, cuántos cortafuegos entre el interés público y el privado, ha roto González en su tránsito por los despachos del IBEX? No lo sabemos con certeza, y ahí radica el problema. Sabemos de sus consejos, de sus amistades peligrosas —los lazos con Rubiales, su presencia en la trama de intereses cruzados del fútbol español, la foto con los Albertos— y de su capacidad para estar en todas las salsas donde se cocina el poder real, operando como una suerte de consejero áulico del régimen del 78.

El expresidente ha construido su autoridad moral sobre la Transición. Sin embargo, su figura actual actúa como un disolvente de esa épica fundacional. Cada vez que abre la boca para insultar a un adversario político desde la atalaya de su lobby empresarial, el mito del constructor de democracia se agrieta un poco más. Ya no es el activista clandestino, ni siquiera el presidente del cambio; es un hombre rico, muy rico, con un círculo de amigos igualmente ricos, que no tolera que la izquierda nacida del 15M le señale con el dedo y le recuerde que el emperador va desnudo.

La memoria de González es selectiva. Recuerda el presunto autoritarismo ajeno, pero olvida su propio uso del BOE para tapar escándalos. Habla de «decencia» pero socializa con banqueros condenados. Arremete contra el «populismo» mientras él practica el elitismo más rancio, ese que dicta sentencia sobre España entre whisky y puro, lejos del ruido de las asambleas de barrio que dice defender. Su expresión «puto amo», lejos de ser una boutade, encapsula la frustración de quien ya no controla el discurso. Durante treinta años, González fue el amo indiscutible de la izquierda española. Ahora, un sector de esa izquierda le ha perdido el respeto y, lo que es peor para él, le ha perdido el miedo.

El peligro de esta deriva no es solo biográfico. Contamina el debate público porque nos obliga a escuchar lecciones de democracia de quien ha hecho del lobby su ecosistema natural. La «memoria rota» es una confesión involuntaria: la fractura entre lo que González dice ser y lo que realmente es resulta ya insalvable. Por eso necesita demonizar al adversario con el insulto soez. Porque ya no puede ganarle en el terreno de la coherencia vital.

En definitiva, Felipe González se ha convertido en un florero caro y resquebrajado. Un jarrón chino de la política que, al tocarlo, te das cuenta de que está pegado con superglue. Preside tertulias, abre puertas empresariales y predica. Predica mucho. Pero sus sermones retumban huecos en el vestíbulo del capitalismo de amiguetes. Y mientras él denuncia a los «puestos amos» desde su Olimpo salarial, la izquierda que él liquidó ideológicamente con la reconversión industrial y la OTAN intenta, al menos, recoger los pedazos de ese jarrón roto que él sigue negando haber empujado. La tragedia del felipismo es que su líder eterno no solo ha perdido la memoria: ha perdido el derecho a que su prédica sea escuchada sin una sonrisa cínica.

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