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El 12 de junio de 2026, el profesor Edzard Ernst, probablemente el investigador más riguroso que ha transitado de la práctica de medicinas complementarias al escepticismo científico, publicó en su blog una entrada cuyo título lo decía todo: “The stupidity of Robert F. Kennedy Jr. runs deeper than I feared” (“La estupidez de Robert F. Kennedy Jr. es más profunda de lo que temía”). Quienes siguen a Ernst saben que no se trata de un insulto lanzado a la ligera. A sus 78 años, este médico germano-británico ha pasado más de dos décadas separando el grano de la paja en las terapias alternativas, siempre armado con evidencia. Si Ernst escribe sobre la estupidez de alguien, está emitiendo un diagnóstico de salud pública. Y en esa entrada de 2026, el paciente es un hombre que ha pasado de ser una celebridad antivacunas a ocupar un cargo con poder real: Robert F. Kennedy Jr., Secretario de Salud y Servicios Humanos en la segunda administración Trump.

La publicación de Ernst no era una reacción a una sola declaración. Llegaba después de que Kennedy anunciara, en mayo de 2026, una “Iniciativa por la Transparencia Vacunal” que, bajo el disfraz de revisar la seguridad de las inmunizaciones, congela los fondos federales para los calendarios vacunales infantiles mientras una comisión liderada por activistas antivacunas “reevalúa” la relación entre vacunas y autismo. La misma semana, Kennedy tuiteó una captura de pantalla de un artículo de 1998 —el estudio fraudulento de Andrew Wakefield— escribiendo: “El establishment ocultó la verdad. Nosotros la sacaremos a la luz”. Para Ernst, esa exhibición de ignorancia obstinada no era solo indignante: confirmaba que la estupidez de Kennedy no es un defecto de conocimiento, sino un sistema de pensamiento impermeable a la realidad. Y es profundamente peligrosa.

El sofisma del escéptico valiente

Uno de los pasajes más afilados del post de Ernst desmonta la autoimagen que Kennedy ha cultivado: la de un “escéptico valiente” que desafía los dogmas de las grandes farmacéuticas. El problema, señala Ernst, es que el escepticismo genuino exige cambiar de opinión cuando los datos lo contradicen. Kennedy jamás lo ha hecho. En 2005, escribió un artículo para Rolling Stone titulado “Peligro mortal: la agenda de las vacunas”, donde revivió el timerosal como causa de autismo. Para 2010, la comunidad científica ya había publicado media docena de estudios de cohortes con millones de niños —en Dinamarca, Reino Unido y Estados Unidos— que no hallaban ninguna asociación. La Academia Nacional de Medicina de EE.UU. lo reafirmó en 2012. Kennedy respondió creando Children’s Health Defense, el mayor portal de desinformación antivacunas del mundo, que hoy factura millones promoviendo exactamente las mismas teorías refutadas.

Esa inmunidad a la evidencia es, según Ernst, la característica central de la estupidez de Kennedy. No es falta de inteligencia; es la negativa activa a ajustar las creencias. En una entrevista de 2023, Kennedy afirmó que “no existe vacuna segura ni efectiva”. Afirmación que Ernst disecciona con un dato demoledor: la OMS calcula que la vacuna contra el sarampión evitó 56 millones de muertes entre 2000 y 2021. Decir que “no es efectiva” cuando los números la colocan entre las intervenciones más exitosas de la historia de la medicina no es una opinión; es un error de hecho que cualquier estudiante de secundaria podría corregir con una búsqueda en PubMed. Pero Kennedy insiste.

Sangre en las manos: el desastre de Samoa

La entrada de Ernst dedica un apartado especialmente duro a la responsabilidad de Kennedy en la epidemia de sarampión que asoló Samoa en 2019. Aunque no era un episodio nuevo en 2026, Ernst lo rescata porque en ese año Kennedy minimizó de nuevo su papel, alegando que solo había “hecho preguntas”. La cronología es conocida: en 2018, dos muertes infantiles por errores en la preparación de vacunas (se inyectó un relajante muscular en lugar de la inmunización) llevaron a Samoa a suspender su programa vacunal. Kennedy voló a la isla, se reunió con el primer ministro y con activistas locales, y divulgó la especie de que la vacuna triple vírica era la causante de las muertes. La tasa de vacunación, que era del 74%, se desplomó por debajo del 30%. En otoño de 2019, el sarampión mató a 83 personas, la mayoría niños. La vacuna fue reintroducida de forma masiva después de que se confirmara la causa de las muertes iniciales, y la epidemia cedió. Pero 83 niños estaban enterrados.

Para Ernst, este episodio encapsula la estupidez en su forma más letal: no saber que no se sabe, y actuar en consecuencia sobre comunidades vulnerables. Kennedy se presentó como mensajero de una verdad oculta, cuando en realidad era un amplificador de caos. Y en 2026, ya como Secretario de Salud, defendía la desfinanciación de la vacuna triple vírica argumentando, falsamente, que “el sarampión fortalece el sistema inmunitario”. Ernst responde citando el fénomeno de amnesia inmunológica que causa el sarampión salvaje, descrito en un estudio de 2019 en Science: la infección destruye entre el 11% y el 73% del repertorio de anticuerpos del individuo, haciendo que el “fortalecimiento” sea precisamente lo contrario.

Conspiraciones resistentes a la refutación

Otro hilo que recorre el análisis de Ernst es la tendencia de Kennedy a tejer teorías conspirativas que se refuerzan a sí mismas. Su libro The Real Anthony Fauci (2021) acusaba al inmunólogo de inventar la pandemia de sida, encubrir los daños de las vacunas y participar en una trama global con Bill Gates. Cada una de esas afirmaciones ha sido desmentida por periodistas y científicos; no importa. Kennedy incorporó los desmentidos a la narrativa: si Fauci no fue condenado fue porque controla el sistema judicial; si los estudios niegan la relación vacunas-autismo es porque las farmacéuticas los financian.

Ernst, que durante años dirigió el departamento de Medicina Complementaria de la Universidad de Exeter, reconoce ese patrón. Lo llama “la impermeabilidad ideológica de la pseudociencia”. Cuando él mismo publicó estudios que no encontraban efectos de la homeopatía más allá del placebo, fue acusado por homeópatas de haberse “vendido a la industria farmacéutica” o de manipular datos. La misma estrategia retórica que emplean quienes no pueden aceptar una conclusión incómoda. La diferencia es que Kennedy no lidera un pequeño grupo de presión, sino que está a cargo de la agencia que regula medicamentos y vacunas en la mayor economía del mundo.

Las consecuencias en 2026

El post de Ernst fue escrito en un contexto concreto. Para junio de 2026, Estados Unidos había registrado más de 900 casos de sarampión en lo que iba de año, principalmente en condados donde las exenciones por “creencias personales” se habían disparado tras la llegada de Kennedy al gabinete. Al mismo tiempo, la FDA se hallaba paralizada en la aprobación de nuevas vacunas pediátricas porque Kennedy había reemplazado a los miembros del comité asesor por figuras como Sherri Tenpenny, una médica que afirma que las vacunas hacen que la gente se pegue a los imanes. En su entrada, Ernst ironiza: “Estamos ante el primer Secretario de Salud que parece querer reinstaurar las pestes medievales”. Y advierte que la estupidez de Kennedy ya no es solo una cuestión de discursos en podcasts, sino una política de Estado que está costando vidas.

Ernst también menciona un vaciado de fondos para la vigilancia epidemiológica de la OMS —Estados Unidos redujo su aporte un 60% con el argumento de “soberanía sanitaria”—, lo que debilita la capacidad global de detectar nuevos brotes. Las fuentes que consulta Ernst incluyen informes de Science, The Lancet y los propios boletines de los CDC, cada vez más escuetos. La combinación, dice, es explosiva: un líder con creencias falsas, poder para imponerlas y un séquito que convierte cualquier crítica en un ataque a la libertad.

La estupidez como elección moral

Hacia el final de su artículo, Ernst da un giro filosófico. Sentencia que la estupidez de Kennedy no es inocente. Citando a Dietrich Bonhoeffer, recuerda que “la estupidez es un problema moral, no intelectual”. Porque los datos están sobre la mesa, a un clic de distancia. El sistema científico, con todas sus imperfecciones, es transparente: los estudios de seguridad de las vacunas incluyen miles de páginas de metodología y resultados crudos. Kennedy podría leerlos. Podría reunirse con epidemiólogos honestos. Pero elige no hacerlo. Elige la narrativa del héroe solitario contra el sistema porque le granjea aplausos, votos y poder. Esa es la dimensión ética que enfurece a Ernst: el conocimiento está disponible, y se lo rechaza en nombre de una misión personal.

“Temía que Kennedy fuese un bufón peligroso”, escribe Ernst. “Ahora entiendo que es peor: un bufón con poder que se cree sabio”. La frase es un eco moderno de la máxima socrática sobre la verdadera sabiduría de saber que no se sabe. En el Sócrates de Ernst, Kennedy representa el polo opuesto: la ignorancia vestida de certeza.

Conclusión: la alarma que no debemos ignorar

El artículo de Edzard Ernst no es solo el lamento de un científico mayor. Es un documento que se inscribe en una larga tradición de investigadores que han alzado la voz contra las ideologías que amenazan la salud colectiva. La estupidez de Robert F. Kennedy Jr., como la define Ernst, ha pasado de ser una curiosidad contracultural a un peligro institucional. Ha construido un movimiento que desconfía de la medicina basada en evidencia, ha debilitado la confianza pública en una de las herramientas sanitarias más importantes de la humanidad y, ya en el poder, está traduciendo esa desconfianza en políticas regresivas cuyas víctimas serán los grupos más vulnerables.

Consultar diversas fuentes —desde el blog original de Ernst (edzardernst.com, 2026), pasando por estudios de cohortes publicados en New England Journal of Medicine y revisiones de la Colaboración Cochrane, hasta los informes de la OMS y el rastreo de la epidemia de Samoa en The Guardian y The Lancet Infectious Diseases— deja una conclusión inequívoca: las afirmaciones de Kennedy carecen de base real, pero su influencia es demoledoramente real. Como escribe Ernst en su última línea, “la única esperanza es que, como sociedad, terminemos por preferir la incómoda luz de la evidencia al cómodo brillo de sus mentiras”. Que la estupidez no nos parezca profunda hasta que ya no tenga remedio.

Fuente: The stupidity of Robert F. Kennedy Jr. runs deeper than I feared


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.