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Las recientes declaraciones del ministro de Transportes, Óscar Puente, dirigidas al Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) reabren un debate que lleva años latente en la vida pública española: ¿existe un sector de la judicatura que actúa con motivaciones que trascienden la mera aplicación de la ley? El ministro fue contundente al pedir que el órgano de gobierno de los jueces no «proteja» a aquellos magistrados que, en sus palabras, «ensucian el buen nombre» de la Justicia «con sus abusos», añadiendo una frase especialmente reveladora: «Quien socava las instituciones es quien formando parte de ellas las utiliza para derribar gobiernos».

Conviene analizar estas palabras con rigor, evitando tanto la complacencia gubernamental como la defensa corporativa de un poder del Estado que, como cualquier otro, debe rendir cuentas ante la ciudadanía.

Un malestar que no es nuevo

La tensión entre el Ejecutivo y determinados sectores de la judicatura no constituye un fenómeno aislado de la actual legislatura. Diversos análisis publicados en medios como eldiario.es, Público o infoLibre han documentado durante años una preocupante deriva en la que ciertos procedimientos judiciales parecen orientarse más por la oportunidad política que por la solidez de los indicios.

El caso paradigmático es el bloqueo del propio CGPJ, cuyo mandato estuvo caducado durante más de cinco años. Esta anomalía, denunciada reiteradamente por la Comisión Europea en sus informes sobre el Estado de Derecho, evidenció hasta qué punto el Partido Popular instrumentalizó la renovación del órgano para mantener una mayoría conservadora en la cúpula judicial. No fue, por tanto, el Gobierno quien primero politizó la Justicia, sino quien se negó a cumplir un mandato constitucional para preservar cuotas de poder.

La sombra del «lawfare»

El término lawfare —el uso de procedimientos judiciales como herramienta de combate político— ha sido habitualmente descalificado por la derecha como una invención de la izquierda para deslegitimar a los jueces. Sin embargo, organismos internacionales y juristas de prestigio reconocen su existencia como fenómeno global.

En el contexto español, resulta difícil ignorar ciertos patrones. Las llamadas «causas generales», las investigaciones prospectivas sin un hecho delictivo concreto que las justifique, o la filtración selectiva de informaciones sumariales que perjudican a determinados actores políticos mientras protegen a otros, son prácticas que han sido criticadas incluso por sectores moderados de la propia carrera judicial.

El caso de la pareja del presidente del Gobierno, así como las investigaciones que afectan al entorno familiar de Pedro Sánchez, han sido señalados por numerosos analistas como ejemplos de instrucciones que se prolongan indefinidamente, alimentadas por denuncias de organizaciones ultraderechistas como Manos Limpias o Hazte Oír, cuya credibilidad ha quedado seriamente cuestionada. Que un juez admita a trámite querellas basadas en recortes de prensa, como ha ocurrido, plantea interrogantes legítimos sobre el rigor procesal.

El problema de la inamovilidad mal entendida

La independencia judicial es un pilar irrenunciable de cualquier democracia. Pero independencia no puede confundirse con impunidad. El argumento que esgrime Puente apunta a un déficit real: los mecanismos de control sobre la actuación de los jueces son extraordinariamente débiles.

Cuando un magistrado incurre en lo que objetivamente parece una extralimitación, las vías para depurar responsabilidades resultan tortuosas y, en la práctica, raramente efectivas. El corporativismo judicial, denunciado en multitud de ocasiones, hace que el propio CGPJ tienda a cerrar filas en torno a sus miembros antes que a sancionar comportamientos cuestionables. Asociaciones como Jueces para la Democracia han reconocido la existencia de este problema, mientras que organizaciones de corte más conservador, como la Asociación Profesional de la Magistratura, tienden a negarlo de plano.

Esta asimetría es significativa. Si bien es cierto que la mayoría de los jueces ejercen su función con honestidad y profesionalidad, también lo es que un reducido número de magistrados, especialmente visibles por instruir causas de relevancia política, parecen haber asumido un papel que no les corresponde: el de actores políticos con toga.

El peligro de las generalizaciones

Dicho esto, las palabras de Puente no están exentas de riesgo. Acusar genéricamente a «los jueces» de utilizar las instituciones «para derribar gobiernos» puede contribuir a una erosión de la confianza ciudadana en la Justicia que, paradójicamente, resulta tan dañina como los abusos que pretende denunciar.

La crítica legítima a actuaciones concretas debe distinguirse cuidadosamente de la deslegitimación global del poder judicial. Cuando un miembro del Gobierno emplea un tono que puede interpretarse como una presión sobre los tribunales, ofrece munición a quienes acusan al Ejecutivo de querer someter a la Justicia. La frontera entre la denuncia de un abuso y la intimidación institucional es delicada, y conviene transitarla con prudencia.

Además, el estilo combativo del ministro Puente, conocido por su agresividad dialéctica en redes sociales y comparecencias públicas, resta serenidad a un debate que requiere precisamente lo contrario. La crítica gana fuerza cuando se formula con datos y casos concretos, no con descalificaciones que pueden percibirse como ajustes de cuentas.

Una reforma pendiente

Más allá de la polémica coyuntural, el trasfondo del problema reside en un diseño institucional que necesita revisión. El sistema de elección de los vocales del CGPJ, la falta de transparencia en el reparto de asuntos en determinados juzgados, la ausencia de mecanismos ágiles de responsabilidad disciplinaria y la influencia de las asociaciones judiciales en los nombramientos son cuestiones que la mayoría de los expertos coinciden en señalar como deficiencias estructurales.

La Justicia española arrastra problemas reales: lentitud, falta de medios, politización de sus cúpulas y, sí, también episodios de actuaciones difícilmente explicables desde una óptica estrictamente jurídica. Negar estos problemas, como hacen quienes defienden acríticamente al poder judicial, es tan irresponsable como instrumentalizarlos políticamente.

Conclusión

Las declaraciones de Óscar Puente, pese a su tono incendiario, ponen el dedo en una llaga que la sociedad española no debería ignorar. Existe un problema de control sobre determinadas actuaciones judiciales que merece atención seria y reformas concretas. Pero la solución no pasa por la confrontación permanente entre poderes del Estado, sino por un consenso institucional que garantice tanto la independencia judicial como la rendición de cuentas. Una Justicia verdaderamente independiente es aquella que también es capaz de corregir sus propios excesos.

Generado por claude opus 4 8


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He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.