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Resulta un fracaso monumental de nuestra sociedad y de nuestro sistema educativo que, décadas después de la muerte del dictador Francisco Franco, las aulas españolas sigan pasando de puntillas sobre una de las etapas más oscuras, sangrientas y corruptas de la historia contemporánea de Europa. Durante años, la narrativa oficial y el pacto de silencio de la Transición han edulcorado o directamente ocultado la verdadera naturaleza del régimen franquista. No se trató simplemente de un gobierno autoritario o de una época de «paz y orden», sino de un sistema que operó bajo las lógicas del terrorismo de Estado, estructurado como una inmensa maquinaria de exterminio y saqueo sistemático.

Para comprender la magnitud de la tragedia, es imperativo recordar el pecado original del régimen: la traición. Francisco Franco, como militar, juró lealtad a la bandera de la Segunda República Española y prometió defender su ordenamiento constitucional. Sin embargo, rompió su juramento para encabezar un golpe de Estado militar en julio de 1936. Este levantamiento no fue un acto de patriotismo, sino una maniobra orquestada para defender los intereses y privilegios de las élites oligárquicas y del gran capitalismo terrateniente e industrial, que veían amenazados sus monopolios por las reformas sociales, agrarias y laborales de la República.

Para llevar a cabo esta aniquilación de la voluntad popular, Franco no actuó solo. Selló un pacto de sangre con las potencias del Eje, recibiendo el apoyo militar y logístico de la Alemania nazi de Adolf Hitler y la Italia fascista de Benito Mussolini, quienes utilizaron España como campo de pruebas para la Segunda Guerra Mundial. A esto se sumó el uso despiadado de la Guardia Mora y las tropas coloniales, lanzadas contra la propia población civil española en una campaña de terror, violaciones y saqueos que dejó una herida imborrable. El resultado de la guerra y la posterior represión fue una catástrofe demográfica: cientos de miles de asesinados, exiliados y represaliados, dejando un rastro de dolor que destrozó la vida de millones de españoles.

Pero el horror no terminó con el fin de la Guerra Civil en 1939. La llamada «Paz de Franco» fue, en realidad, la paz de los cementerios. Durante el período de posguerra, en tiempos de paz, el régimen fusiló a más de 40.000 personas. La burocracia de la muerte funcionaba con una frialdad estremecedora: los historiadores documentan que, durante los primeros diez años de la dictadura, el dictador firmaba una media de diez condenas de muerte al día. Las ejecuciones no eran actos de justicia, sino un castigo ejemplarizante destinado a paralizar por el terror a cualquier disidencia, erradicando a maestros, sindicalistas, intelectuales, políticos y simples ciudadanos cuyo único delito había sido defender la legalidad republicana.

Más allá del derramamiento de sangre, el franquismo operó con las dinámicas de una auténtica banda terrorista institucionalizada, cuyo objetivo paralelo al exterminio físico fue el expolio económico. El régimen institucionalizó el robo a través de mecanismos como la Ley de Responsabilidades Políticas de 1939. Con ella, se legalizó la incautación de todos los bienes de las personas a las que asesinaban o encarcelaban. A incontables viudas se les arrebató no solo a sus maridos y, en muchos casos, a varios de sus hijos, sino que se las despojó de sus casas, sus tierras, sus cuentas bancarias y sus medios de subsistencia. Miles de familias fueron arrojadas a la más absoluta indigencia, condenadas a la marginación social y al hambre, mientras los adeptos al régimen se repartían el botín de guerra.

La corrupción fue la argamasa que unió a la élite de la dictadura, empezando por su propia cúspide. La imagen de Franco como un gobernante austero es una de las grandes falsedades históricas desmontadas por la investigación contemporánea. Mientras gran parte de la población española moría de inanición y enfermedades derivadas de la miseria en la década de los 40, el entorno del dictador y las élites del régimen amasaron fortunas incalculables.

Este saqueo alcanzó niveles de crueldad extrema con la gestión de los recursos básicos. Los golpistas se apropiaron de ayuda humanitaria internacional y de alimentos destinados a una población que lo había perdido todo, para introducirlos en el mercado negro (el famoso estraperlo). Las clases dominantes del régimen vendían a precios prohibitivos el trigo, el aceite y los productos básicos que debían alimentar al pueblo, ingresando el dinero en sus propias cuentas. Paralelamente, la cúpula franquista derivó enormes cantidades de dinero opaco hacia el extranjero. Investigaciones históricas han rastreado cómo el dictador y su círculo más cercano utilizaron entramados financieros para ocultar millones en cuentas de Suiza y otros paraísos fiscales, consolidando un patrimonio familiar gigantesco cimentado sobre el sufrimiento de todo un país.

A la luz de estos hechos, sólidamente documentados por historiadores de prestigio nacional e internacional que han calificado la represión como un verdadero «holocausto español» o genocidio ideológico, resulta incomprensible la amnesia institucional que padece nuestro sistema educativo. Es un grave déficit democrático que las generaciones actuales de jóvenes estudien el nazismo o el fascismo italiano en los institutos, pero desconozcan la verdadera magnitud del terror franquista en su propio país.

Ocultar a los estudiantes que España fue gobernada por un régimen que fusiló masivamente en tiempos de paz, que firmaba sentencias de muerte a diario, que robó a las viudas, que se enriqueció ilícitamente a costa del hambre del pueblo y que escondió su botín en Suiza, es perpetuar la victoria del dictador. Un país que aspira a una calidad democrática plena no puede permitirse el lujo del olvido. Es urgente y necesario que los libros de texto y las aulas llamen a las cosas por su nombre y enseñen la historia sin censuras. Solo a través de la verdad, la justicia y la reparación, garantizando que el genocidio y el expolio franquista sean de conocimiento público y escolar, podrá la sociedad española vacunarse contra los totalitarismos y sanar, de una vez por todas, las heridas de su pasado.

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admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.