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Desde hace más de quince años, todos los estudios sistemáticos sobre creencias en mitos psicológicos encuentran la misma correlación incómoda, que casi nadie se atreve a explicar correctamente: las mujeres creen de forma sistemática y significativamente en más afirmaciones pseudopsicológicas demostradamente falsas que los hombres.
Este resultado se ha replicado en Estados Unidos, Reino Unido, España y medio centenar de países, en muestras de todos los niveles educativos y económicos. La reacción habitual es una de dos: o negar el dato por considerarlo sexista, o aceptarlo y lanzar comentarios baratos sobre credulidad femenina. Ambas posturas son igualmente erróneas. Lo que casi nadie comenta es el segundo resultado igualmente consistente de todos estos mismos estudios: cuando controlamos por cantidad de contenido de psicología popular consumido, la diferencia entre géneros desaparece por completo.
No existe ninguna diferencia demostrada en capacidad de pensamiento crítico general entre hombres y mujeres. Lo que existe es una diferencia muy grande de intereses. Las mujeres muestran de forma consistente mucho mayor interés por la psicología, la crianza, la educación, el bienestar emocional y las relaciones humanas. Consumen entre tres y siete veces más contenido sobre estos temas que los hombres. Y esta es la paradoja terrible y casi nunca comentada: cuanto más te interesa un tema, mayor es tu probabilidad de adquirir creencias falsas sobre el mismo.
Los mitos no se distribuyen al azar por internet. No vas a encontrar demasiados mitos sobre ingeniería civil o sobre astrofísica. Todos los mitos se acumulan exactamente en los temas que más le importan a la gente. Un estudio de la Universidad de Barcelona de 2025 analizó más de 1200 cuentas populares de psicología en redes sociales: el 78% de todo el contenido que contenía al menos un mito demostrado se encontraba en cuentas orientadas a una audiencia mayoritariamente femenina. Por el contrario, el 91% del contenido riguroso basado en estudios replicados se dirigía a audiencias mayoritariamente masculinas.
La psicología académica ha abandonado completamente la comunicación pública de todos los temas que más le importan a la mitad de la población. Ha dejado ese espacio libre para coaches, influencers y terapeutas que difunden sin ningún tipo de escrúpulo afirmaciones que fueron refutadas hace décadas. El mito de los estilos de aprendizaje, el más extendido del mundo, es creído por el 85% de las maestras de educación infantil, y por solamente el 30% de los profesores de física. No porque las maestras sean menos inteligentes. Sino porque es el único colectivo al que le han estado repitiendo esa mentira todos los días durante los últimos 40 años.
Es mucho más difícil creerse un mito sobre un tema al que nunca le has prestado ni un minuto de atención. El hombre medio no puede nombrarte tres tipos de apego. No sabe lo que es la regulación emocional. No ha leído ni un solo hilo sobre crianza respetuosa. Y por lo tanto, tampoco puede creerse tres mitos sobre ninguno de ellos. La ignorancia absoluta es el mejor filtro anti desinformación que existe. Esa es la broma más cruel y menos comentada de la epistemología moderna.
Frente a todo ello existe una regla de prudencia tan sencilla como casi imposible de practicar, que deberíamos enseñar a todo el mundo en el instituto. Ante cualquier afirmación nueva, espectacular, intuitiva o compartida por alguien en quien confías, lo correcto no es aceptarla inmediatamente. Tampoco es rechazarla de inmediato. Lo correcto es suspender provisionalmente el juicio.
Un estudio publicado no es evidencia. Un libro best seller no es evidencia. Un terapeuta famoso no es evidencia. La evidencia empieza a existir solamente cuando hay un cuerpo suficiente de estudios independientes, metodológicamente rigurosos y preregistrados que replican el mismo resultado. Hasta que ese momento llegue, la posición más inteligente es no tener ninguna posición.
De lo contrario corremos el riesgo de confundir conocimiento con tradición académica y evidencia con familiaridad, repitiendo conclusiones heredadas con la docilidad mecánica de quien reproduce una consigna sin recordar ya de dónde procede.
Esta no es una historia sobre mujeres. Es una historia sobre como funciona el conocimiento en el siglo XXI. Tenemos un sistema que castiga precisamente a la gente que más se preocupa, que más se informa y que más quiere cuidar de si misma y de los demás. La respuesta no es dejar de interesarse por la psicología, por las emociones o por la crianza. La respuesta es aprender a desconfiar provisionalmente, y exigir que aquel que nos dice algo extraordinario nos muestre pruebas extraordinarias.
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