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La historia de la Iglesia católica en el siglo XX español se escribe, en buena medida, con tinta de sangre y agua bendita. Es una narrativa donde la cruz y la espada no fueron meros símbolos heráldicos, sino herramientas de poder reales, intercambiables y mutuamente legitimadoras. En el centro de esa simbiosis perversa pervive un objeto físico, frío y dorado, que resume mejor que mil encíclicas la deuda moral pendiente de la Santa Sede con las víctimas del franquismo: el Gran Collar de la Suprema Orden de Cristo, la más alta distinción pontificia, que sigue colgando, post mortem e in aeternum, del cuello de Francisco Franco Bahamure.

No es un secreto de archivo, ni una interpretación historiográfica disputada. Es un hecho administrativo y simbólico: el dictador que fusiló a obispos republicanos (como el de Almería, Diego Ventaja Milán, o el de Guadix, Manuel Basulto Jiménez), que convirtió la misa en acto de mando militar y que firmó sentencias de muerte hasta su lecho de agonía, sigue figurando, a día de hoy, en el elenco de los «ilustres» condecorados por el Papa. La distinción le fue impuesta por Pío XII —Eugenio Pacelli, el «Papa de Hitler» para sus críticos, el «Papa de la paz» para sus apologetas— en 1953, coincidiendo ad hoc con la firma del Concordato que blindaba los privilegios económicos, educativos y jurídicos de la Iglesia en España a cambio de la bendición internacional al régimen.

Esta semana, el diario Público ha vuelto a poner el dedo en la llaga. Dirigió una pregunta formal, por escrito, al Dicasterio para la Comunicación del Vaticano: ¿Se prevé retirar esta distinción al dictador? La respuesta ha sido el silencio. Un silencio administrativo que suena a trueno teológico. Porque en la diplomacia vaticana, el silencio no es ausencia de opinión; es la opinión más rotunda. Significa non expedit (no conviene), significa que la realpolitik de la Curia sigue pesando más que la justicia histórica, y que la «purificación de la memoria» predicada por Juan Pablo II en el Jubileo del 2000 tuvo, como tantas veces, fronteras infranqueables cuando tocaba el bolsillo o el prestigio de la institución.

El precio de la «Cruzada»: 1953, el año de la gran transacción

Para entender por qué esa medalla sigue ahí, hay que volver al 27 de agosto de 1953. España salía de años de aislamiento internacional («años de hambre» y autarquía) y el Vaticano veía peligrar su influencia en un país donde el clero había sido parte activa de la represión. El Concordato fue el acta de nacimiento del «nacionalcatolicismo» oficial. La Iglesia recuperaba la enseñanza, la censura moral, la exención fiscal, el sostenimiento estatal del clero y la indisolubilidad del matrimonio canónico. Franco ganaba la legitimidad definitiva ante el mundo católico y, de rebote, ante Occidente en plena Guerra Fría.

La ceremonia de imposición del Gran Collar en el Palacio Real de Madrid no fue un trámite protocolario. Fue una liturgia de poder. El nuncio Ildebrando Antoniutti, ante las cámaras del NO-DO, colocó la insignia sobre el uniforme de capitán general del Caudillo. Las crónicas de la época —Ecclesia, Ya, ABC— hablaban de «la recompensa a la cruzada». Y usaban la palabra a propósito: para la jerarquía española de entonces (Gomá, Pla y Deniel, Morcillo), la Guerra Civil no había sido una guerra civil, sino una «Cruzada de Liberación». Franco no era un golpista; era el «Caudillo de España por la gracia de Dios», frase que acuñaban las monedas y que la Iglesia validaba desde el púlpito.

El historiador Jordi Canal, en El nacionalcatolicismo: historia de una ideología, detalla cómo la medalla no era un premio personal, sino la ratificación de un modelo de Estado: confesional, autoritario y represivo. «La Suprema Orden de Cristo», escribía Canal, «se convertía así en la medalla de la victoria, en el símbolo visible de la alianza entre el Trono y el Altar reconstruida sobre las fosas comunes».

La teología del silencio: ¿Por qué no se retira?

El argumento jurídico-canónico para la inacción es endeble pero cómodo. Las órdenes pontificias son «honores personales» que expiran con la muerte del condecorado. Expiran, no se revocan. Es la coartada perfecta: «Ya no tiene validez, ¿para qué quitársela?». Pero el simbolismo no entiende de caducidad burocrática. El nombre de Franco sigue apareciendo en los anales oficiales de la Santa Sede como caballero de la Orden. Su imagen con el collar sigue ilustrando la historia de la concordia Iglesia-Estado. Mantenerle en la lista es mantener la narrativa de 1953: que la Iglesia premió al vencedor de la «Cruzada».

Comparar con otros casos resulta demoledor. En 2010, Benedicto XVI retiró la medalla Pro Ecclesia et Pontifice al obispo belga Roger Vangheluwe por encubrimiento de abusos sexuales. En 2018, Francisco retiró la misma distinción al cardenal Theodore McCarrick. Cuando el escándalo toca la credibilidad actual de la Iglesia (la pederastia), la mano no tiembla. Cuando el escándalo toca la complicidad histórica con un dictador que mató en nombre de Cristo, la mano se paraliza.

¿Miedo a abrir la caja de Pandora del Concordato de 1953, aún vigente en buena parte de sus artículos económicos? ¿Temor a enfadar a la derecha católica española, única base social fuerte que le queda a la jerarquía en un país secularizado? ¿O simple incapacidad institucional para pedir perdón sin matizar, sin «pero», sin equilibrios?

El papa Francisco ha tenido gestos potentes: la beatificación de los mártires claretianos de Barbastro, el reconocimiento de las víctimas del franquismo en la plaza de San Pedro, la carta a los obispos chilenos pidiendo perdón por los abusos. Pero en el «caso Franco», Jorge Mario Bergoglio ha optado por la estrategia del archivo. En 2018, ante la exhumación del Valle de los Caídos, el Vaticano se limitó a decir que «respetaba la decisión judicial», eludiendo valorar el símbolo mayor: que el dictador yacía en una basílica pontificia, bajo un altar donde se celebraba misa diaria, con el beneplácito de la Santa Sede durante décadas.

La complicidad epistolar: Pío XII y el «Caudillo»

La medalla no cayó del cielo. Hubo una correspondencia activa. Pacelli y Franco se escribieron. El nuncio Antoniutti actuó de correveidile constante. En 1943, cuando la marea de la guerra giraba, Pío XII envió un mensaje radiofónico a los españoles felicitándoles por «la paz conseguida», ignorando la represión posterior. En 1949, la Santa Sede vetó la entrada de España en la OTAN no por democrática, sino por «masónica» y «protestante» (EE.UU. y UK), presionando para que el régimen se catolizara aún más. El Concordato de 1953 fue el colofón.

El historiador Ángel Viñas, en El honor de la Iglesia, documenta cómo la jerarquía española presionó a Roma para que la medalla fuera la Suprema Orden de Cristo (reservada a jefes de Estado católicos) y no la Orden de Pío IX (menor). Querían la máxima distinción para blindar al dictador. Y la tuvieron.

Ese collar lleva incrustados, metafóricamente, los nombres de los 13 obispos y miles de sacerdotes, religiosos y laicos asesinados por el bando republicano —crímenes horrendos que la Iglesia ha beatificado masivamente—, pero también el silencio cómplice ante los 150.000 fusilados tras la guerra, los bebés robados, el trabajo esclavo en el Valle de los Caídos, la tortura en las comisarías y la pena de muerte aplicada hasta 1975. La medalla «cristo» bendijo, a posteriori, todo ese corpus represivo.

El silencio de Público y la arrogancia curial

Que el Vaticano no conteste a un medio de comunicación (Público) no es una anécdota periodística; es una declaración de principios. La Curia no rinde cuentas. No hay portavoz que diga: «Estudiamos la conveniencia pastoral de mantener a un dictador en el santoral honorífico de la Orden». No hay teólogo que explique: «La misericordia no exige la revisión de los honores concedidos a quien ordenó matar en nombre de la fe».

Ese silencio es la misma soberbia que mantuvo a la Iglesia callada durante la Transición, negociando la Ley de Libertad Religiosa a cambio de mantener el Concordato económico, y callando ante la Amnistía de 1977 que blindó a los verdugos. Es la soberbia de quien se sabe dueño de la llave del cielo y no necesita llaves para la historia.

Mientras tanto, en España, la Ley de Memoria Democrática (2022) obliga a retirar simbología franquista de los espacios públicos. Los ayuntamientos quitan calles, escudos y placas. Pero el Gran Collar sigue en el Vaticano. Es la última frontera. El último reducto donde el «Caudillo por la gracia de Dios» sigue siéndolo, oficialmente, sin fecha de caducidad.

¿Qué haría un Papa «de los pobres»?

Un Papa que lava los pies a presos, que viaja a Lampedusa, que denuncia la «economía que mata» y que firma Fratelli Tutti, ¿qué haría con esa medalla?

La teología de la «purificación de la memoria» (Juan Pablo II, Incarnationis Mysterium, 1998) exige «reconocer los errores del pasado». No «olvidarlos». No «dejar que caduquen». Reconocerlos. Retirar la distinción post mortem —un gesto inédito, simbólico, jurídicamente discutible pero proféticamente necesario— sería decir: «Este hombre no representa a Cristo. Su ‘cruzada’ fue una guerra civil. Su orden fue el desorden del terror. Nos equivocamos al premiarle».

Pero eso exige reconocer que la Iglesia institución se equivocó. Y la eclesiología vaticana, desde el Concilio Vaticano I, tiende a confundir la infalibilidad ex cathedra del Papa en materia de fe y costumbres con la inerrancia histórica de sus decisiones políticas. Retirar la medalla a Franco sería admitir que Pío XII erró estrepitosamente al validar una dictadura. Y eso, para la Curia, duele más que el escándalo de las fosas.

Conclusión: El collar que aprieta el cuello de la Iglesia

El Gran Collar de la Suprema Orden de Cristo no está en una vitrina del Palacio Real de Madrid. Está en los archivos de la Secretaría de Estado. Y mientras esté ahí, vigente en los registros, la Iglesia católica lleva un collar invisible alrededor de su propio cuello: el de la complicidad histórica no resuelta.

El silencio ante Público no es vacío. Está lleno de miedo. Miedo a que retirar la medalla sea el primer hilo que tire de la madeja del Concordato, de los acuerdos económicos, de la enseñanza concertada, de la exención del IBI, de la asignación tributaria. Miedo a que la justicia histórica tenga un coste económico presente.

Pero, como escribió el profeta Amós —tan citado por Francisco en sus críticas al capitalismo—, «el que calla en tiempo de mal, pierde su alma». La Santa Sede puede guardar el silencio diplomático, puede esgrimir argumentos canónicos, puede esperar a que la memoria biológica se apague. Pero el collar de Franco sigue brillando en la penumbra de los archivos vaticanos, recordando a creyentes y no creyentes que, durante casi cuarenta años, la más alta autoridad espiritual de los católicos consideró que un dictador era el mejor defensor de la fe. Y que, setenta años después, nadie en Roma ha tenido el valor —la caridad en la verdad— de decir: «Nos equivocamos. Quitenle la medalla. Devuélvanla a la nada de donde salió».

Hasta que eso ocurra, la medalla no es de Franco. Es de la Iglesia. Y pesa.

Generado por may26 chatbot4


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He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.