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El franquismo no fue solo un régimen político autoritario; fue también un laboratorio de ingeniería social donde la ciencia se puso al servicio de la opresión. Bajo el manto de la «salud pública» y la «mejora de la raza», el régimen aplicó políticas eugenésicas que incluían desde la sustracción de niños hasta la administración de sustancias tóxicas a mujeres embarazadas. Este artículo explora uno de los capítulos más oscuros y menos conocidos de esa historia: el uso de compuestos arsenicales y bismuto en gestantes durante los años cuarenta, una práctica que respondía a los postulados racistas de figuras como Antonio Vallejo-Nájera y que dejó un rastro de sufrimiento y muerte.
La pseudociencia racial de Vallejo-Nájera
Antonio Vallejo-Nájera (1889-1960) fue uno de los pilares ideológicos del franquismo en el ámbito de la salud y la eugenesia. Psiquiatra de formación, su carrera estuvo marcada por su alineamiento con el régimen: durante la Guerra Civil, dirigió el Servicio Psiquiátrico del Ejército, donde desarrolló estudios sobre prisioneros republicanos que pretendían demostrar la inferioridad biológica de los «enemigos de España». Sus teorías, inspiradas en el racismo científico de la época, sostenían que la «raza hispana» debía protegerse de la «degeneración» que, según él, representaban el marxismo y otras ideologías.
En su obra más conocida, «Eugenesia de la hispanidad y regeneración de la raza» (1937), Vallejo-Nájera argumentaba que el marxismo era una enfermedad hereditaria, una especie de tara mental transmitida genéticamente. Esta teoría, carente de cualquier base científica, servía para justificar no solo la represión política, sino también medidas eugenésicas como la esterilización de «indeseables» o la sustracción de hijos a familias republicanas. Sus ideas encontraron eco en un régimen obsesionado con la pureza racial y la unidad nacional, y que veía en la ciencia una herramienta para moldear la sociedad según sus ideales.
Vallejo-Nájera no era un marginal dentro del régimen: fue director del Hospital Psiquiátrico de Madrid y académico de la Real Academia Nacional de Medicina. Su influencia se extendió a políticas públicas, como la creación de los Patronatos de Protección a la Mujer, donde se internaba a mujeres consideradas «desviadas» (prostitutas, solteras embarazadas, etc.) bajo el pretexto de «reeducación». Estas instituciones, junto con otras medidas como la Ley de Peligrosidad Social (1933, pero aplicada con dureza durante el franquismo), formaban parte de un sistema diseñado para controlar la reproducción y la moralidad de la población, especialmente de las mujeres.
El arsénico como instrumento de «purificación»
En la posguerra española, las condiciones sanitarias eran precarias. El hambre, la falta de medicamentos y las enfermedades infecciosas azotaban a una población ya de por sí debilitada por la guerra. Sin embargo, en lugar de priorizar la salud pública, el régimen franquista aprovechó este contexto para implementar políticas eugenésicas bajo la apariencia de tratamientos médicos.
Uno de los casos más graves fue la administración de compuestos arsenicales y bismuto a mujeres embarazadas. Estas sustancias, presentadas como medicamentos para prevenir enfermedades como la sífilis, se utilizaban de manera indiscriminada y sin el consentimiento informado de las pacientes. El arsénico, en particular, era conocido por su alta toxicidad: en dosis elevadas, puede causar fallos orgánicos, malformaciones fetales e incluso la muerte. El bismuto, aunque menos tóxico, también podía provocar intoxicaciones graves, especialmente en embarazadas.
¿Por qué se recetaban estas sustancias a mujeres embarazadas? La justificación oficial era la prevención de enfermedades venéreas, que en la época se asociaban con la «degeneración moral». Sin embargo, el objetivo real era otro: eliminar embarazos «no deseados» desde el punto de vista eugenésico. Según la ideología franquista, no todos los niños merecían nacer. Aquellos que, por su origen familiar o social, eran considerados «inferiores» (hijos de republicanos, gitanos, pobres, etc.), debían ser evitados. El arsénico y el bismuto, en este contexto, actuaban como herramientas de selección: provocaban abortos espontáneos o malformaciones en fetos que, de otro modo, habrían nacido «sanamente».
Esta práctica no era aislada. Se enmarcaba en un conjunto más amplio de medidas eugenésicas que incluían:
- Esterilizaciones forzosas: Aunque menos documentadas que en otros países, hay evidencia de que se realizaron esterilizaciones en mujeres consideradas «deficientes mentales» o «socialmente peligrosas».
- Sustracción de niños: Miles de bebés fueron robados a familias republicanas o pobres y entregados a familias adictas al régimen, bajo el pretexto de que sus padres biológicos no eran «aptos» para criarlos.
- Control de la natalidad: Se promovía la maternidad entre mujeres de «buena raza» (es decir, católicas, nacionalistas y de clase media o alta), mientras que se desincentivaba o incluso se penalizaba la reproducción entre las consideradas «inferiores».
El uso de arsénico en embarazadas fue especialmente grave en zonas rurales, donde el acceso a la información médica era limitado y las mujeres dependían completamente de los médicos locales, muchos de ellos alineados con el régimen. Testimonios recogidos décadas después revelan cómo estas mujeres, sin alternativa, aceptaban los tratamientos sin cuestionarlos, desconocedoras de los riesgos. Algunas sufrieron abortos; otras dieron a luz a niños con graves malformaciones; y muchas murieron como consecuencia de la intoxicación.
El silencio y la impunidad
A diferencia de otros crímenes del franquismo, como las ejecuciones extrajudiciales o los campos de concentración, las prácticas eugenésicas han recibido menos atención histórica. Esto se debe, en parte, a la naturaleza misma de estos crímenes: eran menos visibles, se cometían en el ámbito médico y afectaban principalmente a mujeres y niños, grupos cuya voz ha sido tradicionalmente silenciada.
Además, el régimen franquista se esmeró en ocultar estas prácticas. Los registros médicos de la época son escasos o inexistentes, y muchos documentos fueron destruidos o manipulados. Las víctimas, por su parte, a menudo guardaron silencio por miedo a represalias o por la vergüenza asociada a haber sido sometidas a tratamientos que, en muchos casos, las marcaron de por vida.
Hoy, más de cuatro décadas después de la muerte de Franco, el reconocimiento de estas víctimas sigue siendo insuficiente. Aunque en los últimos años han surgido iniciativas para investigar los crímenes del franquismo —como la exhumación de fosas comunes o las demandas por el robo de bebés—, las políticas eugenésicas, y en particular el uso de arsénico en embarazadas, siguen siendo un tema marginal en el debate público.
Conclusión: la memoria como acto de resistencia
El caso del arsénico administrado a mujeres embarazadas es un recordatorio de cómo el poder puede corromper la ciencia y convertirla en un instrumento de opresión. Las teorías de Vallejo-Nájera, hoy descreditadas, fueron en su momento el fundamento «científico» de políticas que causaron un sufrimiento incalculable. Y aunque el franquismo cayó hace décadas, su legado de impunidad persiste.
Recordar estas historias no es solo un acto de justicia para las víctimas; es también una advertencia. La eugenesia, en sus diversas formas, no es un fenómeno del pasado. Hoy, con los avances en genética y biotecnología, surgen nuevos debates sobre el control de la reproducción y la selección de embriones. La historia del franquismo nos enseña que, cuando la ciencia se desvincula de la ética y se pone al servicio de ideologías excluyentes, las consecuencias pueden ser devastadoras.
En un país donde aún hay calles con nombres de torturadores franquistas y donde muchas víctimas del régimen siguen esperando justicia, hablar de la eugenesia hispana es un acto de resistencia. Es decir, con voz clara y firme, que estos crímenes no serán olvidados. Y que el arsénico que el franquismo recetó a las embarazadas no fue un error médico, sino un crimen de Estado.
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