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Decir que la Iglesia católica se adapta a los tiempos no es una exageración: es una constante histórica. Desde sus orígenes como comunidad perseguida en el Imperio romano hasta su conversión en aparato de poder tras Constantino; desde su defensa de los pobres en algunos momentos hasta su bendición de dictaduras en otros, la Iglesia ha demostrado una extraordinaria capacidad para acomodarse al contexto político de cada época. Como un camaleón, cambia de color según el entorno. A veces se presenta como refugio de los oprimidos; otras, como sostén moral del poder establecido. Todo depende.

No se trata de negar la complejidad interna del catolicismo ni la existencia de corrientes distintas en su seno. Ha habido sacerdotes, religiosas y laicos comprometidos con la justicia social, con los derechos humanos y con la defensa de los más vulnerables. Pero también ha habido una jerarquía eclesiástica que, en no pocas ocasiones, ha optado por situarse del lado de los vencedores, de los regímenes autoritarios o de las clases dominantes. La historia de la Iglesia no es lineal ni coherente: es profundamente contradictoria.

Un ejemplo elocuente lo ofrece el mensaje de Pío XII a los fieles españoles, emitido en abril de 1939, recién terminada la Guerra Civil. En ese texto, el papa afirmaba: “Con inmenso gozo Nos dirigimos a vosotros, hijos queridísimos de la católica España, para expresaros nuestra paterna congratulación por el don de la paz y de la victoria…”. No hablaba de reconciliación entre compatriotas destrozados por una guerra brutal, ni de compasión ante cientos de miles de muertos, presos, exiliados y represaliados. Hablaba de “victoria”. Y no de cualquier victoria, sino de una interpretada como premio divino al “heroísmo cristiano” de un bando: el franquista.

Ese mensaje no fue una anomalía aislada, sino la culminación de una posición ya consolidada durante la guerra. Buena parte de la jerarquía eclesiástica española presentó el conflicto como una “Cruzada” contra el ateísmo, el marxismo y la anti-España. La famosa Carta Colectiva del Episcopado español de 1937, impulsada por el cardenal Gomá, fue decisiva en esa legitimación moral del levantamiento militar de 1936. En ella, los obispos respaldaban abiertamente a Franco y describían la guerra como una lucha entre la civilización cristiana y la barbarie revolucionaria. Roma, con matices diplomáticos, acabó avalando ese marco.

Es cierto que en la zona republicana hubo una durísima persecución religiosa, con asesinatos de sacerdotes, monjas y la destrucción de iglesias. Ese horror es incontestable y debe ser reconocido. Pero una cosa es condenar la violencia anticlerical, y otra muy distinta bendecir una dictadura nacida de un golpe militar y sostenida por la represión. Sin embargo, eso fue precisamente lo que hizo la Iglesia institucional. La “paz” celebrada por Pío XII en 1939 no fue una paz democrática ni una paz justa: fue la paz de los cementerios, la de los vencidos silenciados, la de las cárceles llenas y los consejos de guerra.

La sintonía entre Iglesia y franquismo no se limitó a la retórica. Durante décadas, el nacionalcatolicismo convirtió a la Iglesia en uno de los pilares ideológicos del régimen. A cambio de privilegios en educación, financiación, influencia social y control moral, gran parte de la jerarquía legitimó al dictador. El franquismo se presentó como defensor de la fe, y la Iglesia, como garante espiritual del nuevo Estado. Los obispos bendecían banderas, los curas vigilaban la moral pública y la religión católica se confundía con la identidad nacional. La alianza fue tan estrecha que aún hoy resulta imposible comprender la dictadura sin entender el papel central que desempeñó la Iglesia.

Pero este acomodamiento no comenzó con Franco ni terminó con él. La Iglesia lleva siglos practicando esa elasticidad política. En el siglo IV, pasó de ser perseguida a convertirse en religión favorecida por el poder imperial. En la Edad Media fue una de las mayores propietarias de tierras y un actor político de primer orden. Durante la colonización de América, mientras algunos religiosos denunciaban los abusos —como Bartolomé de las Casas—, la institución en su conjunto acompañó y legitimó el proceso imperial. En el siglo XIX, combatió con dureza el liberalismo cuando este amenazaba sus privilegios; después aprendió a convivir con la democracia cristiana cuando la historia ya no permitía otra cosa.

Lo mismo ocurrió en el siglo XX con su relación con los fascismos europeos. La Iglesia mantuvo relaciones complejas con Mussolini, Hitler, Salazar o Franco, siempre moviéndose entre la condena doctrinal de ciertos excesos y la colaboración práctica cuando esos regímenes protegían sus intereses o combatían al enemigo principal: el comunismo, el laicismo, la secularización. El Concordato con la Alemania nazi de 1933, firmado bajo Pío XI pero con Eugenio Pacelli —futuro Pío XII— como figura clave en la diplomacia vaticana, es uno de los ejemplos más discutidos. Aunque el Vaticano defendió ese acuerdo como un modo de proteger a los católicos alemanes, lo cierto es que proporcionó al régimen hitleriano un importante reconocimiento internacional.

Y, sin embargo, la misma Iglesia ha sido también capaz de producir discursos y prácticas de signo muy distinto. Ahí están la encíclica Rerum Novarum (1891), que abrió la doctrina social de la Iglesia denunciando ciertos abusos del capitalismo industrial; o más tarde la teología de la liberación en América Latina, con sacerdotes y obispos comprometidos con campesinos, indígenas y trabajadores frente a oligarquías y dictaduras militares. Ahí está también la evolución del Concilio Vaticano II, que introdujo una visión más abierta sobre los derechos humanos, la libertad religiosa y el papel de la Iglesia en el mundo contemporáneo. Es decir: la Iglesia puede hablar el lenguaje de los pobres, pero también el de los poderosos. Puede proteger perseguidos, o bendecir perseguidores.

Esa dualidad no responde solo a hipocresía individual, aunque a veces la haya. Tiene que ver con la propia naturaleza de la institución: una organización bimilenaria, universal, jerárquica, con intereses materiales, diplomáticos y simbólicos. La Iglesia no actúa únicamente como comunidad espiritual; actúa también como actor político. Y como tal, calcula, pacta, retrocede, se reubica. Su historia muestra menos fidelidad a principios absolutos que capacidad de supervivencia.

Por eso resulta ingenuo aceptar sin más su autodescripción como conciencia moral permanente de la humanidad. La Iglesia ha predicado el amor al prójimo, pero también ha justificado guerras, inquisiciones, colonizaciones y dictaduras. Ha defendido la dignidad humana en unos contextos y la ha relativizado en otros. Ha sido mártir y verdugo, víctima y cómplice, refugio y aparato de dominación. Todo depende del momento histórico, del equilibrio de fuerzas, de quién mande y de qué amenaza perciba.

El mensaje de Pío XII a la “católica España” en 1939 debería leerse precisamente como un recordatorio de esa plasticidad. No como una excepción vergonzosa, sino como una muestra clara de cómo la Iglesia puede revestir de lenguaje religioso una victoria militar y una represión política. Allí donde decía “paz”, muchos españoles vivían terror. Allí donde decía “victoria”, había derrota, exilio y fusilamientos. Allí donde invocaba a Dios, estaba legitimando un régimen fascistizante.

En definitiva, la Iglesia se acomoda a los tiempos porque esa ha sido una de las claves de su longevidad. Cambia para seguir influyendo. Modula su discurso para no perder centralidad. A veces lo hace para ponerse del lado de los débiles; otras, para asegurar su lugar entre los fuertes. Como un camaleón, adapta su color al paisaje. Y la historia, si se mira sin devoción y sin miedo, ofrece pruebas de sobra.

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He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.