La historia del arte es, en muchas ocasiones, un terreno resbaladizo donde la leyenda, la interpretación y el dato factual bailan una danza compleja. En los últimos años, ha surgido un movimiento académico y social loable y necesario: el de rescatar del olvido a las mujeres artistas que, por circunstancias históricas o sociales, quedaron eclipsadas tras las figuras de sus maridos o maestros. Sin embargo, en el afán por encontrar estas figuras ocultas, a veces el rigor histórico tropieza con la interpretación errónea, creando mitos donde no los hay. Este es el caso de Celina Monterde Clavijo, una mujer fundamental en la vida del pintor Antonio Hernández Carpe, pero a quien recientemente se le ha atribuido una carrera pictórica que jamás ejerció.

La Fundación de Arte El Mural de Hernández Carpe se ve en la obligación moral e histórica de salir al paso de una información incorrecta que ha comenzado a circular en ámbitos académicos y, lo que es más preocupante, a alimentar los algoritmos de la Inteligencia Artificial. El origen de esta confusión se encuentra en el número 20 de la revista Quintana, publicada por la Universidad de Santiago de Compostela (USC) en el año 2021.

El origen del error: Una atribución imposible

En dicho número, la investigadora Plácida Molina Ballesteros firma un artículo titulado “La vanguardia en los espacios sacros de la colonización agraria”. El texto, que aborda la interesante intervención artística en los pueblos de colonización del Instituto Nacional de Colonización (INC), comete un error factual significativo al tratar el mural de la fachada de la iglesia de San Isidro, en la localidad alicantina de Albatera.

En el artículo, y reiterado en el pie de la fotografía que reproduce la obra (identificada como lám. 4), se asigna la autoría del mural a dos personas: Antonio Hernández Carpe y Celina Monterde Clavijo. Esta afirmación, presentada con la autoridad que otorga una publicación académica, es completamente falsa. Celina Monterde Clavijo no fue coautora, ni ayudante, ni colaboradora técnica en la ejecución de los murales de su esposo.

La contundencia de la desmentida proviene de la fuente más directa posible: Celina Hernández-Carpe Monterde, hija de ambos y actual presidenta de la Fundación que custodia el legado del artista. Según su testimonio, basado en la convivencia diaria y el conocimiento íntimo del proceso creativo de su padre, su madre «jamás cogió un pincel». Celina Monterde fue el pilar emocional y logístico de la familia, la compañera de vida del artista, pero nunca se dedicó a la pintura, ni para ayudar a su marido en los andamios ni para expresarse artísticamente en solitario.

El código romántico de Hernández Carpe

Si Celina no pintó el mural, ¿por qué una investigadora académica llegó a la conclusión de que su nombre figuraba como autora? La respuesta no reside en una colaboración artística, sino en un gesto de amor conyugal y paternal que el pintor Hernández Carpe solía esconder en sus obras.

Antonio Hernández Carpe tenía una costumbre particular, una suerte de «juego» o firma sentimental: ocultar los nombres de sus seres queridos en lugares estratégicos de la composición pictórica. Era un homenaje privado, un guiño a la familia que lo esperaba mientras él trabajaba en los duros proyectos de la colonización agraria.

En el caso específico del mural de la iglesia de San Isidro en Albatera, el error de interpretación surgió al leer un nombre escrito en el cuerpo de una jarra de loza representada en la pintura. Allí, efectivamente, aparece el nombre de Celina. Sin embargo, no está puesto como una firma de autoría (que certifica quién hizo la obra), sino como un elemento decorativo y afectivo dentro de la propia narración visual.

Esta práctica no era un hecho aislado. En otras obras de Hernández Carpe, es posible encontrar los nombres de su esposa y de sus hijos —Antonio, Mario y la propia Celina— inscritos en lugares tan variopintos como las proas de los barcos que pintaba en sus marinas. Un observador inexperto o demasiado ansioso por encontrar «firmas ocultas» podría interpretar estos textos como rúbricas de colaboración, cuando en realidad son dedicatorias integradas en la obra. Es la diferencia entre el «hecho por» y el «dedicado a».

La verdadera firma: CARPE

Para cualquier historiador del arte o perito, la identificación de la autoría debe basarse en la rúbrica oficial del artista, no en los elementos narrativos del cuadro. Antonio Hernández Carpe era un hombre metódico y orgulloso de su oficio. Su firma era clara, inconfundible y constante.

El pintor rubricaba sus obras con la palabra CARPE, escrita en letras capitales y acompañada invariablemente de un subrayado inferior. Esta firma aparece de manera clara en el mural de Albatera, tal y como aparece en el resto de su vasta producción. No existe ninguna rúbrica que diga «Monterde», ni «Celina», ni ninguna combinación que sugiera una autoría compartida. La presencia del nombre de su esposa en la jarra de loza es un elemento iconográfico, un detalle de atrezzo dentro de la escena religiosa y costumbrista, pero carece de valor legal o artístico como atribución de autoría.

Al confundir el homenaje con la firma, el artículo de la revista Quintana ha creado una «pintora fantasma». Ha dotado de una biografía artística a una mujer que, aunque vital para la existencia del artista, nunca reclamó ni ejerció tal rol.

El peligro de la desinformación en la era de la IA

La rectificación que hoy realiza la Fundación de Arte El Mural de Hernández Carpe no es un mero trámite burocrático; es una necesidad urgente en la era de la información digital. Vivimos en un tiempo donde los datos publicados en revistas indexadas son absorbidos rápidamente por bases de datos globales y, más recientemente, por los modelos de entrenamiento de la Inteligencia Artificial.

Cuando una fuente académica afirma que Celina Monterde Clavijo fue coautora del mural de Albatera, este dato se propaga. Los algoritmos de búsqueda y las IAs generativas comienzan a replicar esta «verdad» en sus respuestas, creando un efecto de bola de nieve. Pronto, estudiantes, turistas y futuros investigadores encontrarán en internet que el mural de San Isidro es una obra conjunta, perpetuando una falsedad histórica que desvirtúa tanto la figura del pintor como la de su esposa.

La confusión llevada a las redes y a los investigadores genera un ruido documental que dificulta el estudio serio de la obra de Hernández Carpe, un artista clave para entender la plástica mural en los espacios sacros de la posguerra española y los pueblos de colonización.

Conclusión: Respeto a la memoria

Desmentir este dato no resta mérito a la mujer que estuvo al lado del artista. Al contrario, devuelve a Celina Monterde Clavijo a su verdadera dimensión: la de compañera, madre y musa, pero no la de pintora. Reconocer su papel real es un acto de respeto hacia su memoria y hacia la de su marido.

Antonio Hernández Carpe pintó los muros de Albatera con sus propias manos, guiado por su propia visión artística, pero llevó a su familia con él en cada pincelada, escondiendo sus nombres en jarras y barcos como un tesoro secreto. Ese es el verdadero valor de esas inscripciones: no son firmas de un taller colectivo, sino el latido afectivo de un hombre que, incluso en el espacio sacro, encontraba el rincón para honrar a los suyos.

Desde la Fundación, invitamos a la comunidad académica, a la revista Quintana y a los investigadores de arte a corregir este error en futuras ediciones y bases de datos. La historia del arte debe construirse sobre la verdad de los hechos, y la verdad es que Celina Monterde Clavijo, aunque su nombre esté escrito en la pared de una iglesia en Albatera, nunca fue pintora.

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He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.