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La dictadura franquista no solo fusiló, encarceló y exilió: también explotó económicamente a los vencidos. Bajo el eufemismo de la “redención de penas por el trabajo”, el régimen convirtió a presos republicanos, sindicalistas, soldados derrotados y represaliados políticos en una mano de obra cautiva, barata y disciplinada. Diversos estudios calculan que hasta 400000 personas pasaron por campos, batallones de trabajadores, destacamentos penales y colonias penitenciarias militarizadas entre la Guerra Civil y la posguerra, con sistemas de trabajo forzado activos al menos hasta 1957.

El lenguaje oficial hablaba de “regenerar” al preso, de “redimirlo” mediante el esfuerzo y de devolverlo a la “España nacional”. La realidad era más brutal: hombres exhaustos, hambrientos, vigilados por militares o funcionarios, obligados a levantar infraestructuras, reconstruir ciudades, extraer carbón o estaño, fabricar piezas, abrir canales, reparar edificios religiosos y trabajar para empresas privadas. El franquismo vistió la explotación con retórica católica y patriótica, pero el mecanismo fue el de una economía de castigo: los derrotados pagaban con su cuerpo la victoria de sus verdugos.

El Estado fue el gran organizador. A través del Patronato Central de Redención de Penas por el Trabajo, de Prisiones y de organismos militares, el régimen distribuyó presos como quien reparte recursos productivos. Instituciones públicas utilizaron esta mano de obra: la Secretaría General del Consejo de Estado, Astilleros de Cádiz, el Consejo Superior de Protección de Menores, el Sindicato Nacional del Espectáculo, organismos de Regiones Devastadas en varias provincias, gobiernos civiles, direcciones generales, diputaciones y ayuntamientos. También aparecen entidades ligadas al aparato ideológico del régimen, como la Fundación Generalísimo Franco o la Jefatura de FET y de las JONS en Lérida.

No fue una anomalía ni un exceso local: fue política de Estado. Regiones Devastadas reconstruyó pueblos y edificios con presos; ayuntamientos y organismos públicos abarataron obras; la dictadura levantó canales, carreteras, pantanos, ferrocarriles y monumentos con cuerpos cautivos. El Valle de los Caídos es el símbolo más conocido, pero no el único. El llamado Canal de los Presos, en Andalucía, o los trabajos en el Pirineo muestran que la explotación fue territorialmente extensa y administrativamente normalizada. Había expedientes, cupos, pagos, informes y sellos oficiales. La esclavitud franquista tuvo membrete.

La Iglesia católica tampoco fue una simple espectadora. El nacionalcatolicismo no solo legitimó la represión con sermones sobre culpa, expiación y obediencia; también se benefició materialmente de ella. Presos trabajadores fueron utilizados en obras de parroquias, conventos y otros edificios religiosos en lugares como Madrid, Barcelona, Cuenca, Murcia o Valladolid. La idea de “redención” encajaba perfectamente en el discurso de una Iglesia que, salvo excepciones, bendijo la victoria franquista y participó en la reeducación moral de los vencidos.

Conviene decirlo con claridad: cuando una institución religiosa acepta mano de obra cautiva procedente de un sistema represivo, no está practicando caridad, sino colaborando con la opresión. La sotana y el crucifijo no hicieron menos violento el trabajo forzado; lo hicieron más hipócrita. Mientras los presos levantaban muros, reparaban templos o acondicionaban edificios, se les decía que purgaban sus pecados políticos. La Iglesia ayudó a transformar una represalia de clase y de guerra en penitencia espiritual.

Las empresas privadas fueron otro pilar del sistema. La dictadura ofrecía trabajadores baratos y sometidos; muchos empresarios aceptaron. En la metalurgia aparecen nombres como Múgica, Arellano y Cía., Babcock & Wilcox, La Maquinista Terrestre y Marítima, Talleres Mercier o Industrias Egaña. En la minería figuran Carbones Asturianos, Minera Estaño Silleda, Duro Felguera, Minería Industrial Pirenaica o Minas de Sillada. En la construcción, compañías como Sociedad Constructora Ferroviaria o Ibérica de Construcciones y Obras Públicas. También hubo presos en agricultura, mecánica, zapatería, espartería y fábricas de muebles, cristal, guantes o alpargatas.

El beneficio era evidente. Las empresas obtenían una mano de obra más barata que la libre, disciplinada por la amenaza penitenciaria y sin capacidad real de protesta. El preso podía recibir una cantidad mínima; otra parte iba, en teoría, a su familia, y el resto quedaba absorbido por el Estado o por el sistema administrativo. La empresa pagaba menos, el régimen ingresaba y el trabajador cautivo sobrevivía entre hambre, golpes, enfermedades y accidentes. Era una transferencia de riqueza desde los derrotados hacia el Estado, la Iglesia y los vencedores económicos de la guerra.

No todos los empresarios tuvieron el mismo grado de implicación, pero el sistema no habría funcionado sin demanda privada. Por eso es insuficiente hablar solo de Franco, de los militares o de Falange. La dictadura fue también una alianza social: funcionarios que tramitaban, curas que bendecían, empresarios que contrataban presos, jueces que condenaban, ingenieros que dirigían obras y autoridades locales que solicitaban cupos. El fascismo español no fue solo una ideología de camisa azul; fue una red de intereses.

Llamar “esclavos” a estos presos no es una exageración propagandística. Aunque jurídicamente no fueran propiedad de un amo, trabajaban bajo coacción, sin libertad para negociar, bajo amenaza de castigo y dentro de un sistema que los consideraba enemigos a purgar. Según la definición moderna de trabajo forzoso, la falta de voluntariedad y la amenaza de pena son elementos centrales. En la España franquista se dieron ambos.

La Transición dejó este capítulo en una penumbra cómoda. Muchas obras públicas siguieron utilizándose sin placas, sin nombres de víctimas y sin reparación. Muchas empresas conservaron prestigio sin explicar qué parte de su crecimiento se apoyó en presos políticos. La Iglesia pidió perdón tarde, poco o nunca. Y el Estado democrático ha avanzado de forma desigual en memoria, exhumaciones y reconocimiento.

La cuestión no es abrir una venganza retrospectiva, sino cerrar una mentira. Los archivos deben ser accesibles, las instituciones deben reconocer su papel y las empresas herederas de aquellas estructuras deberían investigar, publicar documentación y contribuir a la reparación simbólica y material. La democracia no se debilita cuando mira sus crímenes fundacionales; se debilita cuando los oculta.

El franquismo construyó parte de su posguerra con trabajo esclavo. Lo hicieron el Estado, la Iglesia y empresas que entendieron que la derrota republicana era también una oportunidad de negocio. Esa es la verdad incómoda: la represión no solo mató y encarceló; también produjo beneficios.

Fuentes de referencia: Isaías Lafuente, Esclavos por la patria; Javier Rodrigo, Cautivos; Gutmaro Gómez Bravo, La redención de penas; Fernando Mendiola y Edurne Beaumont, Esclavos del franquismo en el Pirineo; Gonzalo Acosta Bono y otros, El Canal de los Presos; Carlos Hernández de Miguel, Los campos de concentración de Franco; expedientes del Patronato Central de Redención de Penas por el Trabajo y documentación conservada en el Archivo General de la Administración.

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He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.