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En la memoria histórica de América Latina, pocos nombres despiertan tanta controversia como el de Sebastián de Belalcázar. Fundador de ciudades emblemáticas como Quito, Popayán, Cali y Pasto, su figura ha sido durante siglos exaltada en monumentos y plazas, pero también señalada como símbolo del genocidio indígena que acompañó la conquista española. Hoy, a la luz de las nuevas lecturas históricas y de las reivindicaciones de los pueblos originarios, su legado se reevalúa con dureza, mostrando el rostro sangriento detrás del mito del fundador.

De campesino extremeño a conquistador del Nuevo Mundo

Sebastián Moyano nació hacia 1480 en Belalcázar, un pequeño pueblo de la provincia de Córdoba, España, perteneciente entonces a la región de Extremadura. De origen humilde y vinculado al campesinado, adoptó como apellido el nombre de su localidad natal, costumbre frecuente entre los conquistadores que buscaban borrar su pasado modesto y forjarse una nueva identidad en las Indias.

Embarcó hacia el Nuevo Mundo aproximadamente en 1507, en una de las expediciones que partieron tras el tercer viaje de Cristóbal Colón. Participó en la conquista de Panamá y Nicaragua junto a Pedrarias Dávila, donde adquirió experiencia militar y reputación de hombre duro, ambicioso y dispuesto a todo por ascender. En esos territorios recibió encomiendas, es decir, indígenas sometidos a su servicio, lo que constituyó la base de su primera fortuna.

En 1532 se unió a la expedición de Francisco Pizarro en la conquista del imperio inca, donde participó en la captura de Cajamarca y en la ejecución del inca Atahualpa. Aquella experiencia marcó su carrera: comprendió que la conquista era el camino directo hacia la riqueza, el poder y el reconocimiento que jamás habría obtenido en España.

La conquista del norte andino

Tras la caída del Tahuantinsuyo, Belalcázar fue nombrado teniente gobernador de San Miguel de Piura. Desde allí, animado por las leyendas del oro de Quito y de las riquezas del reino de los Shyris, organizó una expedición hacia el norte sin autorización expresa de Pizarro. En 1534 derrotó al general inca Rumiñahui en varias batallas y fundó, sobre las cenizas de la antigua ciudad incaica, San Francisco de Quito, junto a Diego de Almagro.

La toma de Quito estuvo precedida por sangrientos enfrentamientos con los pueblos cañaris, puruháes y caranquis. Las crónicas relatan que Rumiñahui, al ver la inminencia de la derrota, prefirió incendiar la ciudad y ocultar los tesoros antes que entregarlos a los invasores. Los castigos posteriores fueron implacables: torturas, ejecuciones y esclavización masiva de la población indígena que se negaba a revelar el paradero del oro.

Desde Quito, Belalcázar continuó su avance hacia el norte, atravesando los Andes en busca de El Dorado, esa mítica tierra de oro que obsesionó a los conquistadores. En su trayecto fundó Guayaquil (1535, junto a Almagro), Pasto (1537), Popayán (1537) y Cali (1536), ciudades que se convertirían en los pilares del dominio español en el suroccidente de lo que hoy es Colombia y Ecuador.

Ciudades levantadas sobre la sangre indígena

Detrás del aura fundacional que la historiografía tradicional le otorgó a Belalcázar, se esconde un rastro de violencia sistemática. Los pueblos quillacingas, pastos, paeces, pijaos, yanaconas y guambianos fueron sometidos mediante campañas militares brutales. Aldeas enteras fueron arrasadas, líderes ejecutados públicamente y comunidades obligadas a trabajar en condiciones de esclavitud en las minas y haciendas.

Las crónicas de la época, incluyendo las del propio Pedro Cieza de León —quien fue testigo de muchas de estas expediciones—, describen cómo Belalcázar empleaba perros de presa para cazar indígenas, una práctica conocida como “aperreamiento”, en la que los nativos eran despedazados vivos como castigo ejemplar. También se valió del sistema de encomiendas para repartir poblaciones enteras entre sus capitanes, condenando a generaciones a la servidumbre.

En Popayán, ciudad que llegó a considerar su feudo personal, organizó un poder casi autónomo del virreinato. Allí concentró enormes riquezas obtenidas de la explotación minera y agrícola sustentada en el trabajo forzado de los indígenas y, posteriormente, de los esclavos africanos traídos al puerto de Cartagena.

El conflicto con la Corona y la condena por traición

La ambición desmedida de Belalcázar lo enfrentó con otros conquistadores y con las autoridades reales. Su rivalidad con Gonzalo Jiménez de Quesada y Nicolás de Federmán por el dominio del altiplano cundiboyacense estuvo a punto de desencadenar una guerra civil, evitada finalmente por la diplomacia de los tres caudillos que decidieron viajar juntos a España.

En la península, Belalcázar logró que el rey Carlos V lo nombrara adelantado y gobernador vitalicio de Popayán en 1540. Sin embargo, su carácter autoritario y su negativa a someterse plenamente a la Corona lo llevaron a un final trágico. En 1546, en plena guerra civil entre los conquistadores del Perú, ordenó la ejecución del adelantado Jorge Robledo, su antiguo aliado convertido en rival por las disputas territoriales. Este acto le costó un juicio de residencia y la condena a muerte, aunque apeló al Consejo de Indias.

Murió en Cartagena de Indias en 1551, mientras viajaba a España para defenderse de las acusaciones, enfermo, empobrecido y abandonado por casi todos. Su cuerpo fue enterrado sin honores, lejos de las ciudades que había fundado con tanta soberbia.

La caída del mito: estatuas derribadas

Durante siglos, la figura de Belalcázar fue glorificada con estatuas, calles y monumentos. La más famosa de ellas, erigida en 1937 sobre el cerro de Tulcán, en Popayán, dominó simbólicamente el paisaje de la ciudad. Pero en septiembre de 2020, comuneros del pueblo Misak la derribaron como acto de justicia histórica, denunciando los crímenes cometidos contra sus ancestros. Un año después, una acción similar ocurrió en Cali, donde la estatua del conquistador fue retirada por exigencia de las comunidades indígenas y de movimientos sociales.

Estos actos no son simples gestos iconoclastas: son una invitación a repensar la historia oficial, a escuchar las voces silenciadas por la narrativa de los vencedores y a reconocer que sobre cada ciudad fundada por la espada hay miles de cuerpos olvidados.

Sebastián de Belalcázar fue, sin duda, un hombre de su tiempo, pero también un agente decisivo de un proceso colonial que destruyó civilizaciones enteras. Recordarlo críticamente no es borrar la historia, sino completarla con la verdad que durante siglos se ocultó bajo la sombra de sus monumentos.

Fuentes consultadas para la redacción (Síntesis de diversas fuentes históricas):

  • Crónicas de Indias: Obras de Pedro Cieza de León (Crónica del Perú) y Gonzalo Fernández de Oviedo.
  • Estudios académicos: Trabajos de Juan Friede sobre la conquista del Nuevo Reino de Granada.
  • Historiografía moderna: Ensayos críticos de la «Conquista de América» de Tzvetan Todorov y análisis de la Revuelta de los Indios (como el de la Cacica Gaitana).
  • Documentos del Archivo General de Indias: Actas de su juicio de residencia y cartas de la Corona.

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He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.