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La cuenta atrás para el Mundial de 2026 —organizado conjuntamente por Estados Unidos, Canadá y México— avanza entre promesas de espectáculo global y una creciente sombra política. Lo que debería ser una fiesta del fútbol se está viendo atravesado por un clima de temor, discriminación y endurecimiento migratorio que afecta tanto a aficionados como a jugadores. En especial, preocupa la situación en Estados Unidos, donde las políticas impulsadas por Donald Trump y el ambiente político asociado a ellas han alimentado denuncias de racismo, exclusión y miedo entre comunidades latinas, africanas y musulmanas.

En este contexto, diversos medios y organizaciones han alertado de una contradicción cada vez más evidente: la FIFA promueve un torneo universal, supuestamente abierto al mundo, mientras el principal país anfitrión endurece fronteras, restringe visados y tolera un entorno hostil para parte de quienes deberían poder participar en el evento, ya sea desde la grada o sobre el césped.

Restricciones de entrada y exclusión de aficionados

Uno de los elementos más controvertidos es la restricción de entrada a ciudadanos de determinados países. Según las informaciones difundidas en torno al clima político del torneo, Estados Unidos ha vetado o dificultado severamente la entrada de aficionados procedentes de Costa de Marfil, República Democrática del Congo, Senegal, Haití e Irán, entre otros contextos de especial escrutinio migratorio y diplomático. Aunque la aplicación práctica depende del tipo de visado, del momento político y de la evolución judicial de estas medidas, el mensaje para muchos seguidores es claro: no todos serán bienvenidos en igualdad de condiciones.

Este enfoque golpea de forma particular a naciones con una fuerte tradición futbolística y con aficiones apasionadas. En un Mundial, la presencia de los seguidores no es un elemento decorativo: forma parte esencial del torneo. Privar o dificultar la llegada de hinchas africanos, caribeños o de países musulmanes vacía de sentido la idea de un campeonato global. Además, la medida alimenta una jerarquía implícita entre aficionados “aceptables” y aficionados “sospechosos”, determinada no por el deporte, sino por el pasaporte.

El caso de Irán resulta especialmente simbólico. La selección iraní suele arrastrar una afición numerosa y dispersa por todo el mundo. Impedir o entorpecer la asistencia de sus seguidores supone castigar a personas cuya única intención es asistir a un acontecimiento deportivo. Lo mismo ocurre con Haití o con varios países africanos, cuyas diásporas en América del Norte podrían querer reunirse alrededor de sus selecciones, pero temen controles arbitrarios, denegaciones o problemas en frontera.

El miedo latino: ir al estadio como riesgo

Junto a las restricciones formales, existe otro temor más difuso pero igual de real: el miedo de muchos latinos a desplazarse, reunirse en masa o acudir al estadio en Estados Unidos. Organizaciones de defensa de derechos civiles y medios internacionales han recogido la preocupación de aficionados y residentes latinos ante un posible aumento de controles migratorios, redadas, perfilado racial y vigilancia reforzada durante el torneo.

Para una parte de la comunidad latina, especialmente para quienes tienen familiares indocumentados, visados precarios o experiencias previas de discriminación, un gran evento internacional no es necesariamente sinónimo de celebración. El temor no es abstracto. En los últimos años, el debate migratorio en Estados Unidos ha estado marcado por una retórica agresiva hacia los migrantes latinoamericanos, a menudo asociados desde ciertos discursos políticos con criminalidad, desorden o amenaza cultural.

Ese ambiente puede convertir algo tan cotidiano como ir a un partido en una decisión cargada de ansiedad. ¿Habrá controles en carreteras? ¿Se pedirán documentos en accesos o estaciones? ¿Aumentará la presencia policial en barrios latinos? ¿Existirá riesgo de ser señalado simplemente por hablar español o por el color de piel? Aunque muchas de estas preguntas no tengan una respuesta uniforme, el simple hecho de que se formulen ya revela una fractura grave entre el ideal inclusivo del torneo y la realidad social del país anfitrión.

Racismo contra futbolistas negros

La otra gran preocupación tiene que ver con el racismo dirigido a los futbolistas negros. En Estados Unidos, como en Europa y otras regiones, el fútbol no está aislado de las tensiones raciales. Jugadores afrodescendientes y africanos han denunciado durante años insultos en redes sociales, comentarios deshumanizadores y ataques racistas en distintos entornos deportivos. El problema no es exclusivo del país, pero el contexto político puede amplificarlo.

Con Trump, el debate racial en Estados Unidos se ha vuelto aún más crispado. Su trayectoria política ha estado acompañada de mensajes que minimizan desigualdades estructurales, atacan políticas de diversidad y alimentan una visión confrontativa de las minorías. En ese marco, muchos temen que el Mundial se convierta en un escaparate de hostilidad, donde los jugadores negros queden expuestos a campañas de odio tanto digitales como presenciales.

La experiencia reciente muestra que el fútbol global no ha sabido proteger suficientemente a estos deportistas. Los abusos contra figuras negras tras errores, derrotas o simples gestos políticos son una constante. Basta con que fallen un penalti, respondan a una provocación o se posicionen contra el racismo para convertirse en blanco de insultos. En un torneo de máxima exposición, celebrado en un país polarizado y con enormes ecos mediáticos, el riesgo de que esos ataques se multipliquen es alto.

La FIFA, entre el negocio y la incoherencia

La FIFA insiste en que el Mundial de 2026 será el más grande de la historia, con 48 selecciones y una dimensión comercial sin precedentes. Sin embargo, su discurso de inclusión choca con la elección y gestión de sedes en contextos donde hay problemas claros de derechos humanos. No es la primera vez que ocurre: ya sucedió en Rusia 2018, en Catar 2022 y ahora vuelve a plantearse con Estados Unidos.

La cuestión central es si un organismo que proclama combatir el racismo y defender la universalidad del fútbol puede mirar hacia otro lado cuando millones de personas se sienten excluidas o amenazadas. Si ciertos aficionados no pueden entrar por su nacionalidad, si comunidades enteras temen acudir a los estadios y si los futbolistas negros afrontan un entorno de acoso racial, la FIFA no puede limitarse a campañas publicitarias o eslóganes vacíos.

Harían falta compromisos concretos: garantías de acceso sin discriminación, protocolos contra perfilado racial, mecanismos de denuncia rápidos, protección efectiva para jugadores y seguimiento independiente del impacto de las políticas migratorias durante el torneo. También sería necesario que la federación internacional asumiera públicamente que la neutralidad deportiva no puede servir de excusa ante violaciones de derechos.

Un Mundial bajo sospecha

El Mundial de 2026 aspira a batir récords de asistencia, audiencia e ingresos. Pero también corre el riesgo de quedar marcado como un campeonato atravesado por el miedo. Para muchos aficionados africanos, caribeños o iraníes, el problema es si podrán siquiera entrar al país. Para muchos latinos en Estados Unidos, la duda es si acudir a un partido será seguro. Para numerosos futbolistas negros, la preocupación pasa por competir bajo la amenaza permanente del racismo.

Todo ello dibuja un escenario inquietante: el de un Mundial que, en lugar de reunir al mundo, puede exhibir crudamente sus fronteras, prejuicios y desigualdades. El fútbol suele presentarse como lenguaje universal, capaz de unir a personas de orígenes muy distintos. Pero esa promesa solo se sostiene si existe igualdad real de acceso, seguridad y dignidad para todos.

Por eso, más allá del balón, el Mundial de 2026 será también una prueba política y moral. No solo se decidirá quién gana en el campo. También se pondrá a prueba si el mayor evento deportivo del planeta puede celebrarse en un clima de exclusión sin que sus organizadores, patrocinadores e instituciones asuman responsabilidades. Si no lo hacen, el torneo corre el riesgo de ser recordado no como una fiesta global, sino como el Mundial del miedo.

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admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.