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En 1995, Carl Sagan publicó «El Mundo y sus Demonios: La Ciencia como una luz en la Oscuridad». En ese momento, el libro era una defensa apasionada del pensamiento escéptico y el método científico frente a un resurgimiento de la irracionalidad. Casi tres décadas después, la obra no solo ha envejecido con gracia, sino que se ha vuelto profética. Lo que Sagan temía entonces es nuestra realidad cotidiana hoy. Este libro, bellamente escrito, sigue siendo una guía esencial para distinguir entre la verdad, la desinformación y la mentira, y constituye una lectura obligada para cualquiera que se considere un pensador crítico.

Sagan, astrónomo y divulgador científico de renombre mundial, escribió el libro en un momento de transición cultural. La Guerra Fría había terminado, internet era incipiente y las teorías de conspiración comenzaban a encontrar nuevos ecos en los medios emergentes. Sagan advirtió que una ciudadanía que no comprende la ciencia está a merced de los charlatanes, los demagogos y los «demonios» de la superstición. Hoy, esos demonios no son entidades sobrenaturales, sino algoritmos de redes sociales, cámaras de eco, deepfakes generados por inteligencia artificial y una avalancha de desinformación que se propaga a la velocidad de la luz.

La relevancia contemporánea del libro es abrumadora. Sagan dedicó un capítulo entero a lo que llamó el «kit de detección de tonterías» (baloney detection kit), un conjunto de herramientas cognitivas para evaluar afirmaciones. Entre ellas se incluyen: buscar confirmación independiente de los «hechos», fomentar el debate sustantivo por parte de conocedores de todos los puntos de vista, y no depender exclusivamente de la autoridad. En la era de los «hechos alternativos» y la posverdad, este kit no es solo útil; es un equipo de supervivencia intelectual. Cuando un video manipulado por IA se vuelve viral o una cura milagrosa sin base científica gana tracción en las redes, las herramientas de Sagan son el antídoto más potente que tenemos.

Uno de los pasajes más citados y escalofriantemente precisos del libro es su advertencia sobre el futuro: «He escrito este libro en un momento de gran peligro para la sociedad estadounidense. La combinación de un público que no conoce la ciencia y un gobierno que no entiende la ciencia es una receta para el desastre». Hoy, vemos esa receta cocinándose a fuego lento en debates públicos sobre el cambio climático, la vacunación y la política energética. La incapacidad colectiva para distinguir entre la evidencia científica y la opinión ideológica tiene consecuencias tangibles y a menudo trágicas. Sagan nos recordó que la ciencia es más que un cuerpo de conocimiento; es una forma de pensar, un modo de escéptico interrogatorio que debe aplicarse a todos los aspectos de la vida.

Además, «El Mundo y sus Demonios» aborda la seducción de lo pseudocientífico. Sagan argumentaba que la ciencia, aunque a menudo es fría y compleja, posee una belleza y un asombro que rivalizan con cualquier mito. En un mundo digital saturado de estímulos rápidos y explicaciones simplistas, la paciencia que requiere el método científico parece una virtud en extinción. Sin embargo, es precisamente esa paciencia la que nos protege. La promesa de respuestas inmediatas y reconfortantes es el cebo que utilizan los modernos «demonios» de la desinformación. Sagan nos insta a resistir esa tentación, a abrazar la incertidumbre y a entender que decir «no lo sé» es el primer paso hacia el conocimiento verdadero.

La influencia del libro se extiende más allá de la academia. Periodistas, educadores y legisladores han encontrado en sus páginas un manual para navegar la complejidad moderna. La llamada de Sagan a una educación científica universal no era solo para crear más científicos, sino para formar ciudadanos capaces de participar en una democracia. Una democracia saludable depende de un electorado informado que pueda evaluar las afirmaciones de sus líderes. Cuando la línea entre la realidad y la ficción se difumina, los cimientos de la sociedad se agrietan. En este sentido, el libro de Sagan es un acto de patriotismo intelectual, una defensa de la integridad cívica a través de la razón.

Leah Crane, al resaltar la vigencia de esta obra, toca una fibra sensible. No se trata simplemente de nostalgia por un gran científico del siglo XX, sino de reconocer que las herramientas que Sagan forjó son más necesarias que nunca. En un momento en que la inteligencia artificial puede generar texto y imágenes indistinguibles de la realidad, el «kit de detección de tonterías» debe actualizarse, pero sus principios fundamentales permanecen inmutables. La exigencia de evidencia, la sospecha ante la autoridad no verificada y la apertura a cambiar de opinión ante nuevos datos son los pilares de una mente libre.

En conclusión, «El Mundo y sus Demonios» no es un relicario del pasado, sino una brújula para el futuro. La oscuridad que Sagan temía no ha desaparecido; ha mutado, volviéndose más sofisticada y penetrante. Sin embargo, la vela de la ciencia que él encendió sigue ardiendo. Leer este libro hoy es un acto de resistencia. Es recordar que la verdad, aunque a veces sea esquiva y compleja, es el único terreno sólido sobre el cual podemos construir un futuro próspero. Para cualquiera que busque navegar el laberinto de la información moderna con claridad y integridad, Carl Sagan sigue siendo el guía indispensable. Su mensaje final es un legado de esperanza: que si nos atrevemos a pensar críticamente, podemos exorcizar a los demonios que nosotros mismos hemos creado.

Fuente: Carl Sagan’s The Demon-Haunted World is still supremely relevant today. NewScientist


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.