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Por qué el proteccionismo agrícola disfrazado de patriotismo haría exactamente lo contrario de lo que promete
Hay frases que suenan de maravilla. Frases que te ahorran tener que pensar demasiado. «Hay que consumir producto nacional.» «No hay que importar fruta ni verdura de Marruecos.» «Primero lo nuestro.» Quien las pronuncia sabe que funcionan. Que calan. Que movilizan. Que sacan votos. Lo que ya no está tan claro es que quien las pronuncia haya hecho los deberes antes de abrir la boca.
Según cuenta una viajera a Milán con excursión al Lago de Como y parada en Lugano, Suiza, «entré en un supermercado y me puse a mirar precios de fruta, casi por inercia. Y allí estaba: melocotones españoles a 7,50 francos suizos el kilo (unos 8 euros), albaricoques españoles a casi 7,40 euros el kilo, sandía española a 3,95 francos. Fruta de España, con toda su etiqueta de origen, vendiéndose en Suiza a precios que aquí nos parecerían de escándalo. Y en ese momento pensé: ¿Qué pasaría si le dijéramos a esos agricultores murcianos, almerienses y valencianos que, por aquello de «España primero», tendrían que vender toda su producción aquí, a los precios de aquí, y renunciar a esos mercados extranjeros donde les pagan bastante más? ¿Alguien se ha parado a pensar en la respuesta?».
La huerta de Europa no es un hobby, es un negocio multimillonario
España es el primer productor de la Unión Europea de frutas y hortalizas, con más del 25 % de la producción europea, y el séptimo a nivel mundial. No es una anécdota, es una posición de liderazgo construida durante décadas con esfuerzo, tecnología y, sobre todo, con la mirada puesta en los mercados internacionales. Se trata de un sector con gran vocación exportadora donde cerca del 50 % de la producción se destina a la exportación, siendo además el primer subsector dentro del conjunto de las exportaciones del sector agroalimentario. Es decir, uno de cada dos kilos que se producen en la huerta española sale del país. ¿Y cuánto dinero supone eso? La exportación española de frutas y hortalizas frescas superó los 18000 millones de euros en 2025, según las estimaciones de FEPEX. Dieciocho mil millones de euros. No de pesetas. De euros. En 2024, el valor de las exportaciones de productos agroalimentarios fue de 71793,7 millones de euros, el 18,7 % del total exportado, un nuevo récord histórico. Y todo eso en riesgo si alguien, desde un atril, decide que «España primero» mola más que la economía real.
Los agricultores murcianos, valencianos y almerienses dependen de exportar
Por comunidades autónomas, Andalucía lidera el ranking exportador con 3,9 millones de toneladas (33 % del total), seguida de la Comunidad Valenciana con 3,3 millones (28 %), y Murcia con 2,3 millones de toneladas (20 %). En valor, Andalucía totalizó 7145 millones de euros, la Comunidad Valenciana 4790 millones y Murcia 3489 millones.
Murcia, en concreto, no es un caso menor. El sector agroalimentario aporta el 15,3 % del valor añadido bruto de Murcia, 6268 millones de euros, y el 24,4 % de su empleo, que representa 165791 ocupados. El sector murciano mantiene una oferta destacada en melocotón, nectarina y albaricoque, con una producción orientada principalmente a la exportación.
Exactamente: esos melocotones y albaricoques que se venden en Lugano a 7 u 8 euros el kilo. La producción anual de melocotones en Murcia suele superar las 250000 toneladas, comercializadas prioritariamente en los mercados nacionales y del centro y norte de Europa. Centro y norte de Europa. Suiza, Alemania, Francia… Precisamente los mercados donde los agricultores obtienen esos precios que aquí nos sorprenden.
Y el empleo que hay detrás de todo esto no es marginal. Según FEPEX, el empleo directo generado por el sector de frutas y hortalizas está estimado en 280000 trabajadores en cómputo anual. Doscientas ochenta mil familias. ¿Alguien les ha preguntado a ellos si quieren «España primero»?
El proteccionismo tiene un historial de fracasos que no conviene olvidar
Esto no es nuevo. La tentación de cerrar las fronteras y proteger lo propio tiene siglos de historia, y casi siempre termina igual. Las restricciones al comercio y a la internacionalización de la economía son nocivas para el desarrollo económico, al frenar la actividad económica y el empleo. En España conocemos bien las consecuencias del proteccionismo: las fuertes barreras de importación al carbón inglés, para mantener la producción de las cuencas asturianas y leonesas, generaban un carbón más caro y de peor calidad. Proteger a un sector a base de cerrar la puerta a la competencia no lo hace más fuerte: lo hace más caro, menos eficiente y más dependiente de la subvención. Las barreras arancelarias, las limitaciones a las importaciones y las restricciones a las exportaciones de productos estratégicos se han multiplicado por tres en los últimos cinco años. Para una economía tan dependiente del exterior como la española, el auge del proteccionismo es una de las tendencias más preocupantes. Las exportaciones españolas podrían sufrir en un entorno económico mundial donde está aumentando el proteccionismo; si a ello se une un aumento de la incertidumbre sobre el futuro político del país, se corre el riesgo de que junto a las exportaciones se reduzcan también las inversiones y los planes de expansión de las empresas.
El eslogan ignora quién decide dónde vender
Aquí está el nudo del problema: el discurso del «España primero» trata la producción agrícola como si fuera un bien comunal gestionable por decreto. Como si bastara con cerrar la puerta a las importaciones y ya. Pero los agricultores no son funcionarios. Son empresarios que venden donde les pagan mejor, igual que haría cualquiera de nosotros. Para FEPEX, es muy importante preservar la competitividad de las producciones españolas, garantizando un marco normativo equilibrado y avanzando en condiciones de competencia equitativas entre todos los operadores del mercado comunitario. Eso es lo que piden los propios agricultores: no proteccionismo, sino competencia justa. Porque lo que más les perjudica no es que se importe fruta de Marruecos en sí, sino que esa fruta no cumpla los mismos estándares de producción que se les exigen a ellos. El sector denuncia una desventaja competitiva frente a países terceros debido a las estrictas normativas comunitarias que no se exigen a los productos importados. Desde FEPEX se demanda una PAC que priorice las producciones de la Unión Europea y la inclusión de cláusulas de reciprocidad en los acuerdos comerciales.
Ese es el debate real. No la banderita. No el eslogan. La reciprocidad de condiciones, la equiparación de exigencias, la defensa seria del sector en las instituciones europeas. Eso es complejo, requiere trabajo técnico, negociación y paciencia. Y precisamente por eso no sale en el mitin.
Conclusión: los problemas complejos no tienen soluciones sencillas
Destaca la elevada productividad del sector agroalimentario español, que es un 14,4 % superior a la media de la UE-27. En cuanto a competitividad, los costes laborales del sector agroalimentario español son un 19 % inferiores a los de la UE-27. España tiene un sector agrícola potente, competitivo, exportador, que da trabajo a cientos de miles de personas y genera decenas de miles de millones de euros al año. Un sector que funciona precisamente porque mira hacia fuera, no porque se haya encerrado en sí mismo.
Lo de aquel supermercado de Lugano no era un problema. Era una oportunidad: fruta española que alguien había decidido pagar a precio europeo porque la calidad lo justificaba. El problema sería obligar a esos agricultores a renunciar a ese mercado por un eslogan. El problema sería confundir el patriotismo con el suicidio económico.
Los populismos prosperan con preguntas simples para realidades complejas. Pero la realidad, tarde o temprano, siempre da en la cara. Y cuando lo hace, el eslogan ya no sirve de nada.
Generado por Claude Sonnet 4.6 search
