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Introducción

El poeta Albert Ubach, exalumno del colegio Maristas de Rubí, ha roto el silencio para denunciar los abusos sexuales que sufrió entre los 8 y los 14 años a manos de tres profesores del centro. Su testimonio, publicado recientemente en El Periódico, no solo expone una historia personal de dolor y superación, sino que también pone de manifiesto un patrón de violencia y silencio normalizado durante décadas en instituciones educativas religiosas. Este artículo explora su caso, el contexto de los abusos en los Maristas, y el llamado urgente a la verdad y la justicia que no puede seguir siendo ignorado.


El testimonio de Albert Ubach: una infancia robada

Albert Ubach, nacido en Barcelona en 1974, es un poeta reconocido con premios como el Octavio Paz, Vila de Lloseta y Jacint Verdaguer. Sin embargo, detrás de su éxito literario se esconde una infancia marcada por el horror. Entre 1982 y 1988, mientras estudiaba EGB en el colegio de los Hermanos Maristas de Rubí, Ubach fue víctima de abusos sexuales por parte de tres profesores: dos religiosos y un seglar. «Me convirtieron en su juguete sexual», declaró en una entrevista reciente, describiendo cómo estos adultos, en quienes confiaba, lo manipulaban y abusaban de él con total impunidad. «Le tenía aprecio personal a algunos de ellos, como Teófilo, mi tutor, que me ayudaba con los estudios. Pero luego me usaba para satisfacerse. Me desorientaba mucho que adultos que me trataban tan bien después me hicieran eso».

Ubach explica que los abusos eran cotidianos y que la violencia física y psicológica estaban normalizadas. «Sentía terror. Los abusos estaban normalizados y me convertí en su juguete», afirmó. Los depredadores sexuales, según su relato, elegían a sus víctimas con criterio: en su caso, su introversión y su situación familiar complicada lo hicieron un blanco fácil. «Creo que entre ellos hablaban de qué alumnos éramos más fáciles. En mi caso, se dieron cuenta de que era muy introvertido, muy callado, y que tenía una situación complicada en casa. Vieron que me podían manipular, y los abusos se cronificaron».


El contexto: un sistema que protegía a los depredadores

El caso de Ubach no es aislado. Desde 2016, la investigación periodística de El Periódico sobre abusos sexuales en colegios religiosos ha destapado ya 55 denuncias policiales de exalumnos de escuelas maristas contra 24 docentes (16 hermanos religiosos, 6 profesores seglares y 1 monitor de comedor) en Cataluña. Los hechos abarcan un período que va desde 1962 hasta 2018, y afectan a centros como los de Sants-Les Corts, la Inmaculada, Anna Ravell (Barcelona), Champagnat (Badalona), Valldemia (Mataró), Montserrat (Lleida) y, por supuesto, Rubí.

Lo más escalofriante es que, durante décadas, estos crímenes quedaron impunes. La prescripción de los delitos y la falta de mecanismos de denuncia efectivos permitieron que muchos casos nunca llegaran a los tribunales. Además, la cultura del silencio dentro de la institución —y en la sociedad en general— protegía a los agresores. «Nos rompieron la infancia y no hubo justicia», denuncian las víctimas, muchas de las cuales, como Ubach, han tardado años en hablar por miedo, vergüenza o desconfianza en el sistema.

En 2020, el Institut Germans Maristes firmó un acuerdo con la asociación Mans Petites (creada por Manuel Barbero, padre de una víctima) para compensar económicamente a los alumnos que sufrieron abusos. Hasta el momento, se han indemnizado a 25 víctimas con un total de 350000 euros. Sin embargo, para muchos, como Ubach, el dinero no repara el daño moral ni devuelve la infancia perdida.


La normalización de la violencia: ¿cómo fue posible?

El testimonio de Ubach revela un aspecto aún más perturbador: la normalización de los abusos. «Los abusos sexuales estaban normalizados, eran cotidianos», afirma. Esta frase resume el clima de terror en el que vivían muchos niños en estos centros. La jerarquía eclesiástica y la estructura de poder dentro de los colegios religiosos permitían que los agresores actuaran con total impunidad.

Además, la falta de educación sexual y la estigmatización de las víctimas contribuyeron a que muchos casos no se denunciaran. Los niños, en muchos casos, ni siquiera entendían que lo que les estaba pasando era un crimen. «Me desorientaba mucho que adultos que me trataban tan bien después me hicieran eso», confiesa Ubach, mostrando la confusión y el trauma que estos actos dejaron en él.


La investigación sigue creciendo: ¿hacia dónde vamos?

El caso de Albert Ubach ha reabierto heridas y ha animado a otras víctimas a alzar la voz. Recientemente, otro exalumno de Rubí, Quim, denunció a dos profesores por abusos sufridos a finales de los 80. Su testimonio ha permitido identificar a otro docente pederasta: el hermano Vidal.

La investigación periodística y judicial sigue su curso, pero el tiempo apremia. Muchos de los casos están prescritos, y las víctimas exigen que se haga justicia, aunque sea simbólica. La congregación marista ha creado una comisión de acogida para víctimas con casos prescritos, pero para muchos, esto no es suficiente. «No queremos limosnas, queremos verdad y reparación», afirman.


Un llamado a la acción: la sociedad no puede mirar hacia otro lado

El caso de Albert Ubach es un recordatorio de que la violencia sexual contra menores no es un problema del pasado, sino una herida abierta que sigue supurando. Su valentía al dar la cara y contar su historia es un acto de resistencia y un llamado a la sociedad para que no siga ignorando estas realidades.

Es urgente:

  • Romper el silencio: Las víctimas deben sentirse seguras para denunciar, sin miedo a represalias o estigmatización.
  • Reformar las leyes: La prescripción de estos delitos debe revisarse para que la justicia pueda actuar.
  • Educar y prevenir: Los colegios, especialmente los religiosos, deben implementar protocolos estrictos de protección infantil y formación en derechos humanos.
  • Exigir responsabilidades: Las instituciones que encubrieron estos crímenes deben asumir su culpa y reparar el daño causado.

Conclusión: la poesía como resistencia

Albert Ubach ha convertido su dolor en arte. Su poesía, premiada y reconocida, es un canto a la vida en medio del horror. «Que cada onada sia tan profunda per a la mar com ho és la mar mateixa» (Que cada ola sea tan profunda para el mar como lo es el mar mismo), dice uno de sus versos. Esta metáfora resume su lucha: el mar es inmenso, pero cada ola, cada voz, cada testimonio, cuenta.

Su historia, y las de tantas otras víctimas, nos recuerda que el silencio es cómplice. Es hora de escuchar, de actuar y de asegurar que nunca más un niño sufra en las aulas lo que Ubach y otros tantísimos padecieron. La verdad no puede esperar.


¿Qué más se necesita para que la sociedad y las instituciones asuman su responsabilidad y actúen con la urgencia que este escándalo merece?

Generado por Le Chat Mistral


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.