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Charlatanes de ayer, creadores de contenido de hoy: la misma tarima, distinto algoritmo
En las plazas de la España del siglo XVIII se congregaban multitudes alrededor de improvisadas tarimas. Un tambor resonaba entre las calles empedradas llamando la atención de los transeúntes. Allí, 5un charlatán realizaba espectaculares curaciones y vendía remedios y tónicos milagrosos, prometiendo la solución a todos los males del cuerpo humano. Estos vendedores ambulantes, conocidos como sacamuelas o buhoneros, no necesitaban más credenciales que su labia y su capacidad para montar un espectáculo. 1Goya escribió «toda palabra es mentira», refiriéndose a estos engañosos charlatanes en sus célebres grabados.
Francisco de Goya captó esta realidad con mordacidad en Los Caprichos, 2una serie de 80 grabados publicados en 1799 para satirizar a la sociedad española de su época. El Capricho 33, titulado «Al conde palatino», es particularmente revelador. 3Según el manuscrito del Museo del Prado: «En todas las ciencias hay charlatanes, que sin haber estudiado palabra lo saben todo y para todo hallan remedio». 2El manuscrito de la Biblioteca Nacional añade: «Todos los charlatanes y sacamuelas quieren pasar por Condes y Marqueses extranjeros arruinados para vender bien sus drogas».
La crítica de Goya no podría ser más contemporánea. Cambiemos la plaza por Instagram, el tambor por el algoritmo, el aceite milagroso por suplementos con código de descuento, y tendremos el ecosistema actual de los influencers médicos. La esencia permanece intacta: vender ilusiones con apariencia de ciencia.
El Protomedicato: una batalla perdida contra el mercado
La España ilustrada intentó frenar este fenómeno. 11El Protomedicato fue un órgano técnico encargado de velar por la salud pública con carácter administrativo y judicial, creado para luchar contra falsificadores, charlatanes y curanderos. 12Este tribunal vigilaba el ejercicio de las profesiones sanitarias (médicos, cirujanos y farmacéuticos), intentando establecer un control de calidad sobre quienes ejercían el arte de curar.
Sin embargo, el Protomedicato fracasó estrepitosamente en su batalla contra los charlatanes. La razón era simple y demoledora: 19la atención sanitaria era cubierta por remedios caseros, curanderos, brujas, sacerdotes sanadores, boticarios, barberos-cirujanos, vendedores ambulantes o charlatanes. La plaza pública, con su espectáculo y sus promesas inmediatas, pagaba mejor que la medicina formal. El pueblo prefería al vendedor de sueños que al médico que exigía paciencia, disciplina y, a menudo, reconocía las limitaciones de su ciencia.5 Estos embaucadores conseguían vender productos que no servían para nada mediante el engaño y la mentira, gracias a sus habilidades oratorias, a la puesta en escena impactante con atuendos llamativos, a la música que los acompañaba y a los recursos para ganar la confianza del auditorio. ¿Les suena familiar? Sustituyan «música» por «iluminación ring» y «atuendos llamativos» por «estética de influencer» y tenemos la misma fórmula, perfeccionada para la era digital.
La copia como estrategia: de la plaza al feed
Pero lo más revelador del fenómeno histórico es la práctica del plagio sistemático. Si un charlatán acertaba con un brebaje exitoso, en cuestión de días todos los demás vendían exactamente lo mismo. Si uno inventaba un pregón pegajoso con rima, todos rimaban. La plaza se convertía en un mercado de imitadores sin escrúpulos, donde el éxito ajeno se copiaba sin pudor.
Hoy, en cualquier red social se observa el mismo patrón. Esta semana todos hablan de dormir del lado derecho. La semana pasada, la ducha antes de dormir. La anterior, proteína versus creatina. 23Los influencers se han convertido en actores centrales en la circulación de información —y desinformación— en salud. El algoritmo recompensa la tendencia, no la originalidad ni el rigor científico.
Los datos son alarmantes. 22Un estudio de la Universidad de Sydney analizó casi 100 publicaciones médicas patrocinadas por influencers con más de 200 millones de seguidores, descubriendo que el 85% de las publicaciones no mencionan ningún inconveniente o riesgo. Más revelador aún: 22el 68 por ciento de los influencers tenían intereses financieros en promover la prueba (asociación, colaboración, patrocinio o venta para beneficio propio).
La desinformación como modelo de negocio
25 «Estos hallazgos sugieren que las redes sociales son una cloaca abierta de desinformación médica», señala el doctor Ray Moynihan, profesor de la Universidad Bond. La frase es dura, pero está respaldada por evidencia sólida. 25 El 87 por ciento de las publicaciones mencionó los beneficios de las pruebas, pero sólo el 15 por ciento mencionó los posibles daños; sólo el 6 por ciento mencionó evidencia científica.
Lo más preocupante es que 31más del 70% de los adultos jóvenes en Estados Unidos sigue a algún influencer y más del 40% ha comprado productos recomendados por estas figuras. Estamos ante una generación que confía más en un creador de contenido con iluminación profesional que en instituciones sanitarias con siglos de trayectoria.20 Una de las críticas más frecuentes es la falta de transparencia sobre patrocinios comerciales. ¿Qué ocurre cuando un médico recomienda un producto porque fue pagado para hacerlo, sin aclararlo? La pregunta no es retórica. Es un problema ético que requiere respuestas urgentes.
Médicos que juegan a ser influencers
Lo más desolador no es que personas sin formación médica hablen de salud —eso ha ocurrido desde que existe el lenguaje humano—. Lo verdaderamente triste es ver a médicos formados, con años de estudio y experiencia clínica, jugando al juego del algoritmo. Copiando vídeos de más de un millón de visualizaciones. Repitiendo las mismas tendencias superficiales. Sacrificando el rigor científico en el altar de los «me gusta».30 «Es absolutamente necesario regular a los influencers que hablan sin ninguna base científica. La salud no debería ser un tema que se trate a la ligera ni una estrategia de marketing sin fundamento», advierten profesionales sanitarios conscientes del problema. Pero la regulación llega tarde, si es que llega. 20 La legislación no contempla explícitamente el rol de influencers médicos, lo que deja un vacío normativo peligroso. 28 La salud es algo demasiado serio para dejarla en manos de los influencers que proliferan por las redes sociales. Sin embargo, el sistema de salud convencional comparte parte de la responsabilidad. 26 El problema de la desinformación también radica en una crisis de confianza hacia el sistema de salud. La falta de tiempo en las consultas, la saturación de los hospitales y las desigualdades en la atención refuerzan la búsqueda de soluciones fuera del entorno médico.
¿De verdad esto mejora la salud de alguien?
Volvamos a la pregunta fundamental: ¿estos contenidos virales mejoran realmente la salud de la población? Un consejo sobre qué lado del cuerpo dormir, repetido por docenas de cuentas, ¿aporta valor sanitario real o es simplemente ruido que satisface al algoritmo?21 Especialistas en salud y nutrición advierten sobre el impacto de la desinformación médica difundida en internet, destacando que la promoción de dietas extremas representa un riesgo grave para la salud pública, incluyendo alteraciones metabólicas, déficits nutricionales y complicaciones cardiovasculares.
La paradoja es cruel: tenemos más acceso a información que nunca en la historia de la humanidad, pero 30la información en salud puede ser proporcionada por expertos sanitarios o por personas aficionadas que no aportan ninguna base científica a sus contenidos. Y son precisamente estos últimos quienes, frecuentemente, alcanzan mayor visibilidad y credibilidad entre audiencias jóvenes.
El charlatán está en el centro, pero ¿quién mira desde el fondo?
En los Caprichos de Goya hay un detalle que me obsesiona. El charlatán siempre está en el centro de la composición, llamativo, gesticulante, vendiendo su mercancía. Pero si observamos con atención, en el fondo de muchas de estas escenas hay alguien mirándolo con cara de pena, consciente del engaño pero impotente ante él.
¿Somos nosotros ese alguien? Los profesionales sanitarios que vemos cómo la medicina se convierte en entretenimiento, cómo el conocimiento se simplifica hasta la caricatura, cómo los códigos de descuento sustituyen a la evidencia científica. Contemplamos la escena con una mezcla de frustración, tristeza y, admitámoslo, una cierta impotencia.
Goya pintó a los charlatanes de su tiempo con la esperanza de que la razón prevaleciera. Su Capricho 43, «El sueño de la razón produce monstruos», es quizá su declaración más poderosa. Cuando abandonamos el pensamiento crítico, cuando preferimos el espectáculo a la verdad, cuando la plaza —o el algoritmo— dicta qué es válido y qué no, los monstruos emergen.
Los influencers médicos de hoy son los sacamuelas de ayer. Misma tarima, distinto escenario. Mismos brebajes milagrosos, distinto envase. Mismo público crédulo buscando soluciones rápidas a problemas complejos. Y, lamentablemente, el mismo fracaso del sistema oficial para ofrecer una alternativa convincente, accesible y humana.
La diferencia es que ahora el charlatán no necesita subirse a una tarima en la plaza. Le basta con encender un ring light, mirar a cámara con confianza y prometer que tiene la solución que todos buscan. El algoritmo se encargará del resto. Y nosotros, como aquel personaje en el fondo de los Caprichos, seguiremos mirando con pena, preguntándonos si alguna vez aprenderemos la lección que Goya intentó enseñarnos hace más de dos siglos.
La pregunta persiste: ¿de verdad esto es lo mejor que podemos ofrecer a la población? ¿De verdad esto mejora la salud de alguien? O simplemente hemos cambiado la plaza del siglo XVIII por la plaza del algoritmo, donde el charlatán sigue siendo el protagonista y la razón, una vez más, duerme mientras los monstruos bailan.
Fuente: #LaTraumatologaGeek
Generado por Claude sonnet 4.5 search
