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La palabra consentimiento ha pasado en pocos años de los debates feministas y jurídicos al centro de la conversación pública. Ya no es solo una noción ética —el acuerdo libre entre personas—, sino también el eje sobre el que se articula la libertad sexual en la legislación española. Sin embargo, los datos de la última Encuesta Nacional de Salud Sexual muestran que la sociedad española todavía arrastra una brecha profunda entre lo que la ley dice, lo que muchas mujeres viven y lo que muchos hombres identifican como una conducta coercitiva.

La II Encuesta Nacional de Salud Sexual, publicada por el Ministerio de Sanidad y el CIS el 18 de junio de 2026, actualiza, 16 años después, la radiografía de los hábitos, actitudes y experiencias sexuales en España. El estudio se basa en 9.009 entrevistas representativas —4.615 hombres y 4.394 mujeres— y sitúa el consentimiento como uno de los grandes puntos críticos de la salud sexual contemporánea. El dato más contundente es este: el 28,1% de las mujeres afirma haberse visto forzada alguna vez a hacer algo que no quería en una relación sexual, frente al 12,8% de los hombres que declara haber vivido esa situación. Además, el 13,6% de los hombres admite haber tenido la sensación de obligar a su pareja en alguna ocasión. 1

La comparación no debe leerse como una equivalencia estadística perfecta: las mujeres que declaran haberse sentido forzadas no tienen por qué referirse necesariamente a hombres de la misma muestra, ni todas las situaciones se producen en relaciones heterosexuales. Pero la distancia entre ambos datos sí revela algo de enorme importancia social: muchas experiencias de presión, insistencia o sometimiento son reconocidas por quienes las sufren antes que por quienes las ejercen. En otras palabras, el daño se identifica antes desde el cuerpo que lo padece que desde quien lo provoca.

La encuesta ofrece otro indicador decisivo. El 54,3% de los hombres se muestra bastante o muy de acuerdo con la idea de que, si se acepta tener un encuentro sexual, “hay que llegar hasta el final si la otra persona quiere”. Entre las mujeres, ese porcentaje baja al 36,6%, mientras que el 60,5% de ellas se declara poco o nada de acuerdo. Esta diferencia no es menor: apunta a una concepción contractual y rígida del sexo, como si aceptar un inicio implicara renunciar a la posibilidad de parar. 1

Pero el consentimiento no funciona así. No es un documento firmado al comienzo de un encuentro, ni una autorización irrevocable, ni una deuda que se contrae por besar, desear o entrar en una habitación. Es una decisión libre, concreta, reversible y situada. Puede existir al principio y desaparecer después. Puede darse para una práctica y no para otra. Puede expresarse con palabras, gestos o actitudes claras, pero nunca debe presumirse del silencio, la incomodidad, la parálisis o el miedo.

La legislación española ya recoge esta idea. La Ley Orgánica 10/2022, de garantía integral de la libertad sexual, reformó el Código Penal para establecer que comete agresión sexual quien atente contra la libertad sexual de otra persona sin su consentimiento. Y precisa que solo hay consentimiento cuando se manifiesta libremente mediante actos que, atendidas las circunstancias, expresen de manera clara la voluntad de la persona. 2

Esta formulación no surge en el vacío. El Convenio de Estambul, ratificado por España, ya situaba el consentimiento en el centro de la violencia sexual: debe prestarse voluntariamente como manifestación del libre arbitrio de la persona, teniendo en cuenta el contexto. También exige que las normas se apliquen en relaciones de pareja actuales o pasadas, un punto esencial porque durante demasiado tiempo la violencia sexual dentro de la pareja fue minimizada o directamente invisibilizada. 3

Ahí está una de las claves de la encuesta: el problema no es solo penal, sino cultural. Que una mayoría social rechace formalmente la violación no significa que haya interiorizado todos los matices del consentimiento. Entre la agresión explícita y la relación plenamente libre existe una zona de prácticas normalizadas: insistir hasta vencer la resistencia, interpretar la duda como juego, presionar emocionalmente, enfadarse ante una negativa, asumir que la pareja “debe” sexo o considerar que detenerse a mitad de camino es una ofensa.

Los datos dialogan además con otros cambios de época. La encuesta detecta una fuerte brecha en el consumo de pornografía: el 71,9% de los hombres declara haber visto pornografía en el último año, frente al 24,9% de las mujeres; el consumo es más frecuente entre los 25 y 34 años, donde supera el 60%. El problema no es reducir toda conducta sexual masculina a la pornografía, sino reconocer que, cuando la educación afectivo-sexual llega tarde o llega mal, muchos imaginarios sobre deseo, poder, disponibilidad y cuerpo se aprenden en espacios diseñados para el consumo, no para la reciprocidad. 1

Por eso resulta relevante otro dato: el 91,1% de la población respalda que se imparta educación sexual en Primaria, ESO y FP. La propia encuesta señala que el ámbito educativo es la principal fuente de información sexual para los hombres, mientras que entre las mujeres sigue siendo la madre. Esa diferencia también importa: si el consentimiento se aprende de forma desigual, se practica de forma desigual. 1

La Organización Mundial de la Salud defiende que la educación sexual integral debe ofrecer información precisa y adaptada a la edad, e incluir relaciones, respeto, consentimiento, autonomía corporal, anticoncepción e infecciones de transmisión sexual. También señala que una educación sexual de calidad ayuda a desarrollar relaciones respetuosas y a reducir riesgos de violencia, explotación y abusos. 4

Hablar de consentimiento, por tanto, no es judicializar el deseo ni convertir cada relación en un trámite. Es exactamente lo contrario: liberar el deseo de la presión, del miedo, de la obligación y del guion impuesto. Una sexualidad libre no es la que “llega hasta el final”, sino la que puede detenerse sin castigo. No es la que consigue un sí por agotamiento, sino la que sabe escuchar un no a tiempo. No es la que presume disponibilidad, sino la que reconoce a la otra persona como sujeto de deseo y de decisión.

La encuesta muestra avances: mayor aceptación de la diversidad sexual, más apoyo a la educación sexual y más lenguaje social para nombrar experiencias antes silenciadas. Pero también revela una herida persistente. Si casi una de cada tres mujeres ha sentido que cruzaban sus límites en una relación sexual, el consentimiento no puede seguir tratándose como una consigna aprendida, sino como una práctica cotidiana pendiente. La ley ya ha desplazado el centro desde la resistencia de la víctima hacia la libertad de la persona. Ahora falta que la cultura haga lo mismo.

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admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.