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«El que se hace fulero y ladrón, lo es hasta que muera», reza un viejo refrán que bien podría aplicarse a la derecha española, esa casta de privilegiados que, generación tras generación, ha confundido el bien común con su propio enriquecimiento. Para ellos, la miseria ajena no es un problema, sino un negocio; la pobreza, un instrumento de control; y la justicia social, una amenaza a sus prebendas. Porque, ¿cómo renunciar a lo que se considera propio cuando se ha nacido con el derecho divino de explotar? ¿Cómo compartir la riqueza cuando se cree que el mundo fue creado para que unos pocos se hartaran mientras los demás se conformaban con migajas?
La historia de España está repleta de ejemplos que demuestran esta lógica perversa. Y uno de los más reveladores —y menos conocidos— es el testimonio de Constancia de la Mora, nieta del político conservador Antonio Maura, quien en su libro «Doble esplendor» (1939) desnuda los mecanismos de la derecha para perpetuar su poder: la compra de votos, el clientelismo y la manipulación de los más vulnerables.
La CEDA y el arte de repartir miseria para quedarse con la riqueza
En los años previos a la Guerra Civil, la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), liderada por José María Gil-Robles, se convirtió en el brazo político de la oligarquía terrateniente, la Iglesia y los grandes empresarios. Su estrategia electoral no se basaba en propuestas, sino en el trueque de la dignidad humana por migajas.
Como relata Constancia de la Mora, las damas de la CEDA recorrían los barrios obreros y las aldeas más pobres repartiendo colchones, mantas e incluso dinero a cambio de votos. Pero no se trataba de caridad, sino de chantaje disfrazado de ayuda. Las «generosas» señoritas de la derecha ofrecían entre diez y cincuenta pesetas a los votantes más necesitados, sabiendo que, para muchos, era la diferencia entre comer o no ese día.
Pero el cinismo no tenía límites. Las mismas mujeres que repartían limosnas vigilaban que los votos fueran para sus candidatos. Y aquí viene lo más grotesco: las empleadas domésticas, consideradas «ignorantes» por sus patronas, eran las que mejor sabían burlar el sistema. Como cuenta De la Mora, su doncella granadina aceptó las 25 pesetas de una señora de la CEDA, pero en el momento de votar, escondió en su mano las papeletas del Frente Popular y las depositó en la urna. Once sirvientas hicieron lo mismo en su barrio, demostrando que, incluso en la sumisión, los oprimidos podían encontrar grietas para resistir.
La Iglesia como cómplice: del infierno a la miseria material
Si la CEDA usaba el hambre como moneda de cambio, la Iglesia católica completaba el círculo con el miedo. En las zonas rurales, los curas amenazaban con el fuego eterno a quienes votaran a las izquierdas. En las escuelas, los niños aprendían en el catecismo que votar por los «rojos» era un «pecado mortal». Y los terratenientes, por su parte, despedían a jornaleros que osaran apoyar a los candidatos del Frente Popular, condenándolos al hambre.
Era un sistema perfecto: la derecha controlaba el pan, el cielo y el infierno. Y si alguien se atrevía a rebelarse, la represión era inmediata. Como escribió el historiador Paul Preston, la oligarquía española prefirió la guerra civil antes que perder sus privilegios. Porque, para ellos, la democracia era un lujo, pero la miseria ajena era un derecho.
La usura como filosofía de vida
Lo más revelador de este sistema no es solo su crueldad, sino su hipocresía. La derecha española siempre se ha presentado como defensora del orden, la moral y la propiedad, pero su único orden es el de acumular riqueza a costa de los demás. Como señala Constancia de la Mora, culpan a los pobres de su propia miseria, justificando la explotación con discursos sobre el «esfuerzo individual» mientras ellos heredan fortunas, evaden impuestos y compran leyes a su medida.
Hoy, más de ochenta años después, nada ha cambiado. La derecha española sigue siendo maestra en repartir miseria para quedarse con la riqueza:
- Vox y el PP recortan ayudas sociales mientras regalan millones en rescates bancarios o bonificaciones fiscales a grandes empresas.
- Los medios afines (como El Mundo, La Razón o OKDiario) difunden bulos sobre los «vagos» y los «subvencionados», mientras los grandes patrimonios pagan menos impuestos que un trabajador.
- Los obispos siguen condenando el aborto y el matrimonio gay, pero callan ante la corrupción de sus correligionarios (como los casos Gürtel, Púnica o los ERE).
- Los terratenientes siguen acaparando tierras mientras los jornaleros andaluces malviven con 300 euros al mes.
Y lo peor es que se creen con derecho a todo. Como escribió Antonio Machado en uno de sus versos más certeros:
«Españoles, os han engañado:
la patria no es la bandera,
ni el himno, ni el escudo,
ni el rey, ni el altar.
La patria es el pan, el techo,
la escuela, el hospital.»
Pero para la derecha española, la patria es su cuenta bancaria, sus fincas y sus prebendas. Y si hay que comprar votos, mentir, chantajear o incluso asesinar para mantener ese status quo, lo harán sin remordimientos.
La lección de Constancia de la Mora: la resistencia de los «ignorantes»
Constancia de la Mora no era una revolucionaria. Era una mujer de su clase, educada en la élite conservadora, pero su testimonio es un grito contra la hipocresía de su entorno. Ella vio cómo su propia familia, los Maura, se enriquecían a costa del sufrimiento ajeno, y cómo la derecha manipulaba hasta a los más humildes.
Su libro, «Doble esplendor», es una denuncia sin concesiones de un sistema que reparte colchones para quedarse con las fábricas, las tierras y el poder. Y su mensaje es claro: la derecha no cambiará nunca, porque su naturaleza es la usura, el engaño y la codicia.
Hoy, cuando la derecha española vuelve a hablar de «libertad», «patria» y «orden», conviene recordar que su orden siempre ha sido el de la desigualdad. Que su libertad siempre ha sido la de unos pocos para explotar a los demás. Y que su patria no es España, sino su propio bolsillo.
Por eso, mientras la derecha siga creyendo que todos son de su condición, la miseria y la pobreza seguirán siendo su negocio. Y mientras los «ignorantes» —los obreros, los jornaleros, los mileuristas— no se rebelen, ellos seguirán repartiendo miseria y quedándose con la riqueza.
Porque, como dice el refrán: «El que se hace fulero y ladrón, lo es hasta que muera». Y la derecha española, desde Maura hasta Ayuso, pasando por Gil-Robles y Feijóo, lleva siglos demostrando que no piensa cambiar.
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