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En el monasterio burgalés de San Pedro de Cardeña, el psiquiatra del régimen franquista llevó a cabo experimentos pseudocientíficos con miles de prisioneros, buscando demostrar la existencia de un supuesto «gen rojo» que justificara la represión contra quienes osaban pensar diferente.


En el reverso de algunas fotografías custodiadas en los archivos de la Guerra Civil española puede leerse una inscripción que, por sí sola, condensa todo el odio ideológico del bando sublevado hacia quienes combatieron del lado de la República: «La hoz internacional ha volcado en la España roja sus mejores ejemplares de paranoicos y degenerados para luchar contra los españoles de la España Nacional». Se referían a los voluntarios de las Brigadas Internacionales, aquellos miles de hombres y mujeres que, provenientes de más de cincuenta países, cruzaron fronteras arriesgando la vida para combatir al fascismo en suelo español.

Muchos de aquellos extranjeros acabaron recluidos en el monasterio de San Pedro de Cardeña, un edificio religioso sito en Castrillo del Val, a escasos kilómetros de Burgos, que los sublevados reconvirtieron con notable celeridad en uno de los campos de concentración más emblemáticos del franquismo. En su momento de mayor ocupación, San Pedro de Cardeña llegó a albergar a más de 4000 prisioneros, tanto españoles como extranjeros, hacinados en condiciones que la propia maquinaria represiva franquista calificaba internamente de infrahumanas. Sin embargo, lo verdaderamente inédito y macabro de este lugar no fue solo el sufrimiento inherente a todo cautiverio, sino lo que un hombre transformó en política de Estado desde allí: el psiquiatra Antonio Vallejo-Nájera.

Del laboratorio nazi al monasterio castellano

Antonio Vallejo-Nájera Lobón (1889-1960) no fue un oscuro funcionario menor del aparato franquista. Fue, por el contrario, el psiquiatra militar de mayor rango e influencia del régimen, una figura que gozó de la absoluta confianza de Franco —quien en 1947 le concedería la Gran Cruz de la Orden Civil de Sanidad, distinción que el Gobierno español no revocaría hasta décadas después—. Su trayectoria profesional estuvo marcada por una formación en psiquiatría que incluyó estancias en Alemania, donde entró en contacto directo con las ideas eugenésicas y los postulados racistas que por entonces dominaban la ciencia médica germana.

Vallejo-Nájera no solo admiraba el modelo nazi: lo adaptó y lo llevó a la práctica con una sistematicidad escalofriante. Con la colaboración directa de la Gestapo, la policía secreta de la Alemania hitleriana, fundó y dirigió el Gabinete de Investigaciones Psicológicas, una institución creada específicamente para revestir de apariencia científica lo que no era otra cosa que una operación ideológica de deshumanización. Su objetivo central era demostrar, mediante la manipulación de datos y la tortura encubierta como experimento, la existencia de lo que él denominó un «gen rojo»: una supuesta anomalía biológica que explicaría por qué millones de personas abrazaban ideas de izquierda, sindicalismo, feminismo o antifascismo.

El «gen rojo» y la patologización de la disidencia

Entre 1938 y 1939, Vallejo-Nájera publicó una serie de estudios bajo el título Psiquismo del fanatismo marxista, en los que pretendía demostrar que las personas con ideología progresista padecían una «inferioridad mental» congénita. En su retorcida lógica, quienes luchaban por la igualdad social, el derecho al voto o la separación entre Iglesia y Estado no eran ciudadanos con convicciones políticas legítimas: eran «psicópatas antisociales», seres degenerados cuya enfermedad mental era tanto causa como consecuencia de su adhesión a la causa republicana.

San Pedro de Cardeña se convirtió en su laboratorio humano. Los prisioneros del campo —voluntarios internacionales, milicianos republicanos, sindicalistas, maestras, intelectuales— eran sometidos a exámenes pseudocientíficos que incluían pruebas de inteligencia manipuladas, mediciones craneométricas al más puro estilo frenológico decimonónico y toda suerte de observaciones clínicas diseñadas no para sanar, sino para confirmar una tesis previa: que el enemigo político era, en términos biológicos, un ser inferior.

La similitud con las prácticas del médico nazi Josef Mengele, el temido «Ángel de la Muerte» de Auschwitz, fue tan notoria que Vallejo-Nájera mereció de la historiografía el sobrenombre de «Mengele español». Y es que los paralelismos resultan estremecedores: ambos utilizaron campos de concentración como laboratorios, ambos disfrazaron la tortura de ciencia, ambos pretendieron fundamentar en la biología la superioridad de unos seres humanos sobre otros y ambos sirvieron a regímenes totalitarios que encontraban en la pseudociencia la justificación última de sus crímenes.

El infierno cotidiano de San Pedro de Cardeña

Más allá de los experimentos, las condiciones de vida en el campo constituían por sí mismas una forma de tortura sistemática. Un superviviente describiría la experiencia en el libro Prisoners of the Good Fight: The Spanish Civil War con una elocuencia desgarradora: el cautiverio estaba definido por «piojos, frío, hambre, sed, humillación, aculturación y castigo». El hacinamiento extremo y la insalubridad convirtieron el monasterio en un foco endémico de enfermedades que los propios carceleros agruparon bajo el eufemismo de «sanpedronitis».

El historiador Javier Rodrigo, en su obra Cautivos, desglosó el significado real de ese término: la dolencia más generalizada era la caída de dientes y el sangrado de encías, consecuencias directas de una alimentación deliberadamente deficiente, prácticamente carente de vitaminas. No se trataba de una epidemia inevitable, sino del resultado calculado de una política de hambre que, junto con el frío, la humillación y el castigo, buscaba quebrar física y psicológicamente a los prisioneros antes de que Vallejo-Nájera pasara a examinarlos y dictaminar su supuesta degeneración mental.

La herencia criminal del franquismo psiquiátrico

La obra de Vallejo-Nájera no se limitó a los muros de San Pedro de Cardeña. Sus teorías tuvieron consecuencias devastadoras que se prolongaron mucho más allá de la Guerra Civil. Fueron, por ejemplo, el fundamento ideológico del robo sistemático de niños y niñas nacidos en familias republicanas: miles de menores fueron arrancados de sus madres —muchas de ellas encarceladas— para ser entregados a familias afines al régimen con el objetivo de su «reeducación política y moral». Vallejo-Nájera sostenía que era necesario separar a esos niños de su entorno para evitar que el «gen rojo» se propagara de generación en generación.

Sus planteamientos sobre las mujeres resultan igualmente repugnantes. El psiquiatra franquista afirmaba sin ambages que las mujeres poseían «la inteligencia atrofiada» y que su única misión legítima era la procreación al servicio de la patria. Con ello, no hacía sino dotar de ropaje pseudocientífico a la política de reclusión doméstica que el franquismo impuso a las mujeres españolas durante décadas.

Tras la guerra, Vallejo-Nájera se consolidó como la figura central de la psiquiatría española durante los años cuarenta y cincuenta, ocupando cátedras, dirigiendo instituciones y formando a nuevas generaciones de psiquiatras en un país donde la disidencia seguía siendo delito y la ciencia, un instrumento más del poder.

Memoria y justicia

La historia de San Pedro de Cardeña y de Antonio Vallejo-Nájera constituye uno de los capítulos más oscuros —y durante mucho tiempo más silenciados— de la Guerra Civil española y la dictadura franquista. Recordar no es un ejercicio de revancha, sino de higiene democrática. Porque cuando la ciencia se pone al servicio del odio, cuando un psiquiatra decide que pensar diferente es estar enfermo, cuando un monasterio se convierte en un laboratorio de tortura, la sociedad entera tiene la obligación de mirar hacia atrás para no volver a permitir que semejantes atrocidades se repitan.

Los voluntarios internacionales que fueron encerrados, humillados y estudiados como cobayas en San Pedro de Cardeña no eran «paranoicos y degenerados». Eran personas que creyeron en la libertad y la dignidad humanas hasta el punto de cruzar el mundo para defenderlas. El verdadero delirio, la auténtica degeneración, residía en quienes sentaron cátedra desde el odio y vestían de bata blanca lo que no eran más que cadenas.


Fuentes consultadas: Rodrigo, Javier (2005), Cautivos: Campos de concentración en la España franquista; Vallejo-Nájera, Antonio (1938-1939), Psiquismo del fanatismo marxista; Richards, Michael (1998), «Cautivos: los campos de concentración en la España franquista, 1936-1947»; testimonios de supervivientes recogidos en Prisoners of the Good Fight: The Spanish Civil War.

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He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.