Getting your Trinity Audio player ready...

Este 4 de julio, Estados Unidos no celebró el 250 aniversario de su independencia. La aritmética histórica es implacable: la Declaración de Independencia fue firmada en 1776, lo que sitúa el cuarto de siglo y medio de la nación en el año 2026. Sin embargo, la confusión o la exageración intencionada no son detalles menores en el clima político actual; son síntomas de una época donde los hechos se moldean a conveniencia. Lo que sí se ha cumplido es otro aniversario, uno más sombrío: la transformación de la fiesta cívica por excelencia en un escenario de confrontación partidista y exaltación personal. Donald Trump, una vez más, ha logrado lo que parece ser su objetivo principal: apropiarse de la efemérides nacional, vaciarla de su significado colectivo y llenarla con su propia imagen, sus agravios y sus fantasmas.

La celebración, lejos de ser un homenaje a los padres fundadores o a los ideales de 1776, se convirtió en un acto casi dedicado a sí mismo. En un discurso cargado de retórica beligerante, el mandatario no dudó en agitar viejos fantasmas de la Guerra Fría, adaptándolos a la polarización moderna. «El comunismo es como un cáncer, hay que extirparlo», declaró Trump, utilizando una metáfora médica violenta para describir una ideología que, en la práctica política estadounidense contemporánea, sirve más como un comodín retórico para demonizar a la izquierda progresista que como una amenaza real y existente. Esta declaración no solo es históricamente anacrónica, sino que revela una visión del mundo donde el disenso político no es un adversario a debatir, sino una enfermedad a eliminar. Al equiparar a sus oponentes con un «cáncer», Trump deshumaniza el debate democrático y siembra la semilla de la justificación para la represión, alejándose de la protección de las libertades civiles que el 4 de julio debería conmemorar.

La apropiación de la fecha por parte de Trump no es un hecho aislado, sino la culminación de un proceso largo de fusión entre el patriotismo y el personalismo. Los fuegos artificiales, las banderas y los himnos, símbolos que deberían pertenecer a todos los ciudadanos, se han convertido en el telón de fondo de un mitin electoral permanente. En este guion, la independencia de Estados Unidos no se celebra como la liberación de una tiranía externa, sino como la defensa contra un enemigo interno imaginario, construido a base de mentiras sobre elecciones robadas y una supuesta infiltración marxista en las instituciones. Esta narrativa no solo distorsiona la historia, sino que envenena el presente, convirtiendo la celebración de la unidad nacional en un recordatorio de la división.

Mientras en los escenarios se exaltaba una visión maniquea de la patria, la realidad en las calles ofrecía un contrapunto brutal y sangriento. En Nueva York, lejos de los focos de los mítines políticos, se produjo un tiroteo durante los festejos del Día de la Independencia, dejando varios heridos. Este incidente no es una anomalía estadística, sino un reflejo trágico de la América real que los discursos de Trump ignoran o minimizan. Mientras el exmandatario hablaba de «extirpar cánceres» ideológicos, la violencia física, esa que deja cuerpos en el asfalto y familias destrozadas, seguía cobrando su tributo en las ciudades estadounidenses.

La ironía es desgarradora: se celebra la independencia de una nación fundada sobre la búsqueda de la vida, la libertad y la felicidad, en un contexto donde la violencia armada es una epidemia endémica y donde el discurso político incita al odio en lugar de a la reconciliación. El tiroteo en Nueva York es un recordatorio de que los verdaderos demonios que acechan a Estados Unidos no son espectros comunistas del pasado, sino problemas muy presentes y tangibles: la proliferación de armas, la desigualdad social, la crisis de salud mental y una polarización tóxica que convierte a los conciudadanos en enemigos.

Al apropiarse del 4 de julio, Trump no solo ha secuestrado una fecha del calendario; ha intentado secuestrar el significado mismo de la nación. Ha convertido un día para reflexionar sobre la democracia y el autogobierno en un espectáculo de lealtad personal. Su retórica sobre el «cáncer» del comunismo es un espejismo que distrae de los desafíos reales, ofreciendo soluciones simples a problemas complejos y fomentando una cultura de miedo en lugar de una de esperanza.

La verdadera independencia, la que soñaron los fundadores en 1776, requiere algo más que banderas y discursos grandilocuentes. Requiere la valentía de enfrentar las propias contradicciones, la humildad para reconocer los errores históricos y la voluntad de construir un futuro donde la libertad no sea un privilegio para unos pocos, sino una realidad para todos. Mientras la política se reduzca a la caza de brujas ideológicas y la celebración se confunda con la adulación, el espíritu del 4 de julio seguirá siendo una promesa incumplida, ahogada en el ruido de los mítines y, trágicamente, en el estruendo de los disparos en calles como las de Nueva York.

Este año, el 4 de julio no marcó un cuarto de milenio de libertad, sino la profundidad de una fractura. La tarea para el futuro no es extirpar cánceres imaginarios, sino sanar las heridas muy reales de una sociedad que ha olvidado que la verdadera fuerza de una nación no reside en la pureza ideológica de sus líderes, sino en la capacidad de su pueblo para convivir en la diferencia, resolver sus conflictos sin violencia y celebrar su independencia como un proyecto común, no como el trofeo de un solo hombre. Hasta que eso ocurra, los fuegos artificiales seguirán iluminando un cielo que, para muchos, sigue oscuro.

Generado por vierra


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.