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El 5 de julio, el calendario marca una fecha que debería ser de celebración colectiva, pero que, irremediablemente, se tiñe de una reflexión amarga. Tal día como hoy, en 1885, nacía en Casares Blas Infante, el hombre que no solo fue capaz de articular una identidad andaluza, sino de dotarla de un horizonte político, social y humano. Blas Infante no es solo el «Padre de la Patria Andaluza» por decreto o por estatuas de bronce en plazas de provincias; lo es porque fue quien primero comprendió que Andalucía no podía ser una simple colonia interior, un territorio de servicios y servidumbre, sino un pueblo con voz propia, con dignidad y con un proyecto de autogobierno al servicio de las mayorías.
Sin embargo, recordar a Blas Infante en la Andalucía de 2024 resulta un ejercicio de resistencia contra la amnesia inducida. Resulta inevitable sentir un profundo desasosiego al contrastar el ideario del notario de Casares con la actual realidad política de nuestra tierra. Mientras las instituciones celebran su nacimiento, en los pasillos de San Telmo se perpetra una de las mayores contradicciones de nuestra democracia moderna. Porque no se puede reivindicar al Blas Infante que soñó con una Andalucía libre y justa mientras se gobierna de la mano de quienes desprecian, abiertamente, la memoria democrática y cuestionan cada avance en derechos civiles y sociales.
La historia es tozuda y, a menudo, trágica. El franquismo, ese régimen cuyo legado algunos parecen querer blanquear hoy con la complicidad del silencio o el pacto político, no solo asesinó a Blas Infante en agosto de 1936; intentó borrarlo. Lo fusilaron en la carretera de Carmona porque su pensamiento era una amenaza directa a los cimientos de la estructura de poder que pretendían imponer. Infante representaba la modernidad frente al caciquismo, la educación pública frente al oscurantismo, la reforma agraria frente al latifundismo y el autogobierno frente al centralismo asfixiante. Los golpistas sabían lo que hacían: eliminando al hombre, creían poder decapitar al movimiento andalucista.
Durante décadas, el franquismo se encargó de enterrar su memoria bajo una losa de silencio. Intentaron convertir a Blas Infante en un fantasma, en un nombre prohibido. Pero se equivocaron. Durante décadas, miles de andaluces y andaluzas, en la clandestinidad primero y en la transición después, mantuvimos viva su llama. Lo hicimos porque recordar a Blas Infante nunca ha sido mirar al pasado por una simple nostalgia folclórica. Recordar a Infante es una hoja de ruta para el presente. Es entender qué Andalucía queremos construir: una tierra donde el código postal no determine las oportunidades de vida de un niño, donde la sanidad no se privatice por goteo y donde la memoria de los represaliados por el fascismo sea un pilar de nuestra ética pública, no un estorbo para los pactos de gobierno.
Y es aquí donde surge el choque frontal con la realidad actual. Asistimos, estupefactos, a una deriva política en Andalucía donde el presidente Moreno Bonilla, bajo la máscara de una moderación calculada, ha normalizado la entrada en la gobernabilidad de aquellos que desprecian lo que Infante encarnaba. Es una hipocresía insoportable ver a representantes públicos que se envuelven en la bandera blanca y verde —símbolo diseñado precisamente por Blas Infante—, mientras pactan presupuestos, leyes y políticas con quienes cuestionan la propia existencia de la autonomía andaluza, con quienes atacan la memoria democrática y con quienes tienen como objetivo central desmantelar los servicios públicos que el andalucismo histórico siempre defendió como herramienta de emancipación.
¿Cómo se puede defender Andalucía desde la derecha actual cuando sus socios de gobierno niegan la violencia de género, cuando estigmatizan a la población migrante que tanto aporta a nuestra economía, o cuando pretenden reescribir la historia eliminando de los planes educativos la verdad sobre lo que ocurrió en 1936? Blas Infante fue un humanista, un hombre comprometido con los jornaleros, con los desposeídos y con la justicia social. Su lucha estaba indisolublemente ligada a la igualdad. Hoy, la derecha andaluza, apoyada por la ultraderecha, fomenta una Andalucía de desigualdades, donde la brecha entre los barrios ricos y los barrios trabajadores se ensancha, y donde la educación pública sufre recortes mientras se fomenta la concertada. Es la antítesis absoluta del «ideal andaluz».
El andalucismo de Blas Infante no es una pieza de museo que se saca a pasear en los días señalados. Es un pensamiento vivo, revolucionario en su tiempo y necesario hoy. Blas Infante no quería una bandera para esconder la miseria; quería una bandera para proclamar la dignidad. La derecha cree que puede vaciar de contenido a los símbolos, que puede utilizar la identidad andaluza como un envoltorio vacío para perpetuarse en el poder mientras vende el patrimonio público y se arrodilla ante posturas negacionistas. Se equivocan.
La ciudadanía andaluza tiene una memoria larga y una capacidad de resistencia demostrada. No olvidamos quiénes fueron los que apretaron el gatillo en 1936, ni olvidamos quiénes son los que hoy, desde el poder, insultan la inteligencia de este pueblo al intentar compatibilizar la herencia de Infante con políticas que socavan los derechos que él mismo, a su manera, soñó conquistar. La defensa de Andalucía es incompatible con el pacto con quienes desprecian nuestra historia y nuestra identidad democrática.
Blas Infante no es pasado; es el espejo en el que debemos mirarnos para denunciar la farsa actual. Su vida fue un testimonio de coherencia y valentía. Su muerte fue el grito final de un hombre que se negó a someterse. Hoy, recordarlo es un acto político. Es reivindicar que Andalucía no está en venta, que nuestra memoria no se negocia y que nuestra dignidad no puede estar representada por quienes abrazan a los enemigos de nuestra libertad.
Que el aniversario de su nacimiento nos sirva de aldabonazo. No permitamos que conviertan a nuestro Padre de la Patria en un icono inofensivo. Blas Infante es mucho más que una bandera y un himno; es una llamada a la justicia, a la igualdad y a la libertad. Es, sobre todo, una interpelación directa a quienes, hoy, ocupan el poder en San Telmo y se atreven a invocar su nombre mientras traicionan su legado cada día. Blas Infante es memoria, es dignidad y es, hoy más que nunca, un faro para una Andalucía que se niega a ser gobernada por quienes desprecian sus raíces.
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