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Hay imágenes del siglo XX que deberían haber quedado confinadas a los archivos de la Historia como advertencia, no como manual de instrucciones. Una de ellas es la conversión del cuerpo de la mujer en fábrica de la patria. Para los fascismos europeos, el útero femenino no fue jamás un órgano privado: fue territorio político, espacio de intervención estatal donde se decidía el futuro de la comunidad nacional. Lo que entonces se llamó “batalla por los nacimientos” hoy regresa envuelto en eufemismos de “conciliación”, “apoyo a la familia” y “incentivos fiscales”. Pero la estructura subyacente permanece intacta: la mujer, reducida una vez más a su capacidad reproductiva, como pieza de una ingeniería social que asegura la continuidad de una nación imaginada.
La biopolítica fascista operó como una tecnología de poder para regular la vida desde su origen mismo. No se trataba únicamente de aumentar la natalidad, sino de inscribir la maternidad en un deber cívico superior. En la Italia de Mussolini, la mujer fue presentada públicamente como “soldado reproductivo”, una figura cuya entrega al parto multiplicaba la fuerza del régimen. Se instauraron premios a la maternidad, se penalizó el celibato y se exaltó la familia numerosa como celula madre del imperio. En el Tercer Reich, la lógica se radicalizó: no bastaba con nacer, había que nacer “bien”, es decir, dentro del cuerpo biológico considerado apto para la Volksgemeinschaft. La reproducción fue inscrita en una escala racial donde el útero ario se convirtió en recurso estratégico del Estado. En la España franquista, la política familiar combinó nacionalismo, catolicismo de Estado y retórica falangista para construir una moral reproductiva que subordinaba a la mujer al hogar y a la maternidad como deber patriótico. Lo decisivo no es solo la semejanza entre regímenes, sino la estructura común de su imaginario: todos ellos asociaron el declive demográfico con la decadencia política y moral, y utilizaron el miedo a la baja natalidad como argumento para intervenir sobre los cuerpos femeninos, integrados en una lógica estatal de producción demográfica.
Tras la Segunda Guerra Mundial, este discurso quedó durante décadas en el sótano ideológico de la extrema derecha. Sin embargo, la primera victoria electoral de Donald Trump reactivó una ansiedad demográfica que la ultraderecha global no tardó en convertir en bandera. El “gran reemplazo”, el pánico a la despoblación, la defensa de una “familia tradicional” amenazada por minorías y derechos civiles: todo ello conforma un corpus ideológico donde la mujer es reconvertida en reproductora biológica de la nación. Las nuevas políticas natalistas ya no necesitan, al menos en Europa occidental, la retórica explicitamente totalitaria de antaño. Utilizan repertorios más sutiles: incentivos económicos, prebendas fiscales, campañas emocionales que presentan la maternidad como servicio público, y un discurso victimista sobre la familia como institución “perseguida”. El peligro contemporáneo radica precisamente en esta sofisticación: la nueva biopolítica no solo persuade, sino que estructura incentivos con objetivos natalizantes camuflados bajo el soporte de políticas “familiares” o “de conciliación”.
Es en este contexto donde el Partido Popular español emerge no como una anomalía, sino como expresión paradigmática de esta deriva. Lejos de ser una mera adaptación táctica a la presencia de Vox en las instituciones, la agenda del PP en materia de familia y natalidad revela una profunda sintonía con ese imaginario reproductivista. En comunidades gobernadas por el PP, y muy especialmente donde ha sido necesario el apoyo de la ultraderecha para desalojar al PSOE, han proliferado las ayudas condicionadas a la maternidad, las deducciones fiscales por natalidad y los discursos que elevan la familia numerosa a modelo hegemónico de organización social. La mujer aparece, una vez más, como sujeto pasivo de una política demográfica que decide sobre su cuerpo desde la Administración: no se le pregunta qué modelo de vida desea, se le incentiva —o se le presiona— para que cumpla una función social predeterminada.
La operación ideológica es doble. Por un lado, se desplaza el foco del debate público: en lugar de hablar de violencia machista, de desigualdad salarial o de la crisis de los cuidados como responsabilidad social compartida, se habla de “natalidad”, como si el problema de España fuera que las mujeres no desean ser madres y no que la precariedad, la falta de derechos laborales y la ausencia de corresponsabilidad hacen inviable la maternidad libre. Por otro lado, se presenta cualquier política feminista —el acceso al aborto, la educación afectivo-sexual, las leyes trans— como un atentado contra la “familia” y, por extensión, contra la supervivencia nacional. En este sentido, el PP no solo reproduce una agenda conservadora: participa activamente de la resexualización política del cuerpo femenino, devolviendo el útero al ámbito de lo público y lo estatal.
La comparación con los fascismos históricos no es una licencia retórica: es un aviso historiográfico imprescindible. Cuando el franquismo convertía a la mujer en “reclusa de su destino biológico”, lo hacía porque entendía que la nación era un proyecto de largo alcance que necesitaba carne, mano de obra y fieles. Cuando el Partido Popular instrumentaliza hoy la natalidad como indicador de salud nacional, está reactivando esa misma matriz. La diferencia no es de naturaleza, sino de grado: ya no se necesitan leyes de peligrosidad social ni secciones femeninas que vigilen la moral, basta con diseñar un sistema de incentivos que haga de la maternidad la única salida económicamente racional para muchas mujeres, al tiempo que se desmantelan las políticas de igualdad que ofrecían alternativas.
Por eso es necesario nombrar las cosas por su nombre. Cuando la derecha española —con el PP a la cabeza— eleva la natalidad a objetivo de Estado, cuando asocia el futuro de España a la capacidad reproductiva de las mujeres, cuando utiliza el presupuesto para premiar un modelo de familia sobre otros, está reeditando la vieja biopolítica fascista. Lo hace con traje de gestor, con lenguaje de “libertad” y con la retórica del sentido común, pero el núcleo ideológico es el mismo: la mujer como matriz de la nación, como recurso demográfico, como útero al servicio de una comunidad imaginada que decide sobre su vida antes incluso de que ella misma la haya elegido.
El fascismo no siempre llega con botas y uniformes. A veces llega con cheques por nacimiento, con campañas publicitarias de bebés sonrientes y con la promesa de que, si la mujer vuelve al hogar, la patria se salvará. La Historia ya nos enseñó adónde conduce ese camino. Sería imperdonable no reconocerlo a tiempo.
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