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Durante más de una década, Boko Haram fue el rostro del terror en Nigeria. Sus atentados, secuestros masivos y ataques contra civiles y fuerzas de seguridad marcaron la memoria colectiva del país y convirtieron al noreste nigeriano en uno de los epicentros mundiales de la violencia yihadista. Sin embargo, el mapa del miedo ha cambiado. En distintos periodos recientes, varias bases de datos y centros de seguimiento de conflictos han mostrado que la violencia atribuida a milicias fulani, especialmente en la zona centro-norte y noroccidental del país, ha causado más muertes que Boko Haram.
La afirmación no significa que exista una sola organización plenamente estructurada llamada “milicia étnica fulani” con un mando único y una agenda homogénea. El término se usa, sobre todo, para describir a redes armadas vinculadas a pastores fulani, grupos de autodefensa, bandas criminales y combatientes que operan en contextos locales de disputa por tierras, ganado, rutas de pastoreo, secuestros y represalias comunitarias. Esa precisión importa: en Nigeria, la violencia “fulani” no es un fenómeno monolítico ni exclusivamente ideológico. Pero sí es, cada vez más, una de las fuentes más letales de inseguridad.
De la insurgencia yihadista al conflicto comunal armado
Boko Haram nació como un movimiento islamista radical con un objetivo político y religioso claro: rechazar el Estado nigeriano y su modelo de modernidad. Durante años, fue sinónimo de brutalidad sistemática. Sin embargo, la presión militar, la fragmentación interna y la aparición de su escisión, el Estado Islámico en África Occidental (ISWAP), alteraron su capacidad de dominar el escenario nacional con la intensidad de la década de 2010.
Mientras tanto, en otras regiones de Nigeria, especialmente en el cinturón central —estados como Plateau, Benue, Nasarawa, Kaduna y Taraba— y en partes del noroeste, se fue consolidando una violencia distinta. Pastores fulani y agricultores sedentarios entraron en conflicto por el acceso a la tierra y al agua, un problema agravado por la desertificación, el cambio climático, el crecimiento demográfico y la expansión de áreas agrícolas sobre corredores de pastoreo tradicionales. Lo que comenzó como una disputa por recursos se ha transformado, en muchos lugares, en ciclos de venganza, emboscadas, ataques a aldeas, robo de ganado y secuestros.
Diversos observatorios de conflicto, entre ellos ACLED y otros análisis citados por medios internacionales y centros de estudios, han señalado que las muertes vinculadas a estos grupos armados o milicias de pastores superaron en determinados años las causadas por Boko Haram. La diferencia no solo está en las cifras, sino también en la distribución geográfica: mientras Boko Haram concentró su violencia en el noreste, la amenaza fulani se extiende por una franja mucho más amplia del país, alcanzando comunidades rurales con escasa protección estatal.
¿Por qué la violencia fulani se ha expandido?
Hay varias razones que explican este auge.
1. Presión ambiental y disputa por recursos
La degradación del Sahel y el avance de la desertificación empujan a los pastores más al sur en busca de pastos y agua. Esto incrementa la fricción con agricultores que dependen de la tierra para sobrevivir. En un contexto de escasez, cualquier incidente puede escalar rápidamente.
2. Proliferación de armas y debilitamiento del monopolio estatal de la fuerza
La circulación de armas ligeras en Nigeria y en la región del Sahel ha facilitado que conflictos locales se conviertan en masacres. Muchas comunidades han dejado de confiar en la policía o el ejército para su protección y recurren a milicias de autodefensa, lo que alimenta espirales de violencia.
3. Criminalidad oportunista
No todos los ataques atribuidos a “milicianos fulani” responden a un conflicto étnico o pastoral. En varias zonas se trata de bandas criminales que secuestran por rescate, saquean aldeas o usan la identidad fulani como cobertura o etiqueta política. Esa mezcla de economía criminal, venganzas locales y conflicto comunitario complica cualquier respuesta.
4. Impunidad y respuestas tardías
La falta de investigaciones eficaces y de condenas consistentes fomenta la repetición de ataques. En muchos pueblos, las comunidades perciben que los agresores no pagan por sus crímenes. Esa percepción es combustible para nuevas represalias.
Boko Haram ya no monopoliza el terror
Que Boko Haram haya sido superado en letalidad no significa que haya desaparecido. La organización sigue siendo una amenaza importante, especialmente en el noreste. Pero su capacidad de generar el mayor número de muertes en todo el país se ha visto erosionada por la evolución del conflicto.
Además, Boko Haram es una insurgencia con una agenda ideológica reconocible. Sus víctimas, aunque mayoritariamente musulmanas en el norte, han sido atacadas en nombre de una visión extremista del Estado y la sociedad. La violencia asociada a los fulani, en cambio, se ha entrelazado con disputas identitarias, crimen organizado y conflictos por recursos. En términos de seguridad pública, eso la hace más difícil de predecir y contener. No hay una línea de frente clara, ni una capital insurgente obvia, ni una negociación fácil con un liderazgo único.
El resultado es un país con múltiples guerras superpuestas: una insurgencia yihadista en el noreste; violencia de bandas y secuestros en el noroeste; enfrentamientos pastoriles-agricultores en el centro; y, en algunos lugares, crisis de gobernanza local que convierten a aldeas enteras en espacios abandonados por el Estado.
El coste humano: desplazamiento, hambre y desconfianza
La consecuencia más visible es el sufrimiento civil. Miles de personas han sido desplazadas por ataques a aldeas, quema de viviendas y amenazas de nuevos asaltos. En algunas zonas, los agricultores no pueden sembrar por miedo a ser atacados en sus campos. Eso afecta la producción de alimentos, eleva los precios y agrava la inseguridad alimentaria.
La educación también se resiente. Escuelas cerradas, caminos inseguros y familias desplazadas condenan a muchos niños a perder cursos enteros. La economía rural se paraliza. Y, quizás lo más grave, se consolida un clima de desconfianza entre comunidades que antes compartían mercados, rutas y vínculos familiares.
La trampa de etnicizar toda una comunidad
Uno de los riesgos más serios de esta narrativa es convertir a todos los fulani en sospechosos. Los fulani son un grupo étnico amplio y diverso, presente en varios países de África occidental, con millones de personas que no tienen ninguna relación con la violencia. Mezclar identidad étnica con criminalidad armada puede alimentar estigmas, represalias indiscriminadas y nuevos reclutamientos.
Por eso, muchos analistas insisten en separar a la población pastoral fulani de las milicias, bandas y redes criminales que actúan bajo esa etiqueta. Nombrar correctamente el problema es el primer paso para resolverlo. No se trata de una guerra “de los fulani” contra el resto de Nigeria, sino de un entramado de conflictos rurales, debilidad institucional, armas y tierras mal gestionadas.
Qué necesita Nigeria
La respuesta no puede ser solo militar. Requiere inteligencia local, justicia efectiva, protección de comunidades vulnerables y políticas de mediación entre agricultores y pastores. También hace falta una gestión más clara de las rutas de pastoreo, de la tenencia de la tierra y de los mecanismos de resolución de disputas. Sin eso, cualquier victoria táctica será temporal.
Nigeria necesita distinguir entre insurgencia, crimen y conflicto comunal, porque cada uno exige herramientas distintas. Boko Haram fue —y sigue siendo— una amenaza gravísima. Pero el desplazamiento de la violencia letal hacia las milicias fulani demuestra que el problema de seguridad del país es más amplio que el yihadismo. Hoy, el terror en Nigeria ya no tiene un solo nombre.
En síntesis: la superación de Boko Haram por las milicias fulani en número de víctimas mortales no es solo un dato estadístico; es la señal de una crisis de seguridad más compleja, dispersa y profundamente ligada a la tierra, el clima, la desigualdad y la ausencia del Estado.
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