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La genética moderna ha transformado nuestra comprensión de la diversidad humana. Gracias a la secuenciación del ADN y al estudio de poblaciones de todo el mundo, hoy sabemos mucho más sobre los movimientos migratorios, los parentescos remotos y la adaptación de nuestra especie a distintos ambientes. Sin embargo, uno de los resultados más importantes —y a menudo malinterpretados— de esta investigación es que la genética no sostiene la existencia de “razas” humanas como categorías biológicas claras, separadas y homogéneas.

Esto no significa que todos los seres humanos seamos idénticos desde el punto de vista genético. Existen diferencias entre poblaciones y también rasgos heredables vinculados a determinados orígenes geográficos. Lo que la genética cuestiona es la idea de que la humanidad pueda dividirse en un pequeño número de grupos naturales, con fronteras nítidas y características genéticas exclusivas. Esa imagen, muy extendida durante siglos, no encaja con los datos científicos.

Una especie joven y profundamente mezclada

Los seres humanos modernos, Homo sapiens, somos una especie relativamente reciente. Nuestra historia comenzó en África hace unos 200.000 o 300.000 años, y las grandes migraciones fuera del continente africano ocurrieron hace apenas decenas de miles de años. En términos evolutivos, es poco tiempo para que se hayan formado linajes humanos tan separados como para constituir razas biológicas comparables a las que, en ocasiones, se describen en animales domésticos.

Además, la historia humana ha estado marcada por migraciones, intercambios, conquistas, mezclas y desplazamientos constantes. Las poblaciones no han vivido aisladas de manera absoluta: han intercambiado genes durante milenios. Por eso, la diversidad genética humana se distribuye de manera gradual y continua, no en compartimentos cerrados.

Un ejemplo clásico es el llamado patrón clinal. Muchas variantes genéticas cambian su frecuencia poco a poco a medida que se avanza por una región geográfica. No existe una línea precisa en la que una población “deje de ser” una cosa y pase a ser otra. Las fronteras políticas, culturales o raciales no suelen coincidir con fronteras genéticas.

La pigmentación de la piel ilustra bien este fenómeno. El color de piel está relacionado, entre otros factores, con la adaptación a la radiación ultravioleta: en zonas con alta exposición solar, la selección natural favoreció en muchos grupos una mayor producción de melanina; en regiones con menos luz solar, se favorecieron tonalidades más claras que facilitan la síntesis de vitamina D. Pero el color de la piel es solo uno de muchos rasgos, y no resume el conjunto de la ascendencia genética de una persona.

La mayor parte de la variación está dentro de los grupos

En 1972, el genetista Richard Lewontin publicó un análisis influyente sobre la variación humana. Su conclusión principal fue que la mayor parte de la diversidad genética se encuentra entre individuos de una misma población, y no entre los grupos tradicionalmente definidos como razas. Estudios posteriores, con herramientas mucho más potentes y grandes bases de datos genómicas, han confirmado la idea general: dos personas clasificadas socialmente dentro de la misma “raza” pueden ser genéticamente bastante diferentes entre sí.

Este punto es crucial. Las categorías raciales tradicionales —“blanco”, “negro”, “asiático”, “indígena” y otras— agrupan a millones de personas con historias muy diversas. “Africano”, por ejemplo, no describe una única población genética: África es el continente con mayor diversidad genética humana, porque allí se originó nuestra especie y porque sus poblaciones han tenido más tiempo para diferenciarse. Dos personas procedentes de regiones distintas de África pueden presentar más diferencias genéticas entre sí que una de ellas con una persona de Europa o Asia.

Algo parecido sucede con etiquetas como “asiático” o “latino”. La primera reúne poblaciones de Asia oriental, el subcontinente indio, Oriente Próximo, Siberia y el Sudeste Asiático, entre otras regiones, con historias demográficas muy diferentes. “Latino”, por su parte, es sobre todo una categoría cultural, lingüística y geopolítica: puede incluir ascendencias indígenas americanas, europeas, africanas, asiáticas o combinaciones de todas ellas.

Ascendencia no es lo mismo que raza

La genética sí permite estudiar la ascendencia. Analizando miles o millones de variantes del ADN, es posible estimar qué proporción del genoma de una persona se parece más a poblaciones de referencia de determinadas regiones. Las pruebas de genealogía genética comercial se basan precisamente en este principio.

Pero estas estimaciones no descubren una raza “verdadera” escondida en el ADN. Indican semejanzas estadísticas con grupos de referencia concretos. Sus resultados dependen de las poblaciones incluidas en la base de datos, de los métodos empleados y de cómo se definan las regiones geográficas. Por eso, los porcentajes de ascendencia pueden cambiar cuando una empresa actualiza su algoritmo o incorpora nuevas muestras.

Los estudios de estructura poblacional, como el conocido trabajo de Noah Rosenberg y sus colaboradores publicado en Science en 2002, muestran que es posible detectar agrupamientos genéticos relacionados con la geografía. Sin embargo, esos agrupamientos no deben confundirse con razas biológicas fijas. Dependen del número de poblaciones estudiadas y de las herramientas estadísticas utilizadas. Si se analizan más muestras intermedias o se cambia la escala geográfica, los límites aparentes se vuelven menos definidos.

En otras palabras: la genética puede reconstruir rutas migratorias y relaciones entre poblaciones, pero no proporciona una base objetiva para dividir a la humanidad en unas pocas razas naturales.

Consecuencias para la medicina

Este debate tiene consecuencias prácticas. En medicina, usar la raza como un atajo para estimar riesgos puede ser engañoso. Dos personas clasificadas dentro de la misma categoría racial pueden tener variantes genéticas, dietas, condiciones de vida y exposiciones ambientales muy distintas. A la inversa, personas de categorías raciales diferentes pueden compartir factores de riesgo relevantes.

Algunas enfermedades o variantes genéticas presentan mayor frecuencia en ciertas poblaciones debido a la historia evolutiva. La anemia falciforme, por ejemplo, se asocia con regiones donde la malaria ha sido históricamente frecuente, no exclusivamente con una supuesta raza “negra”. También hay variantes relacionadas con la intolerancia a la lactosa, con determinados metabolismos de fármacos o con enfermedades hereditarias que son más habituales en algunas comunidades concretas.

La clave está en hablar de ascendencia, historia familiar, lugar de origen y contexto social, en lugar de utilizar categorías raciales amplias. Una medicina de precisión rigurosa debe considerar el genoma individual, los antecedentes familiares y las condiciones ambientales y sociales de cada paciente.

Una construcción social con efectos reales

Decir que las razas humanas no tienen una base genética sólida no equivale a afirmar que el racismo no exista o que sus efectos sean imaginarios. La raza es una construcción social: una forma histórica de clasificar a las personas a partir de rasgos visibles, ascendencias percibidas y relaciones de poder. Aunque no sea una división biológica válida, tiene consecuencias reales en la vida de millones de personas, desde la discriminación cotidiana hasta las desigualdades en salud, educación, vivienda y empleo.

La genética puede ayudar a desmontar prejuicios, pero no sustituye al análisis histórico y social. Ningún grupo humano posee una superioridad genética global en inteligencia, moralidad, capacidad artística o valor humano. Las diferencias observadas entre sociedades responden a procesos históricos, económicos, culturales y políticos mucho más complejos que cualquier simplificación basada en el ADN.

La lección central de la genética contemporánea es clara: la humanidad comparte un origen común y una enorme proporción de su material genético. Somos una especie diversa, sí, pero esa diversidad no se organiza en razas biológicas separadas. Hablar con precisión de poblaciones, ascendencias y trayectorias históricas permite comprender mejor nuestra variedad sin convertirla en una jerarquía.

Fuentes consultables

  • Cultura Científica, “Genes y gentes: por qué la genética no avala el concepto de razas en nuestra especie”.
  • Lewontin, R. C. (1972), “The Apportionment of Human Diversity”, Evolutionary Biology.
  • Rosenberg, N. A. et al. (2002), “Genetic Structure of Human Populations”, Science.
  • The 1000 Genomes Project Consortium (2015), “A Global Reference for Human Genetic Variation”, Nature.
  • American Association of Biological Anthropologists (2019), declaración sobre raza y racismo.
  • National Human Genome Research Institute, recursos divulgativos sobre raza, ascendencia y genética.
  • National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine (2023), Using Population Descriptors in Genetics and Genomics Research.

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admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.