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La reconocida antropóloga forense ofrece en su nuevo libro, An Expert Witness, un retrato crudo y revelador de cómo funciona realmente la justicia criminal en el Reino Unido
Hay libros que informan, otros que entretienen y unos pocos que sacuden los cimientos de lo que creemos saber. An Expert Witness, la obra más reciente de la eminente antropóloga forense Sue Black, pertenece sin duda a esta última categoría. Recomendado por la prestigiosa revista New Scientist y reseñado por la periodista científica Linda Geddes, el libro ha sido descrito como una inmersión profunda e inquietante en el mundo de la ciencia forense y, sobre todo, en las entrañas del sistema de justicia penal británico, un sistema que muchos dan por sentado pero que pocos comprenden en toda su complejidad.
¿Quién es Sue Black?
Para quienes no estén familiarizados con su nombre, Dame Sue Black es una de las científicas forenses más respetadas del mundo. Catedrática de anatomía y antropología forense, ha dedicado décadas de su carrera a identificar restos humanos, colaborar con fuerzas policiales y prestar testimonio como perito en innumerables juicios. Su trabajo en la identificación de víctimas de crímenes de guerra en Kosovo a finales de los años noventa le otorgó reconocimiento internacional, y desde entonces su labor no ha dejado de expandirse. También es conocida por su investigación pionera en la identificación de delincuentes a partir de imágenes de manos —una técnica que ha resultado decisiva en casos de abuso sexual infantil—, así como por sus libros anteriores, entre los que destaca All That Remains, una meditación sobre la muerte que se convirtió en un éxito editorial en el Reino Unido.
Sin embargo, An Expert Witness no es simplemente una continuación de sus obras previas. Es, según describe Geddes en su reseña para New Scientist, algo más personal, más incómodo y, en última instancia, más necesario.
Un sistema bajo la lupa
Lo que distingue a este libro de otros textos sobre ciencia forense es que no se limita a explicar técnicas o a narrar casos espectaculares. Black va mucho más allá: ofrece una visión candorosa y a menudo perturbadora de cómo funciona realmente el sistema de justicia penal. Desde la recogida de pruebas en la escena del crimen hasta el momento en que un perito se sienta en el estrado, el lector descubre un proceso plagado de imperfecciones humanas, presiones institucionales y, en ocasiones, malentendidos profundos sobre lo que la ciencia puede y no puede demostrar.
Black relata con franqueza las tensiones que se producen entre los científicos y los abogados, entre la precisión del laboratorio y la retórica del tribunal. En el sistema adversarial británico —compartido en sus líneas generales con otros países de tradición anglosajona—, los peritos forenses no son árbitros neutrales de la verdad, sino testigos convocados por una de las partes. Esto significa que sus conclusiones pueden ser cuestionadas, tergiversadas o sacadas de contexto con el fin de favorecer una narrativa jurídica determinada. La ciencia, en ese escenario, se convierte en una herramienta al servicio de la argumentación, y no siempre se le permite hablar con la claridad que merece.
La realidad detrás de las series de televisión
Uno de los grandes méritos de An Expert Witness es desmontar la imagen glamurosa que las series de televisión y las películas han construido en torno a la ciencia forense. Programas como CSI o Silent Witness han popularizado la idea de que la evidencia forense es infalible, que un solo cabello o una huella parcial pueden resolver un caso en cuestión de horas. La realidad, como expone Black, es radicalmente distinta. Los análisis llevan tiempo, los resultados son a menudo ambiguos, los presupuestos son limitados y los errores —humanos e institucionales— ocurren con más frecuencia de la que el público imagina.
Esta brecha entre la percepción pública y la realidad tiene consecuencias graves. Los jurados, influidos por lo que han visto en pantalla, pueden esperar pruebas contundentes donde solo hay indicios probabilísticos. Los fiscales pueden presionar para obtener conclusiones más categóricas de las que la ciencia permite. Y los propios peritos, conscientes de que el resultado de un juicio puede depender de sus palabras, cargan con una responsabilidad moral enorme.
Lo personal y lo profesional
Geddes destaca en su reseña que una de las fortalezas del libro reside en la honestidad con la que Black aborda el peaje emocional de su trabajo. Trabajar con restos humanos, enfrentarse a crímenes violentos, observar de cerca el sufrimiento de las víctimas y sus familias: todo ello deja una huella que ninguna formación académica puede preparar del todo. Black no se presenta como una heroína invulnerable, sino como una profesional comprometida que ha aprendido a convivir con la incomodidad, la duda y, en ocasiones, la frustración de un sistema que no siempre está a la altura de lo que promete.
Este enfoque humano confiere al libro una dimensión que trasciende lo puramente técnico. No se trata solo de entender cómo se analiza un hueso o cómo se determina la causa de una muerte; se trata de comprender qué significa buscar la verdad en un contexto donde la verdad es, con frecuencia, un concepto disputado.
Implicaciones más allá del Reino Unido
Aunque el libro se centra en el sistema judicial británico, las cuestiones que plantea tienen una resonancia universal. En España, en Latinoamérica y en cualquier país con un sistema de justicia penal, la relación entre ciencia y derecho está sujeta a tensiones similares. ¿Cómo garantizar que las pruebas forenses se presenten de forma rigurosa y comprensible? ¿Cómo proteger a los peritos de presiones indebidas? ¿Cómo educar a jueces, jurados y abogados para que comprendan los límites de la evidencia científica? Estas son preguntas que ninguna sociedad democrática puede permitirse ignorar.
En los últimos años, diversos escándalos han puesto de manifiesto los riesgos de una ciencia forense mal aplicada: condenas erróneas basadas en pruebas deficientes, técnicas forenses que carecían de validación científica sólida, laboratorios con protocolos insuficientes. El libro de Black, sin caer en el sensacionalismo, obliga al lector a confrontar estas realidades y a exigir estándares más altos.
Una lectura necesaria
An Expert Witness no es un libro cómodo. No pretende serlo. Es una obra que incomoda precisamente porque ilumina zonas oscuras de un sistema del que dependen la libertad y la vida de las personas. Sue Black, con la autoridad que le confieren décadas de experiencia y una trayectoria irreprochable, ofrece un testimonio que es a partes iguales manual profesional, reflexión ética y llamada de atención.
La recomendación de New Scientist, respaldada por la cuidadosa reseña de Linda Geddes, no hace sino confirmar lo que muchos lectores ya intuían: que la ciencia forense, lejos de ser una disciplina aséptica y objetiva, está profundamente imbricada en las imperfecciones del mundo real. Y que comprenderla —con todas sus luces y sombras— es un acto de responsabilidad cívica.
En tiempos en los que la confianza en las instituciones se erosiona y la desinformación prolifera, libros como este resultan no solo recomendables, sino imprescindibles.
Generado por Claude opus 4.6 thinking
