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Cuando se relata la historia de la Guerra Civil española y la posterior dictadura franquista, la memoria colectiva suele evocar las trincheras, los fusilamientos en las tapias de los cementerios, las fosas comunes y las largas condenas en prisiones lúgubres. Sin embargo, existe un capítulo de la represión, deliberadamente silenciado e invisibilizado durante décadas, que tuvo como objetivo exclusivo los cuerpos y las mentes de las mujeres. Nos referimos al rapado forzoso, una práctica que, lejos de ser un mero «castigo menor» o una anécdota de retaguardia, constituyó una forma brutal de violencia sexual, tortura psicológica y humillación pública.

El objetivo de esta maquinaria represiva no eran las grandes lideresas políticas, que solían correr el destino del exilio o el pelotón de fusilamiento. Las víctimas de esta barbarie fueron, en su inmensa mayoría, mujeres de extracción humilde, pobres y de entornos rurales. Muchas de ellas ni siquiera tenían vinculación política con el bando republicano ni afiliación sindical alguna. Su «delito» podía ser simplemente ser la hermana, la madre o la esposa de un republicano, haber rechazado las insinuaciones sexuales de un cacique local, o sencillamente pertenecer a la clase trabajadora que los golpistas querían someter mediante el terror.

El ritual del escarnio: más allá de unas tijeras

Reducir el rapado a la simple pérdida del cabello es no comprender la dimensión del crimen. Para el nacionalcatolicismo, el pelo de la mujer era un símbolo fundamental de su feminidad, su pudor y su identidad. Arrebatárselo en la plaza del pueblo era una forma de deshumanización, un intento de extirparles su condición de mujeres frente a sus vecinos. Pero el corte de pelo era apenas el preludio de un calvario diseñado para aniquilar la dignidad.

El ritual, ejecutado por falangistas y autoridades locales, seguía un patrón macabro. Tras raparlas —a menudo dejando un solo mechón del que ataban un lazo con los colores de la bandera monárquica—, se las sometía a la ingesta forzada de aceite de ricino. Este potente laxante natural provocaba severos espasmos estomacales y una diarrea incontrolable. En esas condiciones, con los intestinos cediendo y manchando sus ropas, las mujeres eran obligadas a desfilar por las calles principales de sus pueblos.

Estos «paseos» estaban lejos de ser clandestinos; eran fiestas del bando vencedor. A menudo, las mujeres eran acompañadas por la banda de música municipal que tocaba marchas festivas, mientras ellas portaban pesados carteles colgados al cuello con insultos denigrantes. El más común, y el que revelaba la verdadera naturaleza misógina de la represión, era «Pelada por puta», aunque también se usaban otros como «Roja» o «Por la boca muere el pez».

Violencia sexual y la complicidad de la comunidad

Este ensañamiento no se detenía en la humillación escatológica y visual. La etiqueta de «puta» no era casual; funcionaba como una luz verde para la agresión física. Documentaciones y testimonios orales recogidos en las últimas décadas han confirmado que los rapados iban frecuentemente acompañados de abusos sexuales y violaciones múltiples en los cuartelillos, en los montes o en los mismos ayuntamientos. El cuerpo de la mujer derrotada era considerado un «botín de guerra» para los falangistas y guardias civiles.

El terrorismo de Estado franquista buscaba también la destrucción del tejido social y familiar. Por ello, la exhibición forzada requería de público. Los familiares de las víctimas —padres, esposos y, lo que es más desgarrador, hijos pequeños— eran obligados a presenciar el escarnio a punta de fusil. Ver a una madre o a una esposa rapada, defecándose encima, llorando y siendo insultada por el vecindario, generaba un trauma intergeneracional imposible de borrar.

La comunidad, por miedo, fanatismo o simple instinto de supervivencia, participaba activamente en la burla. Los vecinos que hasta hacía unos meses compartían el pan con ellas, ahora reían, aplaudían o apartaban la mirada. El franquismo logró así manchar de complicidad a toda la sociedad, convirtiendo a los pueblos en cárceles a cielo abierto donde el estigma se respiraba en cada esquina.

Vivir con el verdugo: la condena perpetua

Si el paseo de las «peladas» duraba unas horas, la verdadera condena duró toda la vida. A diferencia de quienes fueron encarcelados o asesinados, estas mujeres tuvieron que seguir existiendo en el mismo escenario de su tortura. No había escapatoria para la mujer rural y pobre.

El final de la Guerra Civil no trajo la paz para ellas, sino la consolidación de la impunidad. Tuvieron que convivir puerta con puerta con sus agresores. Iban a comprar el pan, al lavadero o a la iglesia, cruzándose a diario con el falangista que les había cortado el pelo o con el vecino que las había violado en el calabozo. Ahora esos hombres eran los alcaldes, los jefes de policía o los hombres de negocios respetables del nuevo régimen.

Y en el más atroz de los escenarios, muchas de estas mujeres tuvieron que parir y criar en la más absoluta miseria a los hijos fruto de aquellas violaciones. Hijos que crecían en un entorno que despreciaba a sus madres, obligadas a guardar un silencio sepulcral para protegerse de nuevas represalias. Las víctimas fueron culpabilizadas por su propio sufrimiento, forzadas a esconder la cabeza bajo pañuelos oscuros hasta que el pelo volviera a crecer, aunque la herida psicológica no cicatrizara jamás.

Memoria contra el olvido

El rapado y la humillación pública de mujeres bajo el franquismo fue, en definitiva, un crimen de género y de clase. Fue una estrategia de biopolítica pura: castigar los cuerpos femeninos para aterrorizar a toda la disidencia y cimentar las bases del patriarcado autoritario que regiría España durante cuarenta años.

Hoy, la historia crítica tiene el deber de rescatar a las «peladas» del margen al que fueron relegadas. Su sufrimiento no fue un daño colateral de la guerra, sino un pilar fundamental del terror fascista. Reconocer que estas prácticas constituyeron violencia sexual y tortura es el primer paso para devolverles la dignidad que un día, entre risas crueles y marchas militares, les intentaron arrebatar.

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admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.