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Entre la sospecha ciudadana, los intereses económicos y la realidad del monte español

Cada verano, cuando las llamas devoran miles de hectáreas de bosque en España, resurge con fuerza una pregunta que lleva décadas instalada en el imaginario colectivo: ¿hay alguien que se beneficia de que el monte arda? La respuesta, lejos de ser sencilla, obliga a navegar por un territorio complejo en el que se mezclan intereses económicos, deficiencias estructurales, especulación urbanística, corrupción puntual y, sobre todo, una profunda crisis en el modelo de gestión forestal que el país arrastra desde hace décadas.

El mito y la realidad

Es habitual escuchar, especialmente en las redes sociales tras cada gran incendio, que «alguien quema el monte para construir encima» o que «los bomberos forestales provocan incendios para tener trabajo». Estas narrativas, aunque comprensibles desde la frustración ciudadana, son en su mayoría exageradas o directamente falsas. Sin embargo, sería igualmente irresponsable descartarlas por completo sin analizar qué hay de cierto en ellas.

La realidad es que los incendios forestales en España tienen causas múltiples y bien documentadas. Según los datos del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, más del 50% de los incendios con causa conocida son intencionados. De ese porcentaje, la mayoría responde a conflictos vecinales, quemas agrícolas descontroladas, negligencias y, en una proporción mucho menor, a motivaciones económicas directas. Es decir, el fuego intencionado existe, pero su origen es diverso y raramente responde a grandes conspiraciones organizadas.

Los intereses que sí existen

Dicho esto, sería ingenuo ignorar que determinados sectores económicos pueden beneficiarse, directa o indirectamente, de los incendios forestales. El más señalado históricamente ha sido el sector maderero. Cuando un monte arde, la madera quemada debe retirarse con rapidez para evitar plagas y la proliferación de insectos xilófagos. Esta madera chamuscada se vende a precios muy bajos, lo que beneficia a las empresas del sector. En algunas zonas de Galicia, comunidad que concentra gran parte de los incendios españoles, esta dinámica ha sido denunciada repetidamente por ecologistas y vecinos.

Galicia merece capítulo aparte. La comunidad gallega es la región de España más castigada por el fuego, y también aquella donde el modelo forestal presenta contradicciones más evidentes. La extensión masiva del eucalipto, un árbol altamente inflamable pero también muy rentable para la industria papelera y maderera, ha sido señalada como uno de los factores que facilitan la propagación de los incendios. Organizaciones ecologistas como Greenpeace o WWF llevan años reclamando una reconversión del monte gallego, mientras que los propietarios forestales y la industria se resisten a cambios que afectarían su modelo de negocio.

La especulación urbanística: un factor real pero matizado

Otro argumento recurrente es el de la especulación inmobiliaria. La ley española prohíbe, en teoría, recalificar terreno forestal quemado para construir sobre él durante al menos 30 años. Sin embargo, en el pasado esta norma fue vulnerada en algunos municipios, especialmente durante el boom inmobiliario de los años 90 y 2000. Casos documentados en Comunitat Valenciana, Andalucía o Canarias demostraron que ciertos incendios precedieron a recalificaciones sospechosas, lo que alimentó la desconfianza ciudadana.

Hoy, las leyes son más estrictas y la vigilancia mayor, pero la sospecha persiste. Y aunque los casos de recalificación fraudulenta tras incendios son estadísticamente minoritarios, su existencia ha sido suficiente para consolidar la narrativa de que «detrás del fuego hay dinero».

La crisis del modelo forestal

Más allá de los intereses espurios, los expertos señalan que el verdadero problema de fondo es estructural: España tiene un modelo forestal profundamente desequilibrado. El abandono rural masivo de las últimas décadas ha dejado el monte sin gestión, acumulando una enorme cantidad de biomasa inflamable. Un bosque bien gestionado, con cortafuegos, limpiezas periódicas y diversidad de especies, es mucho más resistente al fuego. Pero esa gestión cuesta dinero y requiere mano de obra.

Paradójicamente, la falta de inversión en prevención genera una mayor necesidad de gasto en extinción. España destina cantidades muy superiores a apagar incendios que a prevenirlos, lo que algunos analistas denominan «el negocio de la extinción»: una industria de medios aéreos, brigadas y tecnología que se activa cada verano. No se trata necesariamente de un negocio corrupto, pero sí de un sistema que prioriza el espectáculo de la lucha contra el fuego sobre el discreto y costoso trabajo de evitarlo.

El papel del cambio climático

A todo esto hay que añadir la variable climática. El cambio climático está alargando la temporada de riesgo de incendios, aumentando las temperaturas y reduciendo las precipitaciones en las épocas más críticas. Los grandes incendios forestales de nueva generación, los llamados «incendios de sexta generación», se comportan de forma diferente a los del pasado: son más rápidos, más intensos y mucho más difíciles de controlar con los medios tradicionales. En este contexto, hablar solo de intereses económicos como causa de los incendios es reduccionista y peligroso, porque desvía la atención de los cambios urgentes que requieren tanto la política forestal como la climática.

Conclusión: ni conspiración ni inocencia

La respuesta a si los incendios forestales son un negocio en España es, por tanto, matizada: no existe una gran conspiración organizada para quemar el monte con fines lucrativos, pero sí hay intereses económicos, deficiencias legislativas históricas, un modelo forestal obsoleto y dinámicas perversas que, en conjunto, contribuyen a que el fuego sea, para algunos actores, más conveniente que el bosque en pie.

Entender esta complejidad es el primer paso para exigir políticas públicas serias: más inversión en prevención, una regulación más estricta de las especies forestales en función del riesgo de incendio, una vigilancia efectiva del cumplimiento de la ley y, sobre todo, un debate social honesto sobre qué tipo de monte queremos y quién debe pagar por cuidarlo. Mientras el bosque siga siendo tierra de nadie, seguirá siendo tierra de todos los veranos.

Generado por Claude sonnet 4.6


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.