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Varios ministros del Gobierno francés han reaccionado con dureza a las palabras del expresidente conservador Mariano Rajoy sobre la selección francesa de fútbol, incluidas en su última “crónica” deportiva. Las expresiones utilizadas por el exmandatario, interpretadas en Francia como un ataque racista contra los jugadores del equipo nacional por su origen familiar o su color de piel, han provocado una oleada de condenas políticas y peticiones de que se estudien posibles acciones legales.

“Absolutamente inaceptables”, “insoportables” u “odio metódico y banalizado” son algunos de los calificativos empleados por miembros del Ejecutivo francés para responder a unas declaraciones que han reabierto un debate recurrente: el uso del deporte, y en particular del fútbol, como terreno para disputar batallas identitarias en torno a la nacionalidad, la inmigración y la pertenencia.

La selección francesa, una de las más exitosas del mundo en las últimas décadas, ha sido también uno de los símbolos más visibles de la diversidad del país. Desde el equipo campeón del Mundial de 1998, popularmente descrito como la Francia “black-blanc-beur” —negra, blanca y magrebí—, hasta la generación que conquistó el Mundial de 2018, el combinado nacional ha encarnado una idea de ciudadanía en la que la identidad francesa no depende del origen étnico, sino de la pertenencia común a la República.

Sin embargo, esa misma diversidad ha sido utilizada en numerosas ocasiones por sectores de la derecha radical y por discursos nacionalistas para cuestionar la “francesidad” de sus propios jugadores. Cada torneo internacional suele reactivar comentarios que presentan a futbolistas nacidos o formados en Francia como si fueran extranjeros, solo por tener padres o abuelos procedentes de África, el Caribe o el Magreb. En ese contexto se inscriben las críticas francesas a Rajoy: no se interpretan como un simple comentario desafortunado, sino como parte de una retórica conocida que racializa a los jugadores y niega simbólicamente su pertenencia nacional.

La reacción del Gobierno francés ha sido especialmente contundente porque afecta a un elemento de alta sensibilidad política y social. La selección no es únicamente un equipo deportivo; representa oficialmente al país. Cuando se ataca a sus jugadores por su origen, el mensaje no se limita al fútbol: alcanza a millones de ciudadanos franceses que comparten trayectorias familiares similares y que pueden sentirse señalados como ciudadanos de segunda.

Varios ministros han insistido en que normalizar ese tipo de expresiones contribuye a alimentar el racismo cotidiano. De ahí el uso de términos como “banalizado”: la preocupación no es solo el contenido concreto de la crónica, sino la facilidad con la que comentarios de este tipo circulan bajo apariencia de opinión, ironía o análisis deportivo. El fútbol, por su enorme audiencia, amplifica esos mensajes y los convierte en materia de conversación pública inmediata.

Las peticiones de acciones legales se apoyan en la legislación francesa contra la incitación al odio racial y la injuria pública de carácter racista. Francia cuenta con un marco jurídico especialmente estricto en esta materia, heredero de una larga tradición republicana que combina libertad de expresión con límites cuando se vulnera la dignidad de personas o grupos por motivos de origen, religión, etnia o nacionalidad. La cuestión, no obstante, dependería de si las palabras concretas de Rajoy pueden encajar jurídicamente en esas categorías y de qué jurisdicción sería competente.

Más allá del recorrido judicial que pueda tener el caso, el impacto político ya es evidente. La polémica coloca a Rajoy, expresidente del Gobierno español, en el centro de una controversia internacional por unas palabras que en Francia han sido recibidas como una ofensa institucional y social. Aunque Rajoy lleva años alejado de la primera línea política, su condición de exjefe del Ejecutivo concede a sus opiniones una resonancia distinta a la de un comentarista deportivo corriente.

El episodio también interpela al espacio público español. En España, como en otros países europeos, los debates sobre inmigración, identidad y diversidad se han endurecido en los últimos años. El auge de discursos xenófobos o racializantes ha normalizado expresiones que antes quedaban confinadas a los márgenes. Cuando esas ideas aparecen formuladas por figuras políticas de alto perfil, aunque sea en un registro aparentemente ligero, contribuyen a desplazar los límites de lo aceptable.

El caso francés recuerda además que las selecciones nacionales modernas reflejan sociedades plurales. Kylian Mbappé, Antoine Griezmann, Aurélien Tchouaméni, Jules Koundé o Eduardo Camavinga —por citar solo algunos nombres de diferentes generaciones y orígenes— no representan una anomalía, sino la realidad de la Francia contemporánea. Lo mismo ocurre en España, Inglaterra, Alemania, Portugal o Países Bajos, cuyas selecciones incorporan cada vez más historias familiares marcadas por migraciones internas y externas.

Reducir esa diversidad a una sospecha sobre la autenticidad nacional de los jugadores implica desconocer cómo se construyen hoy las sociedades europeas. La nacionalidad no se mide por el color de piel ni por el apellido. Tampoco por el origen de los padres. Se mide por derechos, ciudadanía, participación y pertenencia. En el terreno deportivo, además, se expresa de una manera muy clara: quienes visten la camiseta de Francia representan a Francia.

La indignación de los ministros franceses no responde únicamente a una defensa corporativa de su selección. Es también una defensa de un principio republicano básico: ningún ciudadano debe ver cuestionada su pertenencia al país por razones raciales. En tiempos de polarización, ese principio adquiere una importancia renovada.

La polémica abierta por la crónica de Rajoy demuestra que el lenguaje importa. Las palabras pronunciadas por responsables públicos, incluso cuando ya no ocupan cargos, tienen consecuencias. Pueden reforzar prejuicios o combatirlos, ensanchar la convivencia o deteriorarla. Francia ha optado por responder con firmeza, marcando una línea roja frente a lo que considera racismo dirigido contra sus propios jugadores. Ahora queda por ver si esa condena se traduce en acciones legales o si queda como una advertencia política. En cualquier caso, el mensaje del Gobierno francés ha sido inequívoco: la diversidad de su selección no es motivo de burla ni sospecha, sino parte de la identidad del país.

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admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.