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Gianni Infantino sonríe. Siempre sonríe. Es la sonrisa de un hombre que ha entendido que el fútbol, en su concepción romántica y comunitaria, ha muerto, y que sobre sus cenizas se ha erigido un imperio corporativo sin fronteras ni escrúpulos. Bajo su mandato, la FIFA ha dejado de ser el organismo rector de un deporte para convertirse en una multinacional de entretenimiento y geopolítica. Y en este nuevo orden mundial, el presidente suizo ha montado su propio «chiringuito»: un club privado, opaco y exclusivo donde las reglas del juego no las dicta el balón, sino el flujo de capital.

Lo que estamos presenciando en los últimos años no es una simple evolución; es una descarada maniobra de abandono. La FIFA, con Infantino al timón, está ejecutando una huida hacia adelante, alejándose de una Europa incómoda, regulada y exigente, para abrazar con fervor la pujanza económica y la laxitud moral del mundo árabe y africano. Europa, la cuna histórica de los grandes clubes y las ligas más potentes, se ha convertido en un socio molesto que pregunta por los derechos humanos, la transparencia financiera y la sostenibilidad. En el «chiringuito» de Infantino, esas preguntas no tienen cabida; allí solo se habla el idioma universal de los petrodólares.

La hoja de ruta es tan clara que resulta insultante para la inteligencia del aficionado tradicional. El anuncio de la sede del Mundial de 2030 es la prueba definitiva de esta reingeniería geopolítica. Oficialmente, el torneo se celebrará en España, Portugal y Marruecos. Sin embargo, cualquiera que analice los movimientos de la FIFA sabe que la península ibérica es poco más que un cebo logístico y una fachada de respetabilidad occidental. La verdadera joya de la corona para Infantino es Marruecos.

Marruecos no es solo un país con una afición apasionada; es la puerta de entrada al continente africano y un aliado estratégico incondicional de las monarquías del Golfo. Al otorgarle el peso específico de la organización —y los partidos inaugurales, relegando a Uruguay, Argentina y Paraguay a un rol testimonial y folclórico—, la FIFA está enviando un mensaje: el futuro no está en el Viejo Continente. España y Portugal ponen la infraestructura y la historia, pero Marruecos pone la conexión con el nuevo eje del poder futbolístico. Tiene toda la pinta de que, en 2030, el epicentro mediático y político estará en Rabat o Casablanca, mientras que Madrid y Lisboa serán meras subsedes de lujo en un torneo que, por primera vez, abarcará tres continentes en un alarde de insostenibilidad ecológica y logística que a nadie en Zúrich parece importarle.

Pero si 2030 es el puente, 2034 es el destino final. La designación de Arabia Saudí como sede del Mundial no es una sorpresa; es una coronación. Tras la retirada de Australia y la falta de competidores reales, el camino ha quedado despejado para que el reino wahabita complete su operación de sportswashing más ambiciosa. Infantino no solo ha facilitado esto; lo ha orquestado. La relación entre el presidente de la FIFA y Mohammed bin Salman es tan estrecha que a veces es difícil distinguir dónde termina la diplomacia deportiva y dónde empieza la asesoría estratégica del Estado saudí.

Arabia Saudí representa todo lo que la nueva FIFA adora: capital ilimitado, ausencia de sindicatos molestos, nula presión mediática sobre derechos civiles y una voluntad de hierro para transformar el desierto en un parque temático del fútbol. Europa, con sus leyes, sus tribunales y su sociedad civil crítica, es un terreno pantanoso. El desierto, en cambio, es un lienzo en blanco donde Infantino puede pintar su legado con brocha gorda y pintura dorada.

En este escenario de mercantilización absoluta, donde los estadios se construyen sobre arenas movedizas éticas, resuenan con más fuerza que nunca las palabras de aquellos que amaron el juego por lo que era, no por lo que facturaba. Es imposible no acordarse de Ángel Cappa, aquel entrenador argentino de verbo elegante y pensamiento profundo, que formó un tándem inolvidable con Jorge Valdano. Cappa, un romántico en un mundo de cínicos, advertía de esta distopía hace años.

En una entrevista reveladora, Cappa soltó una frase que debería ser grabada en la puerta de entrada de la sede de la FIFA como un epitafio: “Vivimos el fútbol sin reparar en que está manipulado por el negocio”. Cappa entendía que el fútbol es un bien social, un patrimonio cultural que pertenece a la gente, no a los accionistas. Denunciaba cómo la estructura del deporte se había diseñado para maximizar el beneficio de unos pocos, alienando al espectador y convirtiendo al jugador en un activo financiero desechable.

Hoy, la manipulación que denunciaba Cappa ha alcanzado su fase terminal. La expansión del Mundial a 48 equipos no busca democratizar el fútbol, sino multiplicar los partidos televisables para vender más espacios publicitarios a las empresas estatales árabes y chinas. La creación de competiciones artificiales y la amenaza constante de una Superliga europea (otro engendro del capital) son síntomas de la misma enfermedad: la avaricia sistémica.

Infantino ha convertido la FIFA en un «chiringuito» en el sentido más peyorativo del término: un lugar de veraneo para la élite global, donde se cierran tratos opacos lejos de la mirada pública, mientras se sirve una bebida azucarada llamada «desarrollo del fútbol global». Pero el desarrollo que promueven es asimétrico. Se desarrollan los balances de cuentas, se desarrollan los fondos soberanos, pero se erosiona la esencia del juego.

Al apostar por el eje árabe-africano, la FIFA no solo busca dinero; busca sumisión. Busca socios que no cuestionen por qué un Mundial de invierno en Qatar fue una aberración climática, o por qué los trabajadores migrantes son invisibles en los renders de los estadios saudíes. Europa, con todos sus defectos, todavía tiene una prensa que pregunta y una afición que protesta. En el nuevo mundo feliz de Infantino, el fútbol es un producto de consumo aséptico, despojado de su contexto social y político, empaquetado para ser vendido al mejor postor.

Dentro de cuatro años, cuando el circo llegue a España, Portugal y, sobre todo, a Marruecos, veremos la culminación de esta estrategia. Veremos un torneo híbrido, extraño, diseñado para contentar a los jeques del Golfo y a los líderes africanos, con los europeos haciendo de anfitriones secundarios en su propia casa. Y en 2034, cuando el balón ruede en Arabia Saudí, el proceso de deslocalización espiritual del fútbol habrá concluido.

Ángel Cappa tenía razón. El negocio ha manipulado el fútbol hasta el punto de que ya no reconocemos al paciente. Gianni Infantino no es el guardián del templo; es el liquidador de una herencia que vendió por partes para construir su propio imperio en la arena. El chiringuito está abierto, la música suena fuerte para tapar las críticas, pero la entrada ya no es libre: ahora solo se paga con silencio y complicidad.

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admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.