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Un producto sin fundamento científico gana terreno en tiempos de desinformación

Vivimos en una era donde la tecnología está omnipresente: smartphones, smart TVs, tablets, routers Wi-Fi… Son aparatos que nos acompañan a todas partes y que, según algunos vendedores de milagros, estarían envenenándonos lentamente. Es precisamente en ese caldo de cultivo de miedo e incertidumbre donde aparecen productos como las llamadas «pajitas metálicas antirradiación», comercializadas a precios que rozan los 50 dólares, con la promesa de que impedirán que los dispositivos electrónicos «contaminen el agua que bebes». Suena absurdamente absurdo. Y lo es. Pero, sorprendentemente, hay quienes pagan por ello.

¿Qué se supone que hacen estas pajitas?

La propuesta es sencilla, y por eso resulta tan peligrosamente atractiva. Según sus defensores, estas pajitas metálicas (generalmente fabricadas con aleaciones que contienen tourmalina, germanio u otros minerales con fama pseudocientífica) tendrían la capacidad de «neutralizar» las radiaciones electromagnéticas emitidas por los dispositivos electrónicos. El argumento central es que las ondas electromagnéticas de telefonía móvil, Wi-Fi o Bluetooth contaminarían el agua que bebemos de alguna manera física o química, y que al beber a través de esta pajita, el agua quedaría «purificada» de dichas radiaciones.

Permítanme ser claros: esto no tiene absolutamente ningún fundamento científico.

La física básica que ignoran

Para que una radiación electromagnética altere químicamente el agua que está dentro de un vaso, necesitaría una cantidad de energía extremadamente elevada. Las microondas, por ejemplo, calientan el agua porque operan a frecuencias específicas (2,45 GHz) con una potencia considerable. Pero las ondas de radio que usan nuestros teléfonos y routers tienen una potencia ínfima en comparación. Estamos hablando de milésimas de vatio por centímetro cuadrado, muy lejos de cualquier umbral que pueda provocar un cambio físico o químico significativo en una molécula de agua.

Pero vayamos más allá. Incluso si pudiéramos aceptar, hipotéticamente, que esas ondas «contaminaran» el agua (lo cual no ocurre), ¿cómo podría una pajita metálica «descontaminarla»? Las ondas electromagnéticas no son una sustancia química que se pueda filtrar como quien depura un agua con carbón activado. Son campos que atraviesan la materia de formas específicas según su frecuencia, potencia y los materiales que encuentran a su paso. Una pajita metálica no tiene ninguna propiedad física que la permita «absorber» radiación electromagnética del entorno de manera selectiva ni «limpiar» un líquido de supuestas contaminaciones ondulatorias.

La falacia de las palabras científicas

Lo que hace exitoso a este tipo de productos es el uso estratégico de terminología científica descontextualizada. Palabras como «frecuencia», «vibración», «energía», «tourmalina», «iones negativos» o «campo biomagnético» aparecen en el prospecto del producto creando una falsa impresión de rigor. Es una técnica clásica de la pseudociencia: rodearse de vocabulario técnico para disfrazar la ausencia total de evidencia.

La tourmalina, por ejemplo, es un mineral real con propiedades piezoeléctricas (genera una pequeña carga eléctrica bajo presión). Eso es un hecho científico. Pero de ahí a afirmar que una pajita con tourmalina puede filtrar radiación electromagnética del agua hay un abismo que ni la más generosa de las imaginaciones puede salvar. El germanio, otro mineral habitual en estos productos, tampoco posee ninguna propiedad demostrada que permita «neutralizar» ondas electromagnéticas.

El negocio del miedo

¿Por qué alguien pagaría 50 dólares por una pajita que no hace nada? La respuesta está en el contexto social. Vivimos rodeados de información contradictoria sobre los efectos de las radiaciones electromagnéticas en la salud. Aunque la mayoría de los organismos científicos internacionales (OMS, ICNIRP, entre otros) han establecido que, a los niveles de exposición habituales, no hay evidencia de efectos nocivos, la duda persiste en amplios sectores de la población. Y donde hay miedo, hay negocio.

Los vendedores de estas pajitas explotan precisamente esa incertidumbre. No necesitan demostrar que su producto funciona; solo necesitan que tú creas que podrías estar en peligro y que ellos tienen la solución. Es el mismo esquema que sostiene a las homeopatías, los cristales curativos, los pendientes desintoxicantes y un largo etcétera de productos pseudocientíficos que prosperan en la economía del miedo.

Además, al fijar un precio elevado (50 dólares por una simple pajita metálica) se genera una ilusión de valor. Si fuera barata, el consumidor podría sospechar. Pero al costar lo mismo que una cena, el cerebro racionaliza que «algo importante debe tener» para valer tanto.

El peligro real de la pseudociencia

El problema no es solo el dinero desperdiciado, aunque eso ya es grave. El verdadero peligro radica en cómo este tipo de productos envenenan el debate público sobre ciencia y tecnología. Cuando aceptamos sin cuestionar que una pajita puede «protegernos» de la radiación, estamos aceptando una narrativa anticientífica que tiene consecuencias reales: personas que rechazan vacunas, que confían en remedios inútiles para enfermedades graves o que toman decisiones sobre su salud basándose en mitos.

La pseudociencia no es inocua. Es una puerta de entrada a la desconfianza sistemática hacia el conocimiento verificado, y eso, a largo plazo, es una amenaza para cualquier sociedad.

Conclusión: la mejor protección es el pensamiento crítico

Si algún día te ofrecen una pajita metálica milagrosa por 50 dólares, recuerda una regla sencilla: si suena demasiado bueno para ser verdad, probablemente lo es. No necesitas filtrar tu agua de «radiaciones» que no la contaminan, con un producto que no tiene ningún mecanismo demostrado para hacerlo.

La verdadera protección contra la pseudociencia no está en una pajita. Está en la educación científica, en el pensamiento crítico y en la costumbre de exigir evidencia antes de creer. Eso sí que no tiene precio.


La ciencia no necesita pajitas mágicas. Solo necesita que hagamos preguntas.

Fuente: La Ciencia y sus Demonios


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.