Getting your Trinity Audio player ready...

Donald Trump ha construido una parte importante de su imagen política en los últimos años alrededor de un discurso: Estados Unidos debe liderar la revolución de las criptomonedas. En mítines, entrevistas y hasta en sus redes sociales, el expresidente presenta los activos digitales como la salvación económica, la herramienta para «hacer a América grande otra vez» en el siglo XXI. Sus hijos, como Donald Trump Jr., han recorrido congresos y platós de televisión vendiendo la idea de que las criptomonedas son el futuro inevitable, una oportunidad que solo los «listos» sabrán aprovechar. Pero hay un detalle incómodo en esta narrativa: mientras Trump y su círculo promocionan la fiebre cripto al público, sus propias ganancias parecen estar a salvo en activos tradicionales como acciones, bonos y bienes raíces. La pregunta es inevitable: ¿está Trump realmente convencido del potencial de las criptomonedas, o solo las usa como un señuelo para movilizar a sus seguidores y distraer de sus verdaderas estrategias financieras?


El giro oportunista: de «el bitcoin es una estafa» a «EE.UU. será la capital cripto»

La retórica pro-cripto de Trump no es nueva, pero sí contradictoria. En 2018, el entonces presidente tuiteó que el bitcoin era «una estafa». Sin embargo, para 2024, su campaña ya aceptaba donaciones en criptomonedas, y él mismo se presentaba como el candidato que convertiría a Estados Unidos en la «capital cripto del mundo». Este cambio de postura no es casualidad. Las criptomonedas se han convertido en un tema polarizante, con una base de seguidores apasionados que ven en estos activos una forma de escapar del sistema financiero tradicional. Para Trump, esto representa una oportunidad: captar el voto de los «cripto-entusiastas», muchos de ellos jóvenes y descontentos con el establishment, sin importar si sus promesas son realistas o no.

El cálculo político es claro. En un contexto donde el descontento con los bancos tradicionales y el sistema financiero es alto, especialmente entre las generaciones más jóvenes, las criptomonedas ofrecen un discurso de «libertad financiera» que resuena con el electorado de Trump. Además, el sector cripto ha demostrado ser una fuente importante de financiación para campañas políticas. En 2024, varios candidatos, incluyendo a Trump, han recibido donaciones millonarias de figuras del sector, como los gemelos Winklevoss o el ex-CEO de FTX, Sam Bankman-Fried (antes de su caída en desgracia). No es difícil ver aquí un intercambio: Trump ofrece apoyo retórico a las criptomonedas, y a cambio, recibe fondos para su campaña.


El doble estándar financiero: vender riesgo a los demás, protegerse uno mismo

Pero aquí viene el giro irónico. Mientras Trump y su familia venden el sueño de la riqueza cripto, las evidencias sugieren que sus propias finanzas no siguen esa misma apuesta arriesgada. Aunque los detalles exactos de su cartera de inversiones son opacos (Trump ha sido notoriamente reacio a revelar sus declaraciones de impuestos), hay indicios claros de que su fortuna está principalmente en activos tradicionales.

Su imperio inmobiliario, por ejemplo, sigue siendo la columna vertebral de su patrimonio. Según informes de Forbes y The New York Times, la mayoría de sus activos están en propiedades, hoteles y marcas licenciadas, no en criptomonedas. Incluso durante su presidencia, Trump mantuvo la mayoría de sus inversiones en activos líquidos y seguros, como bonos del Tesoro y fondos indexados, en lugar de en bitcoin o ethereum. Sus hijos, que tanto promocionan el bitcoin, no han mostrado pruebas públicas de que tengan una parte significativa de su riqueza en activos digitales.

Este doble estándar no es solo una cuestión de hipocresía personal, sino que tiene implicaciones más amplias para el público que sigue sus consejos. Las criptomonedas son activos extremadamente volátiles, con fluctuaciones de precio que pueden ser brutales. Mientras que figuras como Trump pueden permitirse el lujo de diversificar sus inversiones y protegerse de los riesgos, muchos de sus seguidores no tienen esa capacidad. El inversor minorista que pone sus ahorros en bitcoin o ethereum, creyendo en las promesas de Trump, está asumiendo un riesgo que el propio Trump no parece dispuesto a correr.



El patrón Trump: vender sueños, asumir cero riesgos

Esto no es nuevo en la historia financiera de Donald Trump. A lo largo de su carrera, ha tenido un patrón recurrente: vender visiones grandiosas mientras externaliza los riesgos. Desde la Universidad Trump (que terminó en un escándalo por fraude y tuvo que pagar millones en multas) hasta sus múltiples quiebras empresariales (como sus casinos en Atlantic City), Trump ha demostrado una y otra vez que su modelo de negocio se basa en movilizar el entusiasmo de los demás mientras él se protege.

En el caso de las criptomonedas, la dinámica es similar. Trump no está invirtiendo su propio dinero en activos digitales de manera significativa, pero sí está usando su plataforma para generar entusiasmo alrededor de ellos. Esto atrae a inversores minoristas, muchos de los cuales no tienen el conocimiento ni los recursos para manejar la volatilidad del mercado cripto. Mientras tanto, Trump sigue seguro con sus activos tradicionales, listo para culpar a «los mercados» o a «los reguladores» si algo sale mal.

Además, hay que considerar el contexto económico. Las criptomonedas han sido promocionadas como una forma de «democratizar las finanzas», pero la realidad es que el 90% de la riqueza en bitcoin está concentrada en solo el 2% de las direcciones, según datos de la empresa de análisis Chainalysis. Esto significa que, al igual que en el sistema financiero tradicional, son unos pocos los que realmente se benefician, mientras que la mayoría asume los riesgos. Trump, con su retórica pro-cripto, está ayudando a perpetuar este sistema, no a cambiarlo.



Las consecuencias para el público: el costo de la desinformación financiera

La promoción indiscriminada de las criptomonedas por parte de figuras como Trump tiene un costo real para el público. Ya hemos visto casos de personas que han hipotecado sus casas o invertido sus ahorros para la jubilación en criptomonedas, solo para ver cómo su valor se desplomaba. En 2022, por ejemplo, el colapso de FTX dejó a miles de inversores sin sus fondos, muchos de los cuales habían entrado al mercado atraídos por promesas de riqueza rápida.

Mientras tanto, los que están en la cima, como Trump, pueden permitirse el lujo de diversificar y protegerse. Esto no es solo una cuestión de mala suerte, sino de un sistema que premia a los que ya tienen recursos y deja a los demás asumir los riesgos. La ironía es que, a pesar de todo su discurso pro-cripto, Trump no parece entender realmente la tecnología detrás de los activos digitales. En varias ocasiones, ha demostrado confusión sobre conceptos básicos, como la diferencia entre bitcoin y blockchain. Esto sugiere que su apoyo a las criptomonedas no está basado en una convicción profunda, sino en una estrategia política.



Conclusión: cripto para el pueblo, seguridad para Trump

Al final, la postura de Trump hacia las criptomonedas es un ejemplo más de su estilo de liderazgo: vender una visión grandiosa mientras se protege a sí mismo de los riesgos. Mientras promociona los activos digitales como el futuro de las finanzas, sus propias inversiones sugieren que prefiere la seguridad de los activos tradicionales. Esto no solo expone su hipocresía, sino que también pone de manifiesto una verdad incómoda sobre el mundo de las finanzas: los que están en la cima a menudo juegan con reglas diferentes.

Para el inversor promedio, las criptomonedas pueden ser una apuesta arriesgada. Para Trump, son simplemente otra herramienta en su caja de trucos políticos. Y mientras él sigue seguro con su fortuna en bienes raíces y bonos, son sus seguidores los que, una vez más, asumen el riesgo de sus promesas incumplidas.

Generado por Mistral medium 3.5


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.