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Introducción: El fascismo y su liturgia de la violencia
El fascismo no fue solo un sistema político, sino una religión secular que buscó reemplazar el vacío espiritual de la modernidad con mitos de pureza, sacrificio y redención a través de la violencia. En su núcleo, el fascismo —ya sea en su versión italiana, alemana o española— siempre necesitó de símbolos, rituales y espectáculos que reforzaran su narrativa de orden, jerarquía y muerte heroica. Y entre todos ellos, pocos han sido tan elocuentes como la fiesta de los toros.
No es casual que el franquismo, heredero directo del fascismo español, encontrara en la tauromaquia un aliado cultural perfecto. En la plaza, como en el campo de batalla, se escenificaban los valores que el régimen pretendía imponer: disciplina, sumisión al poder, exaltación del sacrificio y, sobre todo, la aceptación de la violencia como principio ordenador de la vida. El torero, como el soldado, era un mártir laico cuya grandeza residía en su capacidad para enfrentarse a la muerte con elegancia y dominio. La sangre, lejos de ser un tabú, se convertía en un espectáculo sagrado, en un recordatorio de que la vida solo tenía sentido en la medida en que se arriesgaba por algo más grande: la patria, la raza, el Caudillo.
Pero ¿por qué el fascismo se obsesionó tanto con la muerte? ¿Y qué papel juega hoy la ultraderecha en la pervivencia de estos mitos?
1. La tauromaquia como alegoría del poder fascista
El toreo no es solo un espectáculo, sino un ritual político. Desde sus orígenes, ha sido un espacio donde se escenifica la lucha entre el hombre y la bestia, entre el orden y el caos, entre la civilización y la naturaleza salvaje. Pero en el siglo XX, esta narrativa adquirió un nuevo significado: el toro ya no era solo un animal, sino un enemigo ideológico.
Durante el franquismo, la fiesta nacional se convirtió en un instrumento de propaganda. El régimen promovió las corridas como símbolo de la España eterna, viril y católica, en oposición a la «decadencia» republicana. El torero, como el falangista, encarnaba la idea de que el sufrimiento y la muerte eran necesarios para alcanzar la gloria. No es casual que José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange, fuera un aficionado a los toros y que su discurso estuviera plagado de metáforas taurinas: «La vida es milicia, y hay que vivirla con el mismo espíritu con que se torea».
En la plaza, como en la guerra, el hombre debía demostrar su hombría mediante el dominio de la violencia. El torero no mataba por placer, sino por deber: era un sacrificio necesario para mantener el orden. Esta lógica es idéntica a la del fascismo, que justificaba la represión, los fusilamientos y las purgas como actos de «higiene social». La sangre derramada en la arena no era distinta de la que se vertía en las cunetas: ambas servían para purificar la nación.
2. La mística fascista de la Muerte: entre el martirio y la redención
El fascismo no teme a la muerte; la adora. Para el fascista, la muerte no es el final, sino el momento culminante de la existencia, el instante en que el individuo se funde con algo más grande que él: la patria, la raza, la revolución nacional. Esta obsesión por la muerte heroica tiene raíces profundas en la cultura occidental, desde los mitos griegos hasta el cristianismo, pero el fascismo la llevó a su paroxismo.
En España, esta mística se materializó en figuras como los caídos por Dios y por España, los mártires de la Cruzada que, según la propaganda franquista, habían dado su vida para salvar a la nación del «contagio rojo». Pero también en el toreo: el torero que muere en la plaza no es un fracasado, sino un santo laico, un ejemplo de entrega absoluta. Como escribió el poeta falangista Dionisio Ridruejo:
«Morir en la arena es como morir en la guerra: / no es derrota, es consagración».
Esta idea de que la muerte ennoblece es clave para entender el fascismo. No se trata solo de matar, sino de morir bien. El fascista no huye del peligro; lo busca, porque sabe que solo en el límite entre la vida y la muerte se alcanza la verdadera grandeza. Por eso el franquismo glorificó a los requetés navarros, a los legionarios de Millán Astray, a los camisas viejas de Falange: porque encarnaban esa disposición al sacrificio que el régimen exigía a todos los españoles.
Hoy, la ultraderecha sigue bebiendo de esta fuente. Cuando Vox habla de «reconquista», cuando sus militantes corean «¡España se escribe con sangre!», cuando defienden la tauromaquia como «patrimonio innegociable», no están haciendo otra cosa que reactualizar esa mística fascista de la muerte. La plaza de toros, como el Valle de los Caídos, sigue siendo un templo donde se rinde culto a la violencia como acto de fe.
3. La ultraderecha y la pervivencia del mito taurino
Aunque el franquismo cayó hace casi medio siglo, su legado cultural sigue vivo en la España de hoy. Y uno de los espacios donde más se nota es en la defensa a ultranza de la tauromaquia por parte de la ultraderecha.
Para Vox y sus aliados, los toros no son solo un espectáculo, sino un símbolo de resistencia frente a lo que consideran la «decadencia progresista». Cuando Abascal habla de «la España que madruga y trabaja», cuando sus seguidores atacan a los animalistas por «antiespañoles», están repitiendo el mismo discurso que el franquismo usó para justificar la represión: el de que España es una nación en peligro, asediada por enemigos internos y externos, y que solo la firmeza, la disciplina y, si es necesario, la violencia, pueden salvarla.
Pero hay algo más: la ultraderecha necesita de estos rituales porque, sin ellos, su discurso se queda en mera retórica. El fascismo no se sostiene solo con ideas; necesita actos, gestos, símbolos que refuercen su narrativa. Y la plaza de toros es el escenario perfecto: allí, como en un mitin de Vox, se escenifica la lucha entre el orden y el caos, entre la España eterna y sus enemigos.
No es casual que los sectores más reaccionarios de la derecha española hayan convertido la defensa de los toros en una cruzada cultural. Para ellos, prohibir las corridas no sería solo un ataque a una tradición, sino un golpe a su identidad. Porque, en el fondo, saben que la tauromaquia no es solo un espectáculo: es un rito de iniciación en el que se aprende a aceptar la violencia como algo natural, incluso deseable.
4. ¿Por qué el fascismo necesita de la muerte?
La obsesión del fascismo con la muerte no es un capricho estético, sino una necesidad política. El fascismo surge en momentos de crisis, cuando las sociedades se sienten amenazadas por el cambio, la incertidumbre y la pérdida de jerarquías tradicionales. En esos contextos, la muerte se convierte en un antídoto contra el miedo: si la vida es frágil, si todo puede desmoronarse, entonces la única certeza es la muerte. Y si la muerte es inevitable, ¿por qué no hacer de ella un acto de heroísmo?
Esta lógica explica por qué el fascismo glorifica la guerra, el sacrificio y la violencia. Para el fascista, la muerte no es un fracaso, sino una prueba de autenticidad. Morir por la patria, por la raza, por el líder, es la forma más pura de existencia. Por eso el franquismo llenó España de monumentos a los caídos, por eso la Falange hablaba de «la muerte como destino», por eso hoy Vox insiste en que «España se defiende con sangre».
Pero hay un peligro en esta obsesión: cuando la muerte se convierte en un fin en sí misma, cuando se glorifica el sacrificio por encima de la vida, lo que queda es una sociedad dispuesta a justificar cualquier atrocidad en nombre de un ideal. Y eso es, precisamente, lo que hizo el fascismo: convertir el asesinato en un acto de fe.
Conclusión: La sangre como legado
La tauromaquia, como el fascismo, es un ritual de poder. En la plaza, como en la guerra, se escenifica la sumisión del individuo a un orden superior, se naturaliza la violencia y se glorifica la muerte como acto de redención. El franquismo lo entendió perfectamente: por eso convirtió los toros en un símbolo nacional, por eso llenó España de monumentos a los caídos, por eso hizo de la sangre un espectáculo sagrado.
Hoy, la ultraderecha intenta revivir ese legado. Cuando Vox defiende los toros, cuando habla de «reconquista», cuando glorifica a los «héroes de la patria», no está haciendo otra cosa que actualizar esa mística fascista de la muerte. Porque sabe que, sin ella, su discurso se queda en mera retórica. La violencia, el sacrificio, la muerte heroica: esos son los pilares sobre los que se construye el fascismo.
Y mientras haya quienes sigan creyendo que la sangre es el precio de la grandeza, el fascismo seguirá vivo. No como un fantasma del pasado, sino como una amenaza real, disfrazada de tradición, de patriotismo, de orden. Pero la historia ya nos ha enseñado adónde lleva ese camino: a las fosas comunes, a los campos de concentración, a la barbarie.
La pregunta es: ¿estamos dispuestos a repetir los mismos errores?
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