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La interrupción voluntaria del embarazo (IVE) es un derecho reconocido en España desde hace más de una década. Sin embargo, el ejercicio real de ese derecho continúa tropezando con obstáculos que revelan hasta qué punto la teoría legal y la práctica sanitaria caminan por sendas distintas. La reciente movilización de la Plataforma de Embarazadas Expulsadas de la Sanidad Pública ha vuelto a poner el foco sobre una realidad incómoda: que en amplias zonas del país las mujeres son derivadas sistemáticamente a clínicas privadas para abortar, en lugar de ser atendidas en la red hospitalaria pública que, en teoría, debería garantizar este servicio.

Un derecho externalizado

La denuncia de la plataforma es tan sencilla como demoledora: reclama a la Consejería de Salud que no renueve los contratos con clínicas privadas y exige que las intervenciones se realicen íntegramente en los hospitales públicos. Detrás de esta petición hay un problema estructural que las administraciones han preferido no afrontar durante años. La externalización del aborto se ha convertido en la norma, no en la excepción, en comunidades enteras donde el sistema sanitario público ha renunciado, de facto, a prestar un servicio que la ley le obliga a ofrecer.

Las cifras nacionales llevan tiempo dibujando este panorama. Según los propios datos del Ministerio de Sanidad, la inmensa mayoría de las interrupciones del embarazo que se practican en España se realizan en centros privados acreditados, no en la red pública. Este dato, repetido año tras año, no es una anécdota estadística: es la constatación de un fracaso institucional. La sanidad pública ha delegado en terceros una prestación que forma parte de su cartera de servicios, y lo ha hecho con una comodidad que raya en la dejación de responsabilidades.

El coste humano de la derivación

El lema que da nombre a la protesta —»Nos mandan a una clínica cuando más vulnerables estamos»— condensa el trasfondo emocional y humano de esta situación. Una mujer que decide interrumpir su embarazo atraviesa, con frecuencia, un momento delicado. Ser expulsada del hospital de referencia, del entorno médico conocido, y ser enviada a un centro privado ajeno a su historial y a su red de atención habitual, añade una carga innecesaria a una decisión que ya de por sí exige acompañamiento y respeto.

Esta derivación no es neutra. Genera una sensación de estigma, de que el aborto es algo que debe ocurrir lejos, fuera de la vista, en un espacio distinto al de la medicina «normal». Y refuerza, aunque sea de forma implícita, la idea de que se trata de una práctica de segunda categoría, no plenamente integrada en la atención sanitaria a la que cualquier ciudadana tiene derecho.

La objeción de conciencia como coartada

Uno de los argumentos que suelen esgrimirse para justificar esta externalización es la objeción de conciencia del personal sanitario. Es un derecho legítimo y reconocido, pero su aplicación masiva y descoordinada se ha convertido en la excusa perfecta para vaciar de contenido la prestación pública. Cuando en un hospital entero prácticamente todos los profesionales se declaran objetores, no estamos ante decisiones individuales de conciencia, sino ante un boicot organizado que las administraciones toleran por pasividad o por conveniencia política.

La ley del aborto reformada obliga a las comunidades a garantizar el servicio en el sistema público y a crear registros de objetores precisamente para evitar estos vacíos. Sin embargo, la implementación real de estas medidas ha sido lenta y desigual. Aquí es donde la responsabilidad política se hace ineludible.

La responsabilidad de la derecha y del SMS

Resulta imposible analizar este conflicto sin señalar la actitud de los partidos de la derecha, que han hecho del cuestionamiento del derecho al aborto una bandera ideológica recurrente. Bajo el discurso de la «libertad» y la «protección de la vida», muchas de sus formaciones han obstaculizado, retrasado o directamente saboteado la plena integración del aborto en la sanidad pública. La externalización les resulta cómoda: permite mantener el servicio bajo mínimos mientras se evita el compromiso político de dotar a los hospitales de los recursos y la voluntad necesarios.

La gestión del Servicio Murciano de Salud (SMS) es un ejemplo paradigmático de esta lógica. Durante años, comunidades gobernadas por la derecha han mantenido un modelo en el que el aborto quirúrgico apenas se practica en la red pública, forzando a las mujeres a recurrir a clínicas privadas o incluso a desplazarse a otras provincias. Esta situación no es fruto del azar ni de limitaciones técnicas insalvables: es el resultado de decisiones políticas que priorizan el cálculo ideológico sobre los derechos de las ciudadanas.

Un problema de igualdad

Reducir el debate a una cuestión logística sería un error. Lo que está en juego es la igualdad real en el acceso a un derecho. Cuando el sistema público no garantiza el aborto, las consecuencias recaen con más fuerza sobre las mujeres con menos recursos, las que viven en zonas rurales o las que no pueden permitirse desplazamientos ni gestiones adicionales. La brecha territorial y económica convierte un derecho universal en un privilegio condicionado por el código postal y el bolsillo.

La reivindicación de la Plataforma de Embarazadas Expulsadas de la Sanidad Pública es, por tanto, mucho más que una queja puntual. Es una exigencia de coherencia: si el aborto es un derecho, debe garantizarse desde lo público, con dignidad, cercanía y sin estigmas. Las administraciones tienen la obligación legal y moral de asumir plenamente esta prestación. Seguir mirando hacia otro lado, escudándose en la objeción o en la comodidad de la externalización, es perpetuar una desigualdad que ninguna democracia avanzada debería tolerar.

Generado por Claude Opus 4.8


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.