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El próximo 20 de julio, fecha en la que Colombia conmemora su Grito de Independencia, no será únicamente un día de desfiles militares y actos protocolarios. El presidente Gustavo Petro ha decidido convertir esta jornada, de profundo calado histórico e institucional, en un nuevo termómetro de su capital político. A través de sus redes sociales, el mandatario ha convocado a la ciudadanía a una gran movilización nacional. El objetivo, según se ha reportado en diversos medios y portales como Nodal, es defender en las calles las reformas sociales (salud, pensión, laboral y educación) que su Gobierno impulsa y que han enfrentado un duro camino en el Congreso de la República.
Esta estrategia de apelar al «constituyente primario» no es nueva en Petro. Ante la falta de mayorías consolidadas en el legislativo y el hundimiento o estancamiento de varias de sus propuestas bandera, el presidente busca trasladar la presión política desde los pasillos del Capitolio hacia las plazas públicas. Es un movimiento audaz, pero también arriesgado, que busca demostrar que, a pesar del desgaste natural de estar en el poder, su proyecto político aún conserva la capacidad de movilizar a las bases populares que lo llevaron a la Casa de Nariño.
Sin embargo, este llamado a las calles se produce en un clima de extrema crispación política. Colombia atraviesa un momento de profunda polarización donde los matices han desaparecido, dejando el debate público a merced de los extremos. Y es precisamente en este ecosistema de confrontación donde figuras de la oposición han encontrado un terreno fértil para sembrar un discurso que, lejos de enriquecer la discusión democrática, la empobrece.
En este contexto, resulta necesario ejercer una mirada crítica sobre el papel que juegan ciertos actores de la derecha colombiana, siendo el abogado y empresario Abelardo De la Espriella uno de sus exponentes más ruidosos. Ante coyunturas como la marcha del 20 de julio, el discurso de figuras como De la Espriella merece ser analizado no desde la simple discrepancia ideológica, sino desde el impacto que su retórica tiene en la salud democrática del país.
El estilo político de De la Espriella se ha caracterizado por una estridencia calculada. Su forma de hacer oposición rara vez se centra en el debate técnico, en la disección de los artículos de las reformas de Petro o en la presentación de contrapropuestas estructuradas que solucionen las falencias históricas del sistema de salud o pensional colombiano. Por el contrario, su estrategia se basa en el ataque personal, la hipérbole y la explotación del miedo.
Al catalogar constantemente cualquier iniciativa gubernamental bajo el fantasma del «castrochavismo» o el comunismo absoluto, De la Espriella anula la posibilidad de un debate racional. Su retórica, a menudo cargada de adjetivos descalificativos y una puesta en escena que roza el espectáculo, parece estar más orientada a consolidar una marca personal y a alimentar la indignación visceral de un sector de la población, que a ejercer un contrapeso institucional serio. Recientemente, sus coqueteos con una posible candidatura presidencial han dejado en evidencia que su agresividad discursiva frente a eventos como el del 20 de julio es, en gran medida, una plataforma de autopromoción populista de derecha.
La paradoja de este tipo de oposición radical es que, en última instancia, termina siendo funcional a la narrativa del propio presidente Petro. Cuando el debate se reduce a los insultos o a las amenazas veladas que a menudo destilan las intervenciones de De la Espriella, el Gobierno encuentra la justificación perfecta para atrincherarse en su posición. Si el opositor se presenta como un defensor del establecimiento más conservador y excluyente, Petro tiene más facilidad para argumentar ante sus bases, precisamente este 20 de julio, que las élites tradicionales intentan bloquear cualquier intento de justicia social, validando así su llamado a la resistencia en las calles.
El país queda entonces atrapado en un fuego cruzado. Por un lado, un Gobierno que, ante la frustración legislativa, recurre a la movilización permanente, tensando la cuerda institucional y gobernando desde el balcón. Por otro, una oposición liderada por figuras como De la Espriella, que confunden la firmeza con la altanería y el debate con el linchamiento mediático. Este tipo de liderazgo opositor no busca persuadir, sino aplastar; no busca construir un proyecto de país alternativo, sino rentabilizar políticamente el rechazo visceral hacia el mandatario de turno.
El 20 de julio coincidirá con la instalación de una nueva legislatura en el Congreso. Los congresistas estarán sentados en sus curules mientras, afuera, las marchas convocadas por el presidente medirán el pulso de la calle. Lo que Colombia necesita en esta coyuntura crítica es un debate maduro sobre el contenido de las reformas. Se requiere una oposición que fiscalice con rigor, que exija cuentas claras y que proteja las instituciones, pero que lo haga con argumentos y altura intelectual.
El modelo de oposición que encarna Abelardo De la Espriella, basado en la polarización extrema, el mesianismo y la espectacularización de la política, es un flaco favor a la democracia colombiana. Convertir la crisis política en un show de vanidades solo profundiza las grietas de una nación que requiere, con urgencia, consensos mínimos para avanzar. Mientras los discursos incendiarios sigan marcando la pauta, tanto desde las tarimas gubernamentales como desde los atriles de la extrema derecha, el verdadero perdedor seguirá siendo el ciudadano de a pie, aquel que espera soluciones reales más allá del ruido y la furia de sus dirigentes.
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