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Cuando confundimos precio con valor y mercado con justicia
Burger King ha cancelado a El Xokas. La noticia ha corrido por redes sociales con la velocidad acostumbrada, generando dos bandos perfectamente predecibles: los que celebran la decisión como un triunfo de la responsabilidad corporativa y los que la denuncian como una muestra más de hipocresía empresarial. Pero ninguno de esos dos debates importa demasiado. Lo verdaderamente relevante no es el streamer, no es la hamburguesa y no es siquiera la polémica que desencadenó la ruptura. Lo importante es la conversación que esta historia ha puesto sobre la mesa casi sin querer: la del valor y el precio, la del dinero como medida de todas las cosas, la de una sociedad que lleva décadas confundiendo lo que algo cuesta con lo que algo vale.
La coartada más antigua del sistema
Cada vez que alguien cuestiona los ingresos desproporcionados de un influencer, un ejecutivo o una figura del entretenimiento, aparece el mismo argumento con la misma puntualidad irritante: «Es que lo genera.» Como si esa frase fuera no solo una explicación, sino una justificación moral suficiente. Como si el mercado, ese mecanismo tan frío como eficiente, tuviera también la capacidad de dictar sentencias éticas inapelables.
El Xokas generaba dinero para Burger King. Eso es innegable. Sus cifras de audiencia eran reales, su capacidad de arrastrar consumidores también, y la multinacional lo sabía perfectamente cuando firmó el acuerdo. Nada de eso es fraudulento. El problema no es él, insistamos en eso. El problema es el argumento que rodea su figura y que muchos utilizan como escudo universal ante cualquier crítica al reparto de riqueza en nuestra sociedad: el mercado ha hablado, y lo que el mercado dice no se discute.
Lo que el mercado no puede calcular
El mercado es extraordinariamente hábil midiendo ciertas cosas. Sabe cuántas personas ven un directo, cuántos clics genera un anuncio, cuánto aumentan las ventas tras una campaña. Es una máquina de medir flujos, de cuantificar audiencias, de convertir la atención humana en cifras rentables. Pero el mercado tiene una limitación estructural, casi filosófica: solo puede asignar precio a lo que produce transacciones. Y hay cosas que sostienen el mundo sin producir ninguna.
¿Cuánto vale la persona que frío las hamburguesas durante veinte años en un Burger King de extrarradio? El mercado tiene una respuesta muy clara y muy miserable. ¿Cuánto vale la auxiliar de enfermería que cuida ancianos con demencia doce horas al día? El mercado responde con un salario que a menudo no llega a los mil quinientos euros. ¿Cuánto vale el maestro de primaria que siembra en niños el pensamiento crítico que quizás los proteja de futuros engaños? El mercado, de nuevo, responde con indiferencia.
Estas no son preguntas retóricas vacías. Son el núcleo del problema. Porque hemos construido una cultura en la que el precio de algo en el mercado ha terminado confundiéndose con su valor real, con su importancia para la comunidad, con su dignidad. Y ese deslizamiento semántico, ese pequeño fraude intelectual que cometemos cada día, tiene consecuencias enormes y concretas en la vida de millones de personas.
La normalización de lo absurdo
Lo más inquietante no es que una campaña publicitaria con un streamer pueda generar más dinero en semanas que décadas de trabajo de quienes sostienen entre bastidores cualquier empresa. Lo más inquietante es que lo hemos normalizado. Que hemos interiorizado esa lógica hasta el punto de que cuestionar la disparidad parece ingenuo, anacrónico, casi ridículo.
«Así funciona el mercado.» Sí. Exactamente. Así funciona. Y precisamente porque sabemos cómo funciona, podemos decidir colectivamente dónde queremos que el mercado mande y dónde no. Porque el mercado es una herramienta, no una deidad. No tiene voluntad propia, no tiene moral, no tiene conciencia. Es tan justo o tan cruel como la sociedad que decide aplicarlo sin correcciones ni límites.
Hemos aceptado que el mercado fije el precio del petróleo, del trigo, de las acciones bursátiles. Pero en algún momento decidimos también, con mucha menos reflexión de la que merecía, que el mercado fijara el valor de las personas. Y eso es una decisión política disfrazada de neutralidad técnica.
El espejo incómodo
El Xokas, en el fondo, no ha hecho más que existir dentro del sistema que otros construyeron y que todos, en mayor o menor medida, alimentamos. No es el villano de esta historia. Es el espejo incómodo en el que no queremos mirarnos demasiado tiempo.
Porque la pregunta que su caso activa no va dirigida a él. Va dirigida a nosotros. ¿Qué tipo de sociedad queremos ser? ¿Una en la que el valor de una persona se mide por los ingresos que genera para una corporación? ¿O una en la que seamos capaces de reconocer que las profesiones que realmente sostienen la vida en común —las que cuidan, las que enseñan, las que limpian, las que construyen— merecen dignidad con independencia de lo que el mercado esté dispuesto a pagar por ellas?
El capitalismo tiene una falacia central, discreta y persistente: que lo que no tiene precio no tiene valor. Y seguiremos tropezando con ella, con distintos rostros y distintos nombres, hasta que decidamos nombrarla en voz alta y tratarla como lo que es: no una ley natural, sino una elección. Una elección que podemos, si queremos, tomar de otra manera.
El verdadero debate nunca fue El Xokas. El verdadero debate somos nosotros.
Generado por Claude sonnet 4.6
