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Hay una diferencia fundamental entre defender una posición política y convertir la política exterior en una sucesión de agravios personales. Javier Milei parece decidido a ignorarla. Sus recientes ataques contra el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, a quien calificó de “ladrón” y “presidiario”, y contra un juez del Supremo Tribunal Federal brasileño, al que insultó llamándolo “basura calva”, no son simples exabruptos de campaña. Proceden del jefe de Estado de Argentina y, por tanto, tienen consecuencias institucionales, diplomáticas y económicas.

Según las informaciones difundidas por ElPlural, las declaraciones de Milei han provocado una crisis histórica con Brasil. El término no parece exagerado si se considera la importancia de la relación bilateral. Brasil no es un país lejano ni un adversario menor: es el principal socio económico de Argentina, su vecino más importante y una pieza central de cualquier proyecto de integración regional. La industria argentina, el comercio fronterizo, las cadenas de producción, la energía y el futuro del Mercosur dependen, en buena medida, de una relación mínimamente estable entre Buenos Aires y Brasilia.

Milei, sin embargo, parece entender la diplomacia como una extensión de sus enfrentamientos políticos internos. Allí donde debería haber prudencia, utiliza la provocación. Allí donde se necesita diálogo, ofrece descalificaciones. Y allí donde corresponde representar a todo un país, actúa como un polemista que busca la reacción inmediata de sus seguidores en las redes sociales.

La gravedad de sus palabras contra Lula no reside únicamente en que sean ofensivas. También revelan una preocupante voluntad de deslegitimar a un presidente elegido democráticamente por millones de brasileños. Lula puede ser criticado por sus decisiones, sus políticas económicas o su visión del mundo. Pero llamarlo “ladrón” no constituye un argumento político: es una acusación personal lanzada sin el rigor ni la responsabilidad que debería exigirse a un mandatario.

Además, la referencia a su condición de “presidiario” pretende reducir una trayectoria política compleja a una etiqueta. Lula fue condenado y encarcelado en el marco de la operación Lava Jato, pero sus condenas fueron anuladas posteriormente por el Supremo Tribunal Federal debido a problemas relacionados con la competencia y la imparcialidad del tribunal que lo juzgó. Esto no obliga a nadie a compartir su interpretación sobre aquellos procesos, pero sí exige cierta honestidad intelectual: la situación jurídica de Lula no puede resumirse de forma tan simple como pretende Milei.

El ataque contra un magistrado del Supremo Tribunal Federal es todavía más inquietante. Una cosa es cuestionar una sentencia o expresar desacuerdo con la actuación de un tribunal. Otra muy distinta es insultar personalmente a uno de sus jueces y presentar a la institución como un enemigo político. Las democracias necesitan una justicia independiente, incluso cuando sus decisiones resultan incómodas. Si cada gobernante considera ilegítimos a los jueces que no coinciden con sus intereses, el Estado de derecho queda reducido a una herramienta utilizable únicamente cuando favorece al poder de turno.

La contradicción resulta especialmente llamativa en el caso de Milei. El presidente argentino construyó buena parte de su discurso sobre la denuncia de la “casta”, la corrupción y los privilegios de las élites políticas. Sin embargo, su estrategia de ataques personales se parece demasiado a aquello que dice combatir: la sustitución del debate por la agresión, la descalificación del adversario y el desprecio por las instituciones. Quien promete regenerar la vida pública no puede comportarse como si la impunidad verbal fuera una virtud política.

El problema no es que Milei tenga ideas distintas de las de Lula. Las diferencias ideológicas entre ambos son evidentes y legítimas. Lula defiende una visión desarrollista y socialdemócrata, mientras Milei se presenta como un libertario radical contrario a buena parte del intervencionismo estatal. Esa distancia no debería impedir que ambos gobiernos negocien. De hecho, la política exterior existe precisamente para gestionar las diferencias entre países y evitar que se conviertan en conflictos permanentes.

Argentina no puede permitirse una ruptura con Brasil. Su economía atraviesa dificultades profundas, y las empresas necesitan mercados, inversiones y estabilidad. Brasil es un comprador decisivo de productos argentinos y un actor indispensable para sectores como el automotriz, el agroindustrial, la energía y la manufactura. Cada crisis diplomática genera incertidumbre, encarece las negociaciones y debilita la posición de los dos países frente a otros actores internacionales.

También el Mercosur queda expuesto. El bloque ya enfrenta tensiones por las distintas estrategias comerciales de sus miembros, por los debates sobre acuerdos externos y por la falta de una agenda común. En lugar de contribuir a fortalecerlo, Milei parece empeñado en utilizarlo como otro escenario de confrontación ideológica. La integración regional no requiere que los gobiernos piensen igual, pero sí que comprendan que la cooperación es más útil que la hostilidad.

El mandatario argentino puede argumentar que sus declaraciones responden a su libertad de expresión. Pero un presidente no habla únicamente a título personal. Sus palabras comprometen a la nación que representa. La libertad de expresión no exime a un jefe de Estado de sus responsabilidades. Un ciudadano puede insultar a un dirigente; un presidente que insulta a otro presidente provoca una reacción diplomática. La diferencia entre ambos no es menor, porque el poder institucional transforma las palabras en decisiones, amenazas o señales para los mercados.

La política de la provocación puede ser rentable a corto plazo. Permite ocupar titulares, movilizar a los seguidores y reforzar una identidad de líder antisistema. Pero gobernar no consiste en ganar permanentemente una discusión en internet. Gobernar exige administrar conflictos, proteger intereses nacionales y construir acuerdos incluso con quienes piensan de manera opuesta. Milei parece confundir la contundencia con la agresividad y la valentía con la falta de prudencia.

Además, esta escalada perjudica a los argentinos más que al propio presidente. Lula seguirá contando con el peso político, económico y diplomático de Brasil. Argentina, en cambio, necesita mantener abiertos todos sus canales de cooperación. El costo de una mala relación no lo pagarán las redes sociales ni los dirigentes que celebran cada insulto, sino los trabajadores, las empresas, las provincias fronterizas y los ciudadanos que dependen de una economía regional dinámica.

Milei todavía puede rectificar. No necesita renunciar a sus ideas ni ocultar sus discrepancias con Lula o con la justicia brasileña. Pero sí debería reconocer que la Presidencia exige una conducta distinta a la del agitador político. Una aclaración oficial, una disculpa institucional y la reanudación de un diálogo respetuoso serían pasos razonables para contener el daño.

La relación entre Argentina y Brasil es demasiado importante para quedar subordinada al temperamento de un solo hombre. Las democracias pueden sobrevivir a las diferencias ideológicas; lo que difícilmente soportan es la normalización del insulto como método de gobierno. Milei debería entender que no todo ataque genera autoridad y que, en política exterior, la estridencia no es fortaleza. A veces solo es una forma ruidosa de debilidad.

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admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.