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La muerte es un viaje muy largo, por lo que más vale tener ropa interior limpia. La frase suena a broma, pero si se mira con ojos de arqueólogo, contiene una verdad literal. En el antiguo Egipto la muerte no era un final, sino la puerta de un viaje interminable hacia el más allá. Y para emprenderlo había que ir bien vestido, limpio y preparado. Pocas cosas lo demuestran mejor que la tumba de Kha y Meryt, descubierta intacta en 1906, donde aparecieron cincuenta taparrabos de lino. Hoy se conservan en el Museo Egipcio de Turín, y siguen dando que pensar.
Una tumba que no saquearon los ladrones
Kha no era faraón, sino una especie de arquitecto y capataz mayor de Deir el-Medina, el poblado de los artesanos que construyeron las tumbas del valle de los Reyes. Vivió hacia el siglo XV a.C. y estuvo al frente de los trabajos en la necrópolis durante parte del reinado de Amenhotep III. Su esposa, Meryt, era una dama acomodada de aquel pueblo singular. Cuando el egiptólogo italiano Ernesto Schiaparelli encontró su tumba, quedó asombrado: no había sido saqueada. Era, y sigue siendo, uno de los ajuares privados más completos del Egipto faraónico.
En la cámara funeraria había muebles, vasos de alabastro, joyas, alimentos, herramientas y un gran ajuar textil. Allí estaba el cuerpo de Kha con su equipo para la eternidad. Entre las telas se contaban túnicas, camisas, cinturones, gorros y, sobre todo, cincuenta taparrabos. No eran un capricho. Eran la ropa interior básica de un hombre que sabía que el viaje no iba a durar un día.
Los egipcios llamaban a la muerte “irse al oeste”. El difunto tenía que atravesar el mundo subterráneo, superar guardias, cruzar puertas y convencer a los dioses de que era digno. En ese trayecto, las horas se convertían en años y los años en siglos. Para un viaje así, un cambio de ropa no bastaba. Cincuenta tampoco, pero al menos era un gesto de sensatez.
Una prenda para todos y para nadie
El taparrabos egipcio era un paño rectangular de lino, generalmente blanco, que se enrollaba a la cadera y se anudaba en la parte delantera. En su versión corta, parecido a un pañal o una braga grande, se ajustaba entre las piernas; en su versión más larga, se convertía en una falda envuelta. Con variaciones, fue la prenda universal del Egipto faraónico.
Podía llevarse como única ropa, sobre todo en el trabajo, en casa o bajo el sol del Nilo. Los campesinos, los pescadores, los escribas y los guerreros lo usaban sin nada más. También los artesanos y los sacerdotes, aunque muchos lo cubrían después con túnicas o amplios ropajes. El faraón, en las escenas rituales grabadas en piedra, aparece a menudo con el torso desnudo y un taparrabos ceremonial, a veces decorado con delantales de oro. Es decir: una misma prenda servía para el último de los sirvientes y para el hijo de los dioses.
Y aunque hoy nos empeñamos en dividir la ropa por géneros, en el antiguo Egipto el lino era unisex en su forma más elemental. Las mujeres lo llevaban bajo sus vestidos y, en algunas escenas de trabajo, como única defensa alrededor de la cintura. Lo importante no era a qué clase pertenecieras, sino tener una tela limpia entre el cuerpo y el mundo.
El lino, la pureza y la limpieza
No hay que olvidar que aquella ropa interior era de lino. El lino se obtenía de la planta del que en español también llamamos “lino” y en Egipto se trabajaba desde hacía milenios. Era fresco, ligero, resistente y fácil de lavar. Se blanqueaba al sol y se cuidaba como una joya. En un país con calor extremo, el lino no solo era cómodo: era vida.
Pero además tenía un valor religioso. El lino blanco era signo de pureza, de orden y de equilibrio. Los sacerdotes no podían entrar en los templos con prendas de lana, porque se consideraba impuro. Los muertos, que se presentaban ante Osiris, necesitaban estar física y simbólicamente limpios. En los textos funerarios hay fórmulas para vestir al difunto y para que sus telas no fallen en el momento crucial. Un taparrabos sucio o roto habría sido un desastre: no solo estético, sino espiritual.
Por eso, la idea de la ropa interior limpia no es un anacronismo. En el viaje eterno, cada pliegue de lino era una pequeña defensa contra el caos. Vestirse en el más allá era actualizar la propia identidad, mostrar que uno seguía siendo digno, que no llegaba desordenado a la mansión de los muertos.
Cincuenta mudas, un solo viaje
¿Por qué exactamente cincuenta? Cabe pensar en la utilidad: cincuenta taparrabos permitían cambiar muchas veces sin necesidad de lavar. En el más allá no había lavanderas, o al menos no estaba garantizada su colaboración. El difunto podía presentarse ante los dioses con la misma seguridad con la que uno se siente bien cuando sabe que lleva ropa limpia por debajo de la ropa.
También era una forma de estatus. Kha no era faraón, pero era alguien importante en la comunidad de Deir el-Medina. Su ajuar mostraba que incluso un funcionario medio quería viajar bien provisto. La ropa que portaba al morir no era solo memoria de su vida en la tierra: era equipaje para una existencia que se imaginaba muy larga, con banquetes, fiestas, paseos por los campos del paraíso y reuniones con los parientes muertos.
Los cincuenta taparrabos, además, no eran idénticos. Había telas más finas y otras más resistentes, probablemente para días distintos o ceremonias diferentes. En el Museo Egipcio de Turín, en vitrinas que conservan el equilibrio exacto entre lo sagrado y lo cotidiano, se pueden ver estas piezas de lino como si esperasen que su dueño volviera a ponérselas. A primera vista parecen simples trapos blancos. Con contexto, son una declaración de principios: si vas a estar muerto para siempre, más vale estar a punto.
La lección de Kha y Meryt
La tumba de Kha y Meryt nos enseña que los antiguos egipcios se tomaban muy en serio la higiene, el vestido y la preparación. No confiaban el futuro a la improvisación. Sabían que la muerte era un viaje largo y que, como en cualquier viaje, la ropa interior limpia es lo primero que se agradece. Esa expresión popular que abre este artículo no es una frase encontrada en un papiro, pero podría haberlo sido. El material de esa sabiduría está expuesto en Turín: cincuenta trozos de lino, doblados por manos muertas hace más de tres mil años, contando una historia de prudencia.
Hoy podemos sonreír, pero hay algo profundo en la imagen. Si de verdad creyéramos que la muerte es un viaje, prepararíamos mejor las maletas. No solo la ropa interior, sino también nuestras cuentas pendientes, nuestras palabras de paz, nuestros recuerdos. Kha no sabía si en el más allá haría frío o calor, si habría tierra o cielo, pero sabía que no quería pasar la eternidad con una prenda sucia. Su precaución puede parecer ingenua, y sin embargo no deja de serconmovedora: ante el misterio absoluto, él eligió la dignidad de lo sencillo.
Quizá por eso conviene terminar con un consejo que podría haber salido de la boca de una madre egipcia: la muerte es un viaje muy largo, así que ponte ropa interior limpia. Y si puedes, lleva cincuenta taparrabos. En el fondo, la prudencia es una forma de fe: prepararse para el viaje porque se cree que el viaje existe. Y no hay prueba más hermosa de esa creencia que un cofre de lino blanco, esperando en un museo, a que su dueño regrese para continuar el camino.
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