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En la primavera de 1937, mientras España se desangraba en una guerra civil que ya se prolongaba por casi un año, un barco francés llamado Mexique zarpaba del puerto de Burdeos con un cargamento humano tan valioso como frágil: 456 niños y niñas, hijos de republicanos, que dejaban atrás su patria en llamas rumbo a un país lejano y desconocido. Ninguno imaginaba entonces que aquel viaje, concebido como una estancia vacacional de pocos meses, se convertiría para la mayoría en un exilio definitivo. Serían recordados por la historia como los «Niños de Morelia» o los «Niños de la Guerra».

El contexto: una infancia rota por la guerra

La Guerra Civil Española (1936-1939) obligó a miles de familias republicanas a buscar refugio para sus hijos, alejándolos de los bombardeos, del hambre y de la incertidumbre. Diversos gobiernos y organizaciones humanitarias promovieron expediciones infantiles hacia países dispuestos a acoger a estos menores: Francia, Bélgica, Reino Unido, la Unión Soviética y, en el caso que nos ocupa, México.

El gobierno mexicano presidido por Lázaro Cárdenas del Río se distinguió desde el inicio del conflicto por su apoyo decidido a la República Española. Cárdenas, sensible a la tragedia infantil y firme defensor de la causa republicana, aceptó recibir a un grupo de niños españoles a petición del Comité Iberoamericano de Ayuda al Pueblo Español, con sede en Barcelona. Las gestiones concretas fueron llevadas a cabo en México por el Comité de Ayuda a los Niños del Pueblo Español, integrado por intelectuales, políticos y activistas comprometidos con la solidaridad hispanoamericana.

El viaje del Mexique

El 27 de mayo de 1937, los 456 menores —de edades comprendidas entre los 4 y los 17 años— embarcaron en Burdeos en el vapor francés Mexique. Habían viajado hasta el puerto galo procedentes de distintas zonas de la España republicana, principalmente Madrid, Valencia, Barcelona, Bilbao y Asturias. Muchos partieron sin comprender del todo lo que estaba ocurriendo; sus padres les habían prometido un reencuentro breve, unas «colonias» al otro lado del mar mientras cesaban los combates.

La travesía duró once días. El 7 de junio de 1937, el Mexique atracó en el puerto de Veracruz, donde los niños fueron recibidos con emoción por autoridades mexicanas, miembros de la colonia española y una multitud que agitaba banderas de ambos países. Desde allí, en un tren especial, fueron trasladados a la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán, tierra natal del presidente Cárdenas.

La Escuela Industrial España-México

En Morelia, los menores fueron alojados en dos edificios habilitados como internados: uno para niños y otro para niñas, que juntos formaron la Escuela Industrial España-México. La institución pretendía ofrecerles educación, formación profesional y un entorno estable mientras se resolvía el conflicto en la península. De este destino común surgió el apelativo por el que hoy se les conoce colectivamente: los «Niños de Morelia».

Los primeros meses estuvieron marcados por el entusiasmo y la esperanza. Sin embargo, pronto comenzaron las dificultades. La adaptación resultó difícil para muchos: el desarraigo, la nostalgia, la ausencia de familia, los cambios en la dirección de los internados y ciertos problemas de disciplina y organización se sumaron a la angustia por las noticias que llegaban desde España. Algunos estudios y testimonios posteriores han documentado episodios de maltrato, abandono institucional y precariedad, especialmente tras la salida de Cárdenas del poder en 1940.

Del exilio temporal al exilio definitivo

El fin de la Guerra Civil, en abril de 1939, no trajo el ansiado regreso. La victoria del bando franquista y la instauración de una dictadura hicieron inviable el retorno de los hijos de republicanos, muchos de cuyos padres habían muerto, estaban encarcelados, exiliados o desaparecidos. Poco después, el estallido de la Segunda Guerra Mundial cerró todavía más las puertas de Europa.

Los Niños de Morelia debieron reinventar sus vidas en México. Algunos fueron adoptados por familias mexicanas o del exilio republicano; otros permanecieron en la escuela hasta alcanzar la mayoría de edad; unos pocos lograron reencontrarse con familiares que también habían emigrado. Con el paso del tiempo, muchos se integraron plenamente en la sociedad mexicana, forjaron carreras profesionales, formaron familias y contribuyeron a la vida cultural, científica, artística y política del país que los acogió. Solo una minoría regresó a España, ya fuera en las décadas siguientes o tras la muerte de Franco en 1975.

Memoria y legado

La historia de los Niños de Morelia ha sido objeto de una amplia bibliografía, elaborada tanto a partir de testimonios biográficos como del estudio de la documentación republicana conservada en México. Investigadores como Dolores Pla Brugat, con su obra fundamental Els nens de Morelia, o Emeterio Payá Valera, uno de los propios niños, han contribuido a preservar esta memoria colectiva. Documentales, novelas, exposiciones y actos conmemorativos han rescatado sus vivencias, evitando que caigan en el olvido.

El exilio infantil que representaron los Niños de Morelia constituye uno de los capítulos más conmovedores de la Guerra Civil Española y, al mismo tiempo, un símbolo del hermanamiento entre España y México. Aquella generosa acogida ordenada por Lázaro Cárdenas se sumaría, apenas dos años después, a la recepción masiva del exilio republicano adulto, consolidando a México como la gran patria de refugio de los vencidos de 1939.

Casi noventa años después de aquel viaje, la memoria de los 456 niños que cruzaron el Atlántico en el Mexique sigue viva como testimonio del horror de la guerra, del desamparo de la infancia y, también, de la solidaridad entre pueblos que en momentos de tragedia son capaces de tender la mano.

Generado por Claude Opus 4.7


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He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.