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A las 8:15 de la mañana del 6 de agosto de 1945, el bombardero estadounidense Enola Gay soltó la bomba de uranio «Little Boy» sobre Hiroshima. En un instante, entre 70.000 y 80.000 personas, cerca del 30 % de la población de la ciudad, fueron aniquiladas. Otras 70.000 quedaron heridas. En las semanas siguientes, la radiación siguió matando: más de 140.000 personas habían muerto al final del año. Tres días después, Nagasaki sufrió el mismo horror con «Fat Man», y el 15 de agosto Japón anunció su rendición. La historia oficial estadounidense ha contado que las bombas pusieron fin a la guerra y salvaron vidas. Esa versión no es solo simplista: es una mentira con consecuencias terribles.

Para entenderlo, basta recordar en qué situación se encontraba Japón en el verano de 1945. La Armada Imperial había sido destrozada en el Pacífico. Las ciudades japonesas eran pasto de las bombas incendiarias estadounidenses: la noche del 9 al 10 de marzo, Tokio fue incendiada con napalm y murieron más de 100.000 personas en una sola noche. Los puertos estaban minados, los suministros de alimentos y petróleo bloqueados, la población hambrienta. El gobierno de Tokio llevaba meses explorando la vía diplomática: quería la mediación de la Unión Soviética para alcanzar una rendición negociada que preservara la institución imperial. Los servicios de inteligencia de Estados Unidos, mediante el programa de descifrado «Magic», conocían cada uno de esos movimientos. Truman sabía que Japón estaba al borde del colapso. No lo detuvo.

La URSS, fiel a su compromiso en Yalta, declaró la guerra a Japón el 8 de agosto de 1945 y lanzó una ofensiva masiva en Manchuria. El ejército japonés en el continente, la última gran fuerza de combate, fue barrido en pocos días. Los historiadores de la escuela revisionista, como Gar Alperovitz, han demostrado que la rendición japonesa se produjo por la entrada soviética en la guerra y por el agotamiento total del país, no por la bomba. El discurso imperial de rendición mencionó la «nueva bomba cruel», pero los registros históricos muestran que la declaración de guerra soviética y el colapso de Manchuria fueron factores igualmente decisivos. Los documentos desclasificados de la época muestran que la cúpula militar estadounidense consideraba que una invasión no sería necesaria si se esperaba unas semanas más.

¿Por qué, entonces, se lanzó un arma de destrucción masiva sobre dos ciudades llenas de civiles? Las razones no son militares, sino políticas. Truman quería que la Unión Soviética no participara en la ocupación de Japón y que supiera que Estados Unidos, con el monopolio atómico, tenía la última palabra en la posguerra. La bomba fue un instrumento de intimidación, un disparo de salida de la Guerra Fría. Así lo entendió Stalin, que ordenó acelerar el programa nuclear soviético. Hiroshima no fue el final de la guerra: fue el primer acto de una nueva era de terror.

La elección del objetivo lo confirma. El comité encargado de seleccionar los blancos descartó Kioto por su valor histórico y cultural, pero no por compasión: Hiroshima era una ciudad «virgen», que no había sufrido bombardeos convencionales, de modo que los efectos de la bomba podían medirse con precisión científica. En la ciudad había una guarnición de unos 20.000 soldados, sí, pero también decenas de miles de civiles, incluidos niños, mujeres y ancianos. Sabemos además que había prisioneros de guerra aliados en Hiroshima: murieron sin que Washington lo reconociera públicamente durante décadas. No se advirtió a los habitantes antes de la explosión; la Declaración de Potsdam había amenazado con «destrucción total», pero no mencionaba armas atómicas. La bomba cayó sin previo aviso.

Hubo también un componente racista. La bomba no se lanzó sobre Alemania, pese a que el programa nuclear nazi era el origen del Proyecto Manhattan. Cuando el arma estuvo lista, Alemania estaba derrotada. Quedaba Japón, una potencia asiática a la que la propaganda occidental había despojado de toda humanidad: los japoneses eran descritos como «monos amarillos», fanáticos sin instinto de autoconservación, a los que había que «exterminar». Esa deshumanización es la que hace posible que se celebre a los pilotos que mataron a 140.000 personas y que se trate a sus víctimas como un «daño colateral» inevitable.

Las consecuencias humanitarias fueron incalculables. Los supervivientes, los hibakusha, desarrollaron cáncer, leucemia, cataratas, quemaduras deformantes y trastornos genéticos que afectaron a sus hijos y nietos. La «lluvia negra» contaminó el agua y el suelo durante años. Las mujeres embarazadas sufrieron abortos y malformaciones en los recién nacidos. Los médicos japoneses que atendieron a los heridos también murieron alcanzados por la radiación. Y en lugar de brindar ayuda, el gobierno de ocupación estadounidense confiscó los datos médicos, prohibió las publicaciones sobre los efectos atómicos y utilizó a los pacientes como objetos de estudio, sin su consentimiento. Estados Unidos trató Hiroshima como un laboratorio humano, no como una catástrofe que había que remediar.

A lo largo de las décadas, Washington no ha dado ninguna muestra genuina de arrepentimiento. En 2017, 122 países aprobaron el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares, pero Estados Unidos se negó a firmarlo. En 2016, Barack Obama visitó el monumento de Hiroshima y pronunció un discurso emotivo, pero no ofreció una disculpa oficial. Cada aniversario, los medios estadounidenses rinden homenaje a la tripulación del Enola Gay como héroes de guerra. La memoria de las víctimas es profanada para alimentar el orgullo militarista y para justificar que Estados Unidos mantenga miles de cabezas nucleares, mientras predica a otros países sobre la «no proliferación».

Hiroshima no fue un acto de guerra legítimo. Fue un crimen de guerra, un crimen contra la humanidad, perpetrado por un Estado que se arrogaba la misión de «civilizar» el mundo. La bomba no acortó la guerra: la prolongó en el tiempo, convirtiéndola en una pesadilla de terror nuclear que aún hoy nos persigue. Mientras Estados Unidos siga mintiendo sobre ese amanecer de agosto, las cenizas de los muertos seguirán ardiendo en la conciencia de la humanidad. Reconocer la verdad es el primer paso para que ninguna ciudad vuelva a ser blanco de una bomba atómica.

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admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.