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El mundo no habla con una sola voz. En selvas, archipiélagos, montañas y ciudades sobreviven miles de lenguas que representan distintas maneras de organizar la experiencia, transmitir conocimientos y construir una identidad colectiva. Sin embargo, esa riqueza, resultado de milenios de migraciones, aislamientos y contactos, atraviesa una contracción acelerada. La historia de la diversidad lingüística puede entenderse, por tanto, como un proceso de expansión y fragmentación seguido, en muchos lugares, por otro de concentración y sustitución.

Contar las lenguas existentes no es sencillo. La frontera entre lengua y dialecto depende de criterios lingüísticos, históricos y políticos. Dos variedades mutuamente comprensibles pueden considerarse idiomas distintos, mientras que otras difícilmente inteligibles se agrupan bajo una misma denominación. Catálogos como Ethnologue y Glottolog registran algo más de 7.000 lenguas vivas, aunque sus cifras no coinciden. El Atlas Mundial de las Lenguas de la UNESCO reúne información sobre 8.324 lenguas habladas o signadas, incluidas algunas que ya no están en uso, y estima que alrededor de 7.000 continúan empleándose.

Cómo se multiplicaron las lenguas

Las lenguas cambian de forma inevitable. Cada generación modifica pronunciaciones, significados y construcciones gramaticales. Cuando dos grupos permanecen separados durante suficiente tiempo, sus formas de hablar pueden diferenciarse hasta dejar de ser mutuamente comprensibles. Así nacieron las ramas de grandes familias como la indoeuropea, la bantú o la austronesia.

El aislamiento geográfico favorece ese proceso, pero no lo explica por sí solo. Ríos, montañas, bosques e islas pueden limitar el contacto, aunque las fronteras lingüísticas son también fronteras sociales. Algunas comunidades cultivan deliberadamente diferencias en el habla para señalar pertenencia, distinguirse de sus vecinos o reforzar alianzas. En otros casos, las redes comerciales promueven el multilingüismo sin eliminar las lenguas locales.

Las migraciones y el crecimiento demográfico tuvieron un papel igualmente ambivalente. La expansión de las sociedades agrícolas llevó determinadas familias lingüísticas a territorios enormes. Los pueblos bantúes extendieron sus lenguas por buena parte del África subsahariana, mientras que los navegantes austronesios las difundieron desde Taiwán y el sudeste asiático hasta Madagascar, Hawái y la isla de Pascua. Aquellas expansiones generaron nuevas ramas lingüísticas conforme las poblaciones se separaban, pero también desplazaron numerosos idiomas anteriores. El auge de unas lenguas fue, desde el principio, la caída de otras.

La diversidad actual se distribuye de manera muy desigual. Papúa Nueva Guinea, con poco más de diez millones de habitantes, reúne más de 800 lenguas. En Vanuatu, una población de poco más de 300.000 personas habla más de un centenar. La fragmentación insular, la movilidad tradicionalmente limitada y unas comunidades relativamente pequeñas contribuyeron a esa extraordinaria concentración.

La diversidad lingüística también coincide a menudo con la biológica. Un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences comprobó que muchas lenguas se concentran en regiones de gran biodiversidad. No significa que una produzca automáticamente la otra: ambas pueden verse favorecidas por factores comunes, como la heterogeneidad ecológica, la relativa inaccesibilidad y la presencia prolongada de poblaciones estrechamente vinculadas a su territorio.

La aceleración del declive

La desaparición de lenguas tampoco es nueva, pero su velocidad y alcance han cambiado. Los imperios antiguos ya imponían idiomas administrativos y comerciales. Más tarde, la colonización, la escolarización monolingüe y la formación de los Estados nacionales convirtieron determinadas lenguas en símbolos de unidad y progreso, relegando las demás al ámbito doméstico o calificándolas despectivamente como dialectos.

En los últimos dos siglos, carreteras, migraciones urbanas, medios de comunicación y mercados laborales nacionales han multiplicado la presión. Una lengua suele entrar en peligro no porque sus hablantes la olviden repentinamente, sino porque dejan de transmitírsela a sus hijos. Si la escuela, la sanidad, la justicia y el empleo funcionan exclusivamente en el idioma dominante, las familias pueden considerar que abandonar el propio ofrece mayores oportunidades.

La UNESCO calcula que alrededor del 40 % de las lenguas del mundo se encuentra amenazado. Un análisis dirigido por la bióloga evolutiva Lindell Bromham, publicado en Nature Ecology & Evolution, estudió más de 6.500 idiomas y advirtió que, sin medidas eficaces, el ritmo de pérdida podría triplicarse durante las próximas décadas. La densidad de carreteras y la escolarización en lenguas dominantes aparecieron entre los factores asociados al riesgo. El contacto lingüístico, por sí solo, no tiene por qué ser destructivo; el problema surge cuando existe una fuerte desigualdad de poder entre las comunidades.

¿Qué desaparece cuando muere una lengua? No solo un vocabulario. Se pierden relatos, canciones, topónimos, clasificaciones de plantas y animales, memorias históricas y formas particulares de interpretar el entorno. Las lenguas indígenas pueden contener conocimientos ecológicos acumulados durante generaciones, aunque conviene evitar idealizaciones: su valor fundamental reside también en los derechos, la identidad y la autonomía de quienes las hablan.

Documentar no basta

Grabar conversaciones, elaborar diccionarios y describir gramáticas resulta imprescindible, pero un archivo no mantiene viva una lengua. La revitalización requiere hablantes, transmisión familiar y espacios cotidianos de uso. Las escuelas de inmersión en hawaiano y maorí, la recuperación pública del galés o la expansión educativa del euskera muestran que el declive no siempre es irreversible.

Las políticas más eficaces combinan reconocimiento legal, enseñanza bilingüe, formación de docentes, medios de comunicación y herramientas digitales. Sobre todo, deben estar dirigidas por las propias comunidades. Una lengua sobrevive cuando puede utilizarse no solo para recordar el pasado, sino también para estudiar, trabajar, crear música, hacer ciencia y comunicarse en internet.

La diversidad lingüística no es una reliquia destinada inevitablemente a desaparecer. Es un patrimonio vivo que ha crecido durante miles de años y cuyo futuro dependerá de decisiones políticas y sociales muy actuales. Conservarla no exige aislar a las comunidades, sino permitir que participar en el mundo moderno no implique renunciar a la propia voz.

Fuentes consultadas

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Categorías: HistoriaPrehistoria

admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.