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Cómo las olas de calor y los fenómenos extremos desmantelan los vínculos sociales de los que todos dependemos


Piense en la última ola de calor. Probablemente canceló un paseo, dejó de acudir al gimnasio o al club de lectura, no se acercó a casa de su madre y respondió con un monosílabo al vecino del rellano. Nada dramático: pequeñas renuncias que parecen sensatas cuando el termómetro roza los 40 grados.

Multiplique esas renuncias por semanas, por barrios enteros y por veranos cada vez más largos, y aparece un fenómeno que la investigación empieza a documentar: el clima extremo no solo daña cuerpos e infraestructuras, también erosiona el tejido social. Dos crisis de salud pública —la climática y la de la soledad— se están entrelazando, y cada una agrava a la otra.

Dos epidemias que se cruzan

En 2023 la Organización Mundial de la Salud creó una Comisión sobre Conexión Social y calificó la soledad como una amenaza sanitaria global. Su informe estima que alrededor de una de cada seis personas en el mundo se siente sola y que el aislamiento está asociado a cientos de miles de muertes cada año. Los metaanálisis clásicos de la psicóloga Julianne Holt-Lunstad cifran en torno a un 25-30 % el aumento del riesgo de mortalidad prematura vinculado al aislamiento social, un efecto que se ha comparado —con matices— al de fumar quince cigarrillos diarios.

Al mismo tiempo, los veranos europeos baten récords con una regularidad que ya no sorprende. En España, los sistemas de vigilancia atribuyen al calor miles de muertes cada estío, y la DANA que arrasó la comarca valenciana de l’Horta Sud en octubre de 2024 dejó más de doscientas víctimas y decenas de miles de vidas descolocadas.

Solemos analizar ambos fenómenos por separado. La evidencia sugiere que deberíamos leerlos juntos.

El calor nos empuja hacia dentro

El mecanismo más obvio es también el más ignorado: el calor extremo vacía el espacio público. Un estudio ya clásico de los economistas Joshua Graff Zivin y Matthew Neidell, basado en encuestas estadounidenses de uso del tiempo, halló que en los días que superan los 30 °C las personas reducen en torno a media hora su tiempo de ocio al aire libre. Los datos de movilidad de teléfonos móviles apuntan en la misma dirección: caen las visitas a parques, plazas y paseos, y en general las actividades no obligatorias.

Ese tiempo no se traslada íntegro a otras formas de sociabilidad. Buena parte se convierte en horas a solas en casa, con las persianas bajadas y el aire acondicionado —quien lo tenga— encendido. El humo de los incendios forestales, que en los últimos años ha teñido cielos desde Canadá hasta el Mediterráneo, produce un efecto similar: recomendaciones de permanecer en interiores, colegios que suspenden el recreo, fiestas populares canceladas.

Y son precisamente esos encuentros aparentemente triviales —el banco a la sombra, la partida en el club de jubilados, el mercado del sábado— los que sostienen lo que el sociólogo Ray Oldenburg llamó terceros lugares: espacios que no son ni la casa ni el trabajo y en los que se fabrica, casi sin querer, la confianza cotidiana.

El calor también cambia cómo nos tratamos

Hay un segundo mecanismo, más sutil. El calor altera el estado de ánimo. Investigaciones dirigidas por Nick Obradovich han asociado los meses anómalamente cálidos con un empeoramiento de la salud mental autodeclarada, y otros trabajos vinculan las noches tropicales con un déficit crónico de sueño, un potente predictor de irritabilidad. La literatura sobre temperatura y conducta antisocial es amplia: cuando sube el termómetro aumentan los delitos violentos, los conflictos de tráfico y las agresiones domésticas, mientras tienden a disminuir los comportamientos prosociales, desde ceder el paso hasta ayudar a un desconocido.

Nadie decide «ser peor vecino» en agosto. Simplemente, el organismo sobrecalentado y mal descansado dispone de menos recursos para la paciencia, la empatía y la conversación.

Los desastres rompen las redes que nos sostienen

Si las olas de calor desgastan los vínculos, las catástrofes los rompen de golpe. Una inundación o un incendio no solo destruyen viviendas: dispersan comunidades. Las familias se realojan en municipios distintos, los niños cambian de colegio, cierran el bar, la parroquia o el centro cívico donde la gente coincidía. Tras el huracán Katrina, tras el incendio de Paradise en California o tras la DANA valenciana, los relatos se repiten: una oleada inicial de solidaridad intensa —lo que los sociólogos llaman comunidad terapéutica— seguida, meses después, por el agotamiento, el litigio con las aseguradoras, la desconfianza y la marcha de los vecinos que pudieron irse.

El politólogo Daniel Aldrich lleva dos décadas mostrando que el capital social —conocer a los vecinos, pertenecer a asociaciones, tener a quién llamar— predice la recuperación posdesastre mejor que la riqueza o incluso que la magnitud de los daños. La paradoja es cruel: los desastres destruyen justo el recurso que más falta hace para superarlos.

Y la soledad, a su vez, mata en las olas de calor

El bucle se cierra en la otra dirección. El caso más estudiado sigue siendo la ola de calor de Chicago de 1995, con más de 700 muertes. En su «autopsia social», Eric Klinenberg comparó dos barrios contiguos, pobres y mayoritariamente afroamericanos: en uno, con comercios abiertos, aceras transitables y asociaciones activas, la mortalidad fue una fracción de la del otro, socialmente desertizado. La diferencia no fue el clima ni la renta: fue la infraestructura social.

Europa aprendió la misma lección en 2003, cuando la canícula causó unas 15 000 muertes solo en Francia, con una sobrerrepresentación brutal de personas mayores que vivían solas y a las que nadie llamó. De ahí nacieron los registros municipales de personas vulnerables y los planes de llamadas de seguimiento.

El problema es que la exposición estructural crece: en España casi tres de cada diez hogares son unipersonales, y una parte creciente corresponde a mayores de 65 años.

Adaptarse sin encerrarnos

La conclusión no es que debamos salir a pasear a 42 grados. Es que la adaptación climática no puede diseñarse como si fuéramos individuos aislados en habitaciones refrigeradas.

Hay alternativas probadas. Barcelona mantiene una red de más de doscientos refugios climáticos —bibliotecas, museos, centros cívicos, patios escolares— pensados no solo para refrescar, sino para que la gente coincida. París y Viena multiplican fuentes, arbolado y «islas de frescor». Varios municipios españoles combinan censos de personas mayores solas con llamadas y visitas durante los avisos por calor. Las bibliotecas públicas, esas infraestructuras sociales infravaloradas, son quizá la política antisoledad más rentable jamás inventada.

Sombra en las paradas de autobús, calles arboladas, horarios adaptados, espacios comunitarios climatizados y abiertos por la tarde, planes de emergencia que incluyan explícitamente el mapa de quién vive solo: son medidas modestas frente a la magnitud del problema, pero actúan sobre las dos crisis a la vez.

Porque el aire acondicionado privado resuelve la temperatura de una habitación. No resuelve la temperatura de una sociedad.


Generado por Claude Opus 5 max


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.