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En un mundo donde los conflictos armados se multiplican y la violencia se normaliza, hay un actor que opera en las sombras, alimentando el fuego de la guerra con el dinero de la ciudadanía: la banca española. Mientras los discursos políticos hablan de paz, derechos humanos y desarrollo sostenible, los grandes bancos del país —Santander, BBVA, CaixaBank y Sabadell— han convertido la financiación de la industria armamentística en un negocio más. Un negocio que, según datos del Centre Delàs d’Estudis per la Pau, supera los 9.885 millones de dólares en los últimos años, con el Santander a la cabeza, invirtiendo 5.445,5 millones, seguido del BBVA con 3.187,3 millones, CaixaBank con 657,6 millones y Banco Sabadell con 145,4 millones.


Este no es un fenómeno aislado. Es un sistema. Un sistema en el que los bancos, en lugar de ser meros espectadoress, son cómplices activos de la militarización global. Y lo hacen con el dinero de sus clientes, con los ahorros de personas que, en muchos casos, ni siquiera son conscientes de que su cuenta corriente o su fondo de inversión está contribuyendo a fabricar bombas, aviones de combate o sistemas de vigilancia que luego se utilizan en conflictos como el de Gaza, Yemen o Ucrania.


El negocio de la guerra: rentable y opaco

La industria armamentística es, sin duda, uno de los sectores más rentables del mundo. Según el informe «El negocio de los bancos en el belicismo global» del Centre Delàs, las principales empresas de armas europeas —como Indra, Airbus, Rheinmetall, Leonardo o Saab— han acumulado beneficios de más de 80.000 millones de euros desde 2015, y las previsiones son aún más optimistas para los próximos años, gracias al plan de rearme europeo, que destinará 800.000 millones de euros a la militarización del continente. Pero este rearme no sería posible sin la financiación de los bancos, que actúan como socios indispensables para la producción y expansión de la industria militar.

En España, el mapa de la financiación armamentística es claro: el 75% de las armas no existirían sin el apoyo de los bancos. Y no se trata solo de préstamos o líneas de crédito. Los bancos también son accionistas de estas empresas, lo que significa que obtienen beneficios directos de la venta de armas. El Santander y el BBVA, por ejemplo, no solo financian, sino que poseen acciones en empresas como Indra o Airbus, lo que les convierte en beneficiarios directos de la guerra.

Pero, ¿cómo es posible que esto ocurra en un país que se autoproclama defensor de los derechos humanos? La respuesta es sencilla: porque el sistema financiero opera con una opacidad deliberada. Cuando una persona abre una cuenta, contrata una hipoteca o invierte en un fondo, nadie le explica que su dinero puede acabar en manos de empresas que venden armas a regímenes autoritarios o a países en conflicto. El ahorro cotidiano se convierte, así, en combustible para la maquinaria de guerra.


El mapa de la complicidad: ¿quién financia qué?

El informe del Centre Delàs desglosa cómo los bancos españoles han participado en 11.738 operaciones de financiación a empresas armamentísticas entre 2022 y 2024, con un total de 279.331 millones de dólares destinados a este sector en Europa. Pero, ¿qué empresas reciben este dinero y para qué se utiliza?

  • Indra: Una de las mayores empresas españolas de defensa, especializada en sistemas de vigilancia y tecnología militar. Financiada por Santander, BBVA y CaixaBank.
  • Airbus: Gigante europeo de la aeronáutica, que fabrica aviones de combate como el Eurofighter. El BBVA y el Santander son accionistas.
  • Rheinmetall: Empresa alemana que produce tanques y municiones, con una fuerte presencia en España. Financiada por Santander y BBVA.
  • Navantia: Empresa pública española que construye barcos de guerra. El ICO (Instituto de Crédito Oficial) y la SEPI (Sociedad Estatal de Participaciones Industriales) son sus principales financiadores.

Además, bancos como Kutxabank —que se presenta como defensor del desarrollo local en Euskadi— han invertido 95,4 millones de dólares en empresas como Aernnova, Sidenor o Grupo Eulen, todas ellas vinculadas al sector de la defensa.


La hipocresía de la Responsabilidad Social Corporativa (RSC)

Uno de los aspectos más cínicos de este fenómeno es que los bancos que más invierten en armas son los mismos que presumen de tener las políticas de Responsabilidad Social Corporativa (RSC) más avanzadas. Santander, BBVA, CaixaBank y Sabadell, por ejemplo, incluyen en sus informes anuales secciones sobre sostenibilidad, derechos humanos y ética empresarial. Sin embargo, estas políticas no impiden que financien empresas vinculadas a violaciones de derechos humanos.

De hecho, según el informe «Los grandes bancos comerciales españoles con políticas de RSC más desarrolladas en materia de defensa» del Centre Delàs, ninguno de estos bancos tiene una política clara de exclusión de inversiones en el sector armamentístico. Algunos, como CaixaBank y Santander, incluso tienen listados de exclusión para empresas fabricantes de armamento, pero estos listados son insuficientes y llenos de lagunas. Por ejemplo, no incluyen a empresas que, aunque no fabrican armas directamente, suministran componentes esenciales para su producción.


La banca pública: cómplice del rearme

No solo los bancos privados están involucrados. La banca pública también juega un papel clave en la militarización. La SEPI, por ejemplo, tiene una participación accionarial en Indra y es dueña al 100% de Navantia, la principal empresa española de barcos de guerra. El ICO (Instituto de Crédito Oficial) y el Fondo de Garantía de Depósitos también han invertido millones en el sector armamentístico.

Además, el Banco Europeo de Inversiones (BEI) ha sido señalado por su creciente implicación en la financiación de proyectos militares, lo que refuerza la idea de que la militarización de Europa no es solo una cuestión de Estados, sino también de instituciones financieras.


¿Qué podemos hacer como ciudadanía?

Ante este escenario, la pregunta es inevitable: ¿qué podemos hacer los ciudadanos para evitar que nuestro dinero financie la guerra? La respuesta no es sencilla, pero hay pasos que se pueden dar:

  1. Exigir transparencia: Los bancos deben informar claramente a sus clientes sobre qué hacen con su dinero. Actualmente, esta información es opaca y de difícil acceso.
  2. Retirar el dinero de bancos armados: Existen alternativas, como la banca ética (Triodos, FiSystem, Coop57), que garantizan que los ahorros no se destinan a sectores como el armamentístico.
  3. Presionar por políticas de exclusión: Las campañas como Banca Armada —impulsada por el Centre Delàs— trabajan para denunciar estas prácticas y exigir a los bancos que dejen de financiar la industria militar.
  4. Movilización social: La presión ciudadana puede obligar a los bancos a cambiar sus políticas. Ejemplo de ello son las intervenciones en juntas de accionistas de bancos como Santander, BBVA o CaixaBank, donde activistas han denunciado públicamente sus inversiones en armas.

Conclusión: el dinero no es neutral

El dinero nunca es neutral. Cuando depositamos nuestros ahorros en un banco, cuando contratamos una hipoteca o invertimos en un fondo, estamos tomando una decisión política. Y en el caso de la banca española, esa decisión está alimentando un sistema que prioriza el beneficio sobre la vida humana.

Mientras los bancos sigan financiando la industria armamentística, todos nosotros, aunque no queramos, seremos cómplices de un modelo que convierte la guerra en un negocio. La única forma de romper este círculo es exigir transparencia, retirar nuestro dinero de las entidades armadas y apoyar alternativas éticas.

Como dijo el investigador Jordi Calvo del Centre Delàs: «Solo una prohibición total, completa y transversal a todas las actividades de las entidades financieras en cuanto a la financiación de la producción y compraventa del sector armamentístico es garantía de que tales inversiones no se produzcan». El momento de actuar es ahora.


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admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.