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Colombia ha entrado en una de las etapas más oscuras y anacrónicas de su historia republicana. Lo que para un sector del electorado fue presentado como la «salvación» frente al progresismo, se ha revelado, en apenas unos días, como una pesadilla de narcisismo político y negligencia administrativa. La llegada de Abelardo de la Espriella a la Casa de Nariño no solo representa un giro ideológico hacia la ultraderecha más visceral, sino que marca la instauración de un estilo de gobernar basado en el «chulesco» y la prepotencia, donde el ego del mandatario parece ser más grande que la propia tragedia nacional.
El inicio de este gobierno no ha sido simplemente «complicado»; ha sido catastrófico. Apenas tres días después de tomar posesión, la tierra rugió en el corazón de Colombia, desatando uno de los terremotos más devastadores de su historia. Mientras el Eje Cafetero, el Valle del Cauca y el Chocó se hundían bajo escombros y el llanto de miles de víctimas, el país no encontró en su nuevo presidente a un estadista, sino a un abogado litigante acostumbrado a los focos, que confunde el ejercicio del poder con el espectáculo de la dominación.
La anatomía de un presidente chulesco
Abelardo de la Espriella no llegó a la presidencia con un plan de gobierno técnico, sino con una narrativa de «limpieza» y «orden» basada en el miedo y la confrontación. Su discurso, impregnado de una retórica ultraderechista que recuerda a los populismos autoritarios de la región, se ha centrado más en humillar al adversario que en coordinar el Estado.
El término «chulesco» define a la perfección su proceder. Esa actitud de superioridad arrogante, ese tono condescendiente con quien no comparte su visión y esa prepotencia que lo lleva a creer que su voluntad individual está por encima de los protocolos institucionales. Para De la Espriella, el Estado parece ser una extensión de su bufete de abogados: un lugar donde se imponen condiciones, se gritan sentencias y se desprecia a quien se considera «inferior» o «enemigo».
Esta actitud no es un detalle menor de personalidad; es un problema de gobernanza. Un presidente que desprecia a sus subordinados, que ridiculiza a la oposición y que trata a la ciudadanía desde un pedestal de arrogancia, es incapaz de generar el consenso necesario para manejar una crisis nacional. En el momento en que Colombia más necesitaba un líder empático y coordinador, encontró a un hombre obsesionado con su propia imagen de «hombre fuerte».
Un gobierno de improvisados y el caos de la descoordinación
La tragedia del terremoto ha puesto al desnudo la fragilidad de un gobierno que nació muerto en términos de coordinación. La ultraderecha de De la Espriella prometió eficiencia y «mano dura», pero en la práctica, el Palacio de Nariño se ha convertido en un centro de mando caótico donde impera la improvisación.
La respuesta ante el desastre en el Eje Cafetero, el Valle y el Chocó ha sido lenta, errática y, en muchos casos, inexistente. Mientras los rescatistas luchaban contra el tiempo para sacar personas vivas de entre los escombros, el gobierno se perdía en disputas internas de ego y en una cadena de mando difusa. No hay una estrategia clara de Gestión del Riesgo; lo que hay es una serie de órdenes contradictorias emitidas desde la prepotencia del presidente, quien parece creer que el desastre natural se soluciona con decretos autoritarios y discursos incendiarios en redes sociales.
La descoordinación es el síntoma de un gobierno compuesto por leales al caudillo y no por técnicos capaces. La ultraderecha ha llenado los ministerios y las direcciones clave con figuras cuya única credencial es la fidelidad ideológica y la capacidad de aplaudir al presidente. El resultado es una maquinaria estatal paralizada. Cuando el Chocó —una región históricamente olvidada y ahora devastada— clamaba por ayuda humanitaria básica, la respuesta del gobierno fue el silencio o la culpabilización de las víctimas, sugiriendo que la falta de infraestructura era culpa de «los gobiernos progresistas anteriores», olvidando que el presidente actual es quien ostenta hoy el mando y la responsabilidad legal y moral de salvar vidas.
El peligro de la ultraderecha en el poder
El ascenso de Abelardo de la Espriella no es un hecho aislado, sino el síntoma de una sociedad fracturada que, movida por el miedo y la polarización, entregó las llaves del Estado a quien prometía «golpear la mesa». Sin embargo, la ultraderecha, cuando llega al poder, suele confundir la autoridad con el autoritarismo y el orden con la represión.
En este nuevo escenario, los derechos humanos han pasado a un segundo plano. La retórica del presidente sugiere que cualquier crítica a su gestión de la emergencia es un acto de «traición a la patria» o un ataque de la «izquierda castrochavista». Esta narrativa es peligrosa porque busca blindar la incompetencia gubernamental mediante la persecución política. En lugar de rendir cuentas sobre por qué las ayudas no llegan al Valle del Cauca o por qué el Eje Cafetero sigue colapsado, el gobierno se dedica a buscar chivos expiatorios.
La tragedia de Colombia se agrava porque el país no solo lucha contra los efectos de un sismo devastador, sino contra un sismo institucional. La democracia se debilita cuando el presidente utiliza la tragedia para consolidar un poder personalista, ignorando los canales de cooperación internacional y despreciando la ayuda de organizaciones que no se alinean con su visión ultraderechista.
Colombia: Entre los escombros y la arrogancia
Lo que estamos presenciando es la perfecta tormenta: un desastre natural de magnitudes históricas sumado a un desastre político de proporciones épicas. Colombia no puede permitirse un presidente que gestione la muerte y el dolor desde la prepotencia. Un país que sangra no necesita a alguien que le diga que «así son las cosas» o que «el fuerte sobrevive», necesita un Estado eficiente, humano y coordinado.
La imagen de De la Espriella, más preocupado por mantener su postura de «hombre fuerte» y chulesco que por coordinar la logística de los puentes aéreos de emergencia, es la metáfora de su gobierno: una cáscara de arrogancia que esconde un vacío absoluto de capacidad administrativa.
Si el inicio de su mandato es el espejo de lo que vendrá, Colombia se encamina a una tragedia prolongada. El terremoto habrá dejado miles de muertos y ciudades destruidas, pero la gestión de este gobierno ultraderechista podría dejar algo mucho más difícil de reconstruir: la confianza en las instituciones y el tejido social de una nación que ya estaba al límite.
El poder no es un juguete para el narcisista, ni la presidencia es un estrado para que un abogado prepotente siga dando lecciones de arrogancia. El poder es servicio, es coordinación y, sobre todo, es humildad ante el dolor ajeno. Abelardo de la Espriella ha fallado en todas estas dimensiones. Mientras el país sigue bajo los escombros, el presidente sigue viviendo en su propia burbuja de superioridad, ignorando que la historia, al igual que la tierra, termina por sacudir y derribar a quienes creen que están por encima de todos.
Colombia hoy no solo llora a sus muertos por el sismo; comienza a llorar la pérdida de la cordura en el Palacio de Nariño. La tragedia es doble: la de la naturaleza y la de la política. Y en medio de ambas, el eco de un presidente chulesco que, en su afán de dominar, ha olvidado cómo gobernar.
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