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El jueves, el director ejecutivo de Flock Safety, Garrett Langley, anunció una batería de cambios en las políticas de la compañía destinados —según dijo— a limitar el uso indebido de sus cámaras lectoras de matrículas, esos dispositivos negros montados sobre postes que se han multiplicado en calles, cruces y entradas de urbanizaciones de todo Estados Unidos. El anuncio llega después de meses de creciente indignación pública, investigaciones periodísticas incómodas y una ola de decisiones municipales que han empezado a frenar la expansión de la empresa.

Un imperio construido sobre matrículas

Flock Safety, fundada en Atlanta en 2017, se ha convertido en pocos años en uno de los proveedores de tecnología policial de mayor crecimiento del país. Su producto estrella es aparentemente sencillo: una cámara que fotografía la parte trasera de cada vehículo que pasa, lee la matrícula mediante reconocimiento óptico de caracteres y registra además características del coche —marca, color, tipo, calcomanías, portaequipajes— para crear lo que la empresa llama una «huella digital del vehículo». Cada captura se almacena con fecha, hora y ubicación.

Multiplicado por decenas de miles de cámaras repartidas por miles de jurisdicciones, el resultado es una base de datos capaz de reconstruir los movimientos de prácticamente cualquier conductor. Y aquí está el nudo del problema: la mayoría de esos registros corresponden a personas que no son sospechosas de nada. Basta con conducir.

De la herramienta contra el crimen al acoso personal

Las críticas más demoledoras no provienen de temores abstractos sobre el futuro de la privacidad, sino de casos concretos y documentados. Distintas investigaciones han revelado que agentes de policía de varios estados han utilizado el sistema para rastrear a exparejas, a personas por las que sentían interés romántico, a las exparejas de sus parejas actuales o a familiares con los que mantenían disputas. En algunos casos, los motivos de búsqueda registrados en el sistema eran genéricos —»investigación»— o directamente falsos.

A esos episodios se han sumado otras controversias: búsquedas realizadas en nombre de agencias federales de inmigración desde departamentos locales que teóricamente tenían prohibido colaborar en ese tipo de operaciones, consultas relacionadas con abortos y casos de acceso a datos por parte de agencias situadas a miles de kilómetros, gracias a la red de intercambio nacional que Flock habilitó entre sus clientes.

El descubrimiento de que una cámara instalada en un pueblo pequeño podía alimentar consultas hechas por policías de otro estado —o por autoridades federales— transformó un debate local en un asunto nacional.

La resistencia: de la protesta al destornillador

La reacción ciudadana ha adoptado dos vías. La primera es institucional: al menos una veintena de gobiernos locales revisaron, suspendieron o cancelaron sus contratos con la empresa durante julio, y decenas más han abierto debates públicos sobre la renovación. Ayuntamientos que habían aprobado la instalación de cámaras casi sin discusión se han encontrado con audiencias públicas abarrotadas y concejales exigiendo auditorías.

La segunda vía es mucho menos formal. En comunidades de internet y en la calle han proliferado métodos caseros para inutilizar los dispositivos: derribar los postes, pintar las lentes con espray, cortar los cables de alimentación o, en la versión más elemental, colocar una bolsa de plástico sobre la cámara. Algunos activistas han publicado mapas colaborativos con la ubicación de los aparatos. La empresa ha respondido reportando daños y colaborando con investigaciones policiales, pero el fenómeno revela hasta qué punto el rechazo se ha vuelto tangible.

Qué prometió exactamente Flock

Frente a este escenario, Langley presentó tres medidas principales.

La primera convierte en obligatoria una función que hasta ahora era opcional: un sistema que detecta «actividad anómala» en las búsquedas —patrones que sugieren consultas repetidas sobre un mismo vehículo, volúmenes inusuales o motivos sospechosos— y la marca para revisión por parte de los supervisores del departamento.

La segunda reduce el periodo de conservación de datos recomendado por defecto para los productos de vigilancia de la compañía, acortando la ventana durante la cual los registros históricos quedan disponibles para su consulta.

La tercera establece límites al intercambio de información entre departamentos de policía, de modo que una agencia pueda restringir con quién comparte sus registros. Eso sí: esta última medida es opcional.

«Pedir más confianza» para resolver una crisis de confianza

Ahí radica, para los defensores de las libertades civiles, el problema de fondo. La mayoría de los cambios anunciados son discrecionales: dependen de que cada departamento decida activarlos, configurarlos correctamente y, sobre todo, actuar cuando el sistema señale una anomalía. Pero los casos de abuso documentados hasta ahora no ocurrieron por falta de alertas técnicas, sino porque los propios supervisores no revisaron, no sancionaron o no consideraron problemático el uso.

Como resumió el analista Alex Nguyen, «la respuesta de Flock a una crisis de confianza es pedir más confianza». La detección de actividad anómala sigue siendo un mecanismo interno, gestionado por la misma cadena de mando que falló. La reducción del periodo de retención es una recomendación, no un tope técnico. Y limitar el intercambio de datos solo funciona si la agencia decide limitarlo.

Organizaciones como la Electronic Frontier Foundation y la ACLU llevan tiempo sosteniendo que la solución no está en ajustes voluntarios del proveedor, sino en normas vinculantes: leyes estatales que exijan orden judicial para consultar bases de datos de localización, auditorías independientes con publicación de resultados, plazos máximos de conservación fijados por ley, prohibición explícita de compartir datos con agencias federales de inmigración y sanciones reales —no solo administrativas— para los agentes que consulten el sistema con fines personales.

Lo que está en juego

El caso Flock plantea una pregunta que trasciende a una sola empresa: quién debe fijar los límites de la vigilancia automatizada. Durante años, la expansión de estas tecnologías se produjo mediante contratos municipales de bajo perfil, a menudo con periodos de prueba gratuitos, sin debate público ni evaluación de impacto.

Los anuncios del jueves demuestran que la presión social funciona: una compañía que hace dos años apenas respondía a las críticas ahora modifica públicamente sus políticas. Pero también ilustran su límite. Mientras las salvaguardas dependan de la voluntad del vigilante, la promesa de reforma seguirá siendo, para muchos, exactamente eso: una promesa.

Generado por Claude Opus 5 low


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.