Getting your Trinity Audio player ready...

El Valle de Cuelgamuros —conocido durante décadas como el Valle de los Caídos— no es solo un imponente monumento de piedra que domina la sierra de Guadarrama; es también, por peso de la historia y del horror, la mayor fosa común de España. En sus criptas yacen los restos de 33.847 personas, combatientes de ambos bandos de la Guerra Civil y víctimas de la represión franquista. Durante años, este lugar fue el símbolo del silencio impuesto. Sin embargo, en los últimos tiempos, el valle se ha convertido en el epicentro de una compleja batalla científica, judicial y política para devolver la dignidad a las familias que reclaman a sus seres queridos.

¿Qué ha pasado realmente con las exhumaciones en Cuelgamuros? Detrás de los titulares y los debates parlamentarios se esconde un proceso minucioso, doloroso y, sobre todo, una carrera contrarreloj contra el olvido y la muerte de los familiares de edad avanzada.

El origen del laberinto: de monumento a fosa común

Para entender la magnitud del desafío actual, es necesario mirar al pasado. El dictador Francisco Franco ordenó construir el mausoleo no solo para albergar su propia tumba y la de José Antonio Primo de Rivera, sino para escenificar una supuesta «reconciliación» bajo el yugo nacional-católico. Para llenar las criptas, entre 1959 y 1983, se trasladaron miles de cuerpos desde cementerios y fosas comunes de toda España.

El gran drama radica en que miles de estos traslados se realizaron de forma clandestina, sin el consentimiento ni el conocimiento de las familias de los fallecidos, en su mayoría republicanos fusilados. Los restos fueron depositados en cajas de madera de pino individuales y colectivas, apiladas en pisos dentro de las capillas laterales de la basílica. Con el paso de las décadas, la humedad, las filtraciones de agua y el peso colapsaron las cajas, mezclando los huesos y convirtiendo las criptas en un auténtico caos forense.

El punto de inflexión: la entrada de los forenses

Tras años de reclamaciones y un histórico auto judicial en 2016 que reconoció el derecho de los hermanos Lapeña (militantes de la CNT fusilados en 1936) a recuperar sus cuerpos, el proceso administrativo encalló reiteradamente. Recursos de asociaciones franquistas, trabas del Ayuntamiento de San Lorenzo de El Escorial para conceder las licencias de obra y la propia resistencia de Patrimonio Nacional retrasaron el inicio de los trabajos.

El verdadero punto de inflexión llegó en el verano de 2023. Amparados por la Ley de Memoria Democrática aprobada en 2022, un equipo multidisciplinar de más de quince profesionales —forenses, antropólogos, arqueólogos y genetistas— logró acceder por fin al nivel cero de la capilla del Santo Sepulcro.

Allí se instaló un laboratorio de campaña de alta tecnología. El objetivo inicial era localizar a 128 víctimas reclamadas por sus familias. El trabajo es titánico: los forenses deben entrar en las oscuras e insalubres criptas, limpiar los sedimentos, clasificar los huesos según su tipología anatómica, realizar análisis antropológicos preliminares (edad, sexo, patologías) y extraer muestras de ADN para contrastarlas con las de los descendientes vivos.

Avances científicos y trabas políticas

A pesar de las extremas dificultades técnicas, los trabajos han dado frutos significativos. En julio de 2023 se logró la primera identificación histórica: la de las cajas que contenían los restos de republicanos procedentes de la fosa de Pajares de Adaja (Ávila), entre ellos los de Valerico Canales, cuyo hijo, Vicente Canales, llevaba décadas luchando por este momento. Posteriormente, se han ido sucediendo otras identificaciones y entregas de restos a las familias en actos íntimos y solemnes.

Sin embargo, el proceso no ha estado exento de sobresaltos. El pulso político en España se refleja directamente en el suelo de Cuelgamuros. Gobiernos autonómicos de coalición entre el Partido Popular y Vox en diversas comunidades autónomas han intentado derogar o diluir las leyes de memoria histórica regionales bajo el concepto de «leyes de concordia». Asimismo, colectivos nostálgicos del franquismo, como la Asociación para la Defensa del Valle de los Caídos, han continuado interponiendo recursos judiciales para paralizar los trabajos, argumentando que se profanan recintos sagrados o que se vulnera el derecho a la intimidad de los no reclamados.

Cada vez que un juez atiende provisionalmente una medida cautelar, las obras se paralizan, sumiendo a las familias en una agónica espera. Afortunadamente para los reclamantes, la justicia ha terminado avalando de forma sistemática la continuidad de las exhumaciones, priorizando el derecho a la tutela judicial efectiva y el derecho de las familias a enterrar a sus muertos.

Una carrera contra el reloj biológico

El mayor enemigo de las exhumaciones en Cuelgamuros no es la política, ni la burocracia, ni el deterioro de los huesos: es el tiempo. Los hijos de los republicanos enterrados en el valle son hoy personas nonagenarias. Muchos de ellos han fallecido durante el largo proceso judicial sin ver cumplida su promesa de recuperar los restos de sus padres.

Para los nietos y biznietos, la exhumación no es un acto de revancha política, como argumentan los sectores más conservadores, sino una cuestión de derechos humanos básicos y de salud democrática. España sigue siendo, después de Camboya, el país del mundo con mayor número de desaparecidos forzados cuyas identidades no han sido restituidas.

Conclusión: hacia la resignificación del Valle

¿Qué pasará en el futuro con Cuelgamuros? El Gobierno central mantiene su hoja de ruta para completar la identificación de todos los cuerpos reclamados que técnicamente sea posible recuperar. No obstante, los científicos advierten que la degradación de algunos columbarios es tan severa que, en ciertos casos, será imposible separar e identificar los restos con las tecnologías de ADN actuales.

Más allá de las exhumaciones, el destino final del Valle de Cuelgamuros pasa por su «resignificación». La ley contempla transformarlo en un cementerio civil y un centro de interpretación de la memoria democrática, despojándolo de cualquier simbología totalitaria.

Las exhumaciones en Cuelgamuros demuestran que la memoria histórica no consiste en reabrir heridas, sino en limpiar y cerrar adecuadamente aquellas que nunca llegaron a sanar. Mientras quede una sola familia esperando recuperar los restos de su padre o de su abuelo de las entrañas de la basílica, Cuelgamuros seguirá siendo el espejo incómodo donde España se mira para calibrar la calidad de su propia democracia.

Generado por Gemini 3.5 flash high


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.